La ordenación del Nuevo Mundo – y IV

La serie que termina aquí hoy comenzó con una introducción aquí y los primeros emocionantes pasos aquí, después de la cual continuamos con la tercera parte aquí

La cuadratura del círculo

Él grupo de representantes enviados a Columbus, capital de Ohio, está contento. La Asamblea General, órgano legislador del estado, ha dado el visto bueno para lo planes de remodelación de la ciudad. Importantes hombres de negocios y especuladores profesionales brinda en algún salón de la todavía diminuta ciudad, fundada apenas veinte años antes y que no pasa de los 3000 habitantes. Corre el año 1837 y acaba de ser constituida la “Compañía para la cuadratura de Circleville”. El principal obstáculo para el desarrollo de la ciudad desaparecerá pronto y el futuro sólo puede deparar un crecimiento espectacular para la ciudad, o al menos eso cuentan a cualquiera que quiere escucharles.

A la mañana siguiente recorrerán los cuarenta kilómetros que les separan de su ciudad y acabarán con la principal seña de identidad y, para ellos, terrible lacra, que tiene la ciudad: sus calles.

Nos referimos a esto, claro:

Plano original de Circleville en 1836, con su inusual diseño

Realmente Circleville es un caso excepcional, una de las pocas ciudades en el efervescente desarrollo urbano de Estados Unidos que no ha sido fundada en base a una retícula ortogonal tan aburrida como rigurosa. Su fundador quiso hacer algo original, con el juzgado como centro de la ciudad y un boulevard noble alrededor. Menudo disparate. Encarece los costes de los edificios al no poder hacer paredes rectas, se desperdicia espacio y los solares son más difíciles de vender. Pronto todo ello será historia. Como historia fue Circleville, por otro lado. Nunca en el siguiente siglo llegó siquiera a los 10.000 habitantes, pero seguramente a esos empresarios no les importó. Hicieron sus negocios, recogieron beneficios y buscaron la siguiente oportunidad. Eso es Estados Unidos: el paraíso de la especulación urbanística.

Circleville una vez triunfó la mediocridad. Personality not found

La fiebre del ladrillo

Ya hemos descrito el sistema de reparto de las inmensas extensiones de tierra virgen americana. El modelo de colonización del país propiciado por la Ley de Ordenación es completamente diferente a todos los ocurridos en la historia. Hasta entonces la colonización siempre ha pivotado alrededor de la fundación de ciudades. Desde las colonias griegas hasta las ciudades españolas fundadas por toda América, la ciudad es un punto de control y comercio a partir del cuál se extiende el control del territorio. Ya no, no aquí.  Las directrices de la ley de Jefferson y la firme decisión de no ejercer ningún control sobre el libre albedrío de los ciudadanos para decidir donde o como establecerse se hacen notar.

topeka-ks-18691
perspectiva de Topeka, soporífera capital de Kansas

Aparecen ciudades a intervalos regulares cada día. Partiendo de la normas tan sencillas como contundentes establecidas por Jefferson, tramas urbanas clónicas crecen de la noche a la mañana. El mundo es un lienzo en blanco y es imposible saber a priori que lugar se convertirá en una metrópoli y que lugar morirá en diez años. Si habéis leído “La ciudad de los prodigios”, de Eduardo Mendoza, quizá recordéis los capítulos dedicados a la especulación urbanística en el Ensanche barcelonés. Los rumores sobre la ubicación de paradas de ferrocarril o servicios disparan o hunden el valor de terrenos.

En este caso es exactamente igual, pero a escala país. El Gobierno de Washington está comprometido a mantener la más estricta neutralidad en este proceso, por lo cual su inversión es entre reducida y nula (tampoco es como si tuviesen dinero para hacer nada). Dejado al libre mercado, las ciudades son la jungla. Sobre el papel cualquier parcela es igual que otra y la malla cuadriculada de las ciudades es garantiza el valor de cada una, pero en la práctica eso es imposible. Simplemente llamar a una calle “Main” y a otra “Market” ya crea un centro. Basta que un inversor construya el primer hotel en cualquier lugar para que el terreno a su alrededor se dispare.

La igualdad, por tanto, no existe. Lo que si quedará de esta época es un urbanismo increíblemente pobre y simplón, y una ausencia total de cualquier clase de amenidades, desde museos hasta parques públicos, plazas o boulevares. Un parque en un lugar de la ciudad sería destinar impuestos de un ciudadano a mejorar la vida de otro, y alteraría el valor del terreno. Más bien, los terrenos vacíos se venden rápidamente al mejor postor sin reservar nada: lo que no venda la administración actual lo venderá la siguiente, así que mejor hacer caja hoy. Hasta el 60% de los presupuestos de estas ciudades de frontera venían en esos momentos de la venta de tierras.

Es sorprendente que tampoco a los inversores privados les pareciese una manera interesante de atraer clientes el construir parques, teatros y otros entretenimientos. En los archivos históricos encontramos las publicidades de la época, que insisten en terrenos “saludables” y en el “crecimiento potencial”.

La inspiración para estas ciudades es casi siempre Philadelphia, urbanísticamente una ciudad mediocre de la que su fundador estuvo a punto de renunciar porque no estaba consiguiendo los beneficios económicos esperados. La influencia es tal que hasta los nombres de las calles se copiaron en sucesivas ciudades.

El mapa de una obsesión: calles anchas para evitar incendios. No hay más ideas.

En lo que si se gastó un considerable esfuerzo fue en labores de alteración de la topografía.

A fuerza de pico y pala, millones de toneladas de tierra y roca cambiaron de lugar en la búsqueda de parcelas más planas, más fáciles de vender. Es posible que cuando habéis leído el ambicioso pero ingenuo plan de reparto hayáis pensado: en las llanuras infinitas del Midwest, pase, pero… ¿las Rocosas? Eso ya es otra cosa. Y sin embargo se hizo. Los topógrafos siguieron su recorrido, implacables, alterando sus líneas sólo para adaptarse a la curvatura de la Tierra, tan grande es la escala de la empresa.

Y en las ciudades el territorio es violentado con saña también. Manhattan, por ejemplo, una ciudad que quienes hayan visitado recordarán plana pero que en su momento tuvo más de 500 colinas, 100 kilómetros de arroyos, decenas de pantanos… Un territorio rico y unos ecosistemas complejos, todo ello aplanado sin piedad. Podéis explorar la isla con este mapa: Mannahatta

diagrama con los cambios sobre el territorio de Manhattan: rellenos, desmontes y terraplenes
Superposición de la trama urbana sobre el variado territorio original de la isla

 

No es el único caso, evidentemente, aunque tampoco tenemos que citarlos todos. Los rellenos de terrenos en Boston, las montañas aplanadas. O San Francisco, un paisaje natural extraordinario que fue miserablemente ignorado para superponerle una trama ortogonal absurda. Sólo cientos de películas después hemos llegado a encontrar cierta belleza en estos diseños monótonos y sin personalidad.

mapa de San Francisco sobre la topografía de la península, diseñado por un tabernero

Conclusiones

Es cierto que las grandes metrópolis americanas se convirtieron en ciudades vibrantes, emocionantes, donde todo podía encontrarse y todo podía pasar, pero desde luego no es una característica que le deban a su urbanismo sino a la increíble vitalidad y progreso económico de su época. Todo cambiaría a partir de los años 40-50, con la decadencia de las ciudades americanas, pero eso debe ser contado en otra ocasión.

Por ir terminando, espero que quede una idea general de cómo las bases para todo esto que he contado vienen directamente de la Ley de Ordenación Nacional. Toda la historia urbana de Estados Unidos deriva de una serie de principios ideológico-filosóficos combinados con el reconocido carácter pragmático y ante todo comercial de sus ciudadanos.

El mar a tu espalda y el horizonte infinito enfrente. Litografía de F.F. Palmer

Dos elementos principales fueron el caldo de cultivo necesario: por un lado un gobierno central con unas ideas extremadamente ambiciosas inspiradas por la necesidad de recursos pero también por unas ideas filosóficas fuertes como la libertad individual, la independencia de sus ciudadanos y la renuncia expresa y decidida a controlar su comportamiento.

Por otro, una población creciente, numerosa, volcada hacia la idea de progreso material a todo coste, con grandes ambiciones, poderoso individualismo y creencia absoluta en la bondad del mercado sobre el gobierno. Millones de personas deseando desembarazarse de todo lo antiguo combinadas con un ambiente de especulación y crecimiento como nunca el mundo ha visto, descontando quizá la China moderna.

El resultado de este proceso y estas ideas es el fondo ideológico de esa nación: el Destino Manifiesto, la idea de que América es el país elegido y que tiene una Misión sobre la Tierra. Una idea que a los descreídos europeos nos suena extraña o incluso ridícula, pero sin la cual es imposible entender la historia de Estados Unidos. Quizá otro día hablaremos de ella.

Westward Ho! Mural de Emanuel Leutze. La era del optimismo.

 

La ordenación del Nuevo Mundo – III

Hutchins map Ohio 1764
Mapa de las tierras de Ohio antes del reparto, en 1764, dibujado por Hutchins

Si te has perdido las anteriores entradas puedes encontrar la introducción aquí y los primeros emocionantes pasos aquí

El hombre del tiralíneas

La cabeza de María Antonieta rodó por la Place de la Révolution el 16 de octubre de 1793. Ajusticiada por Tribunal Revolucionario acusada de alta traición, no creo que sus últimos pensamientos fueran muy positivos hacia ninguna clase de revuelta, revolución o movimiento popular. Y sin embargo, sólo cuatro años antes otros revolucionarios había dedicado el nombre de una ciudad a esta misma mujer como forma de agradecerle su apoyo.

Hablamos de la Revolución Americana y la ciudad es Marietta, un pueblecito situado en el espacio que dejan entre si el Río Muskingum y el Arroyo del Pato cuando se unen al Río Ohio. Nada nos llevaría nunca a hablar de este remoto lugar si no fuese porque se trata precisamente del primer asentamiento permanente de Estados Unidos después de su independencia, y el primer paso en la colonización de los vastos territorios más allá de Virginia.

T. Hutchins
Hutchins en sus andanzas por el mundo. O un agrimensor cualquiera, claro, porque es un grabado.

Fue un hombre llamado Thomas Hutchins quién tuvo la responsabilidad de aplicar el sistema que había promovido y ayudado a diseñar Jefferson y que fue aprobado en 1785 en la Land Ordinance.

El sistema, a grandes rasgos, consistía en lo siguiente: partiendo de un meridiano principal y de una línea base se dividiría la tierra en cuadrados de exactamente 6 millas de largo (algo menos de 10km). Cada uno de estos cuadrados sería un “township” y se dividiría a su vez en 36 “secciones” de una milla cuadrada.

 

Mapa meridianos base
Mapa con los meridianos y líneas base de referencia

Por último, y exceptuando unas secciones reservadas para el gobierno y la famosa sección 16 reservada para la escuela pública, estas podrían dividirse en cuartos, y estos cuartos una última vez en cuartos. Cuando en el futuro se le prometieran tierras a los colonos recién llegados se les asignarían precisamente uno de estos cuartos, casi 65 hectáreas de terreno.

Este sistema tenía como antecedentes anteriores experimentos a pequeña escala de la época en la que Hutchins era aún un asistente. En 1764, por ejemplo, ya se habían propuesto asentamientos de 640 acres para proteger la frontera, y en 1779 Jefferson ya pensaba en dividir las poblaciones en sectores para asignar educación pública.

Land Ordinance 1785
Fantástico diagrama explicando la ley de 1785

Lo reconozco, explicado así uno puede quedarse un poco frío. Que bien, oye, dividieron la tierra en cuadraditos. Mil palabras para decir esto.

Pero si lo pensáis bien, el proyecto es verdaderamente grandioso. Para empezar hablamos de tierras casi completamente desconocidas, al menos para el hombre blanco. Bosques, montañas, ríos desconocidos… y tribus de indígenas locales probablemente enfadados y dispuestos a defender su territorio. Ser topógrafo era mucho más emocionante, y peligroso, en aquella época.

El proyecto, además, destaca por ignorar completamente la geografía. En un territorio plano es relativamente sencillo trazar un cuadrado, pero si cae en un monte o un barranco la cosa se complica. Pero no se detuvieron ante nada. En septiembre de 1786 Hutchins y sus hombres clavaban el mojón que marcaba el final de la primera zona, los Seven Ranges. No todo el proceso lo llevaría a cabo el estado, porque al fin y al cabo esto es USA, y compañías privadas harían sus propios levantamientos, pero respetando en general los principios de la ley.

Esquema con el tipo de parcelación con ambos sistemas

Un país, un mercado

 

¿Era necesario?

Varios son los propósitos que busca Jefferson impulsando este proceso, algunos de ellos ideas muy potentes.

Lo primero de ellos es la financiación. Como hemos dicho, el gobierno no tiene un duro pero tiene mucha tierra, y cada acre de los marcados de esta manera pretendía ser vendido a un precio mínimo de 1$ por acre, en efectivo. Pero claro, estamos hablando de vender cuadrados sobre el papel. Y comprar un cuarto de sección no era poco dinero para la época. Y la mejor manera de favorecer la compra por parte de inversores es, precisamente, dar unas reglas claras y garantías.

Sabiendo que todos los terrenos eran iguales, tendrían acceso a las mismas cosas y que no serían favorecidos por el gobierno de ninguna manera, pronto los inversores y especuladores tanto americanos como internacionales empezarían una loca carrera de compra de tierras con la esperanza de revalorizarlas pronto.

Pero además, Jefferson sabe que la joven República es frágil. No podrá reclamar todo el territorio que considera que le pertenece por derecho si no lo ocupa y ejerce control efectivo. Sabe que los franceses, los españoles y los rusos no renunciarán fácilmente a colonizar el continente. Con esta estrategia pretende enviar a miles de granjeros de las ya agotadas tierras de la costa hacia el interior. Además, pronto surgirá la posibilidad de recompensar a los veteranos de la guerra de independencia con tierras, al más puro estilo Cayo Mario. La historia no se repite, pero a veces rima.

Y desde un punto más “filosófico”, y Jefferson debía ser un tipo que pensaba bastante, no podemos olvidar que aunque alguno ahora crea que es pura propaganda realmente pretenden construir una nación de hombres libres. Y para él el mejor representante de una “hombre libre” es el que se conocía como “yeoman Farmer”, un antiguo término inglés para referirse al pequeño granjero con tierras propias que en la mitología inglesa es la base de su sistema igualitario y de la democracia.

En el fondo Jefferson no dejaba de ser un gran creyente en la bondad natural del hombre, cercano seguidor de Locke y Rousseau y creía que liberado del hambre y el trabajo forzoso surgirían las mejores virtudes de las personas.

Hombres libres e independientes, con suficientes medios para mantenerse a sí mismos sin la ayuda de nadie, para formar una nación libre e independiente. Como mínimo habremos de reconocerle nobles intenciones al hombre.

Yeoman, el ideal del granjero libre que haría a América el país de la libertad

El resultado no se hace esperar: la frontera avanza a toda velocidad hacia el oeste, las ciudades y pueblos aparecen y desaparecen de la noche a la mañana y la especulación más loca se desata sobre esas tierras. Así nació Ohio, que pasaría de los 45.000 habitantes de 1801 a más 4 millones en apenas un siglo, que se pasa rápido.

La carrera hacia el Oeste acababa de empezar.

Quizá alguno todavía no se termina de creer lo de la enorme influencia de esta ley. Es sólo medir y cuadricular terrenos, dicen. Para esos escépticos tendremos la próxima entrada.

La ordenación del Nuevo Mundo – II

Esta historia es la continuación de lo que habíamos empezado aquí

El otro lado del río

 

 

Desde la pujante ciudad de Brownsville, en Pennsylvania, salen cada día grupos de colonos y expedicionarios ávidos de nuevas tierras. La población está creciendo muy rápido y mucha gente viene y va cada día, es un lugar emocionante, en la frontera de la República.

Siendo la primera ciudad accesible al cruzar los Apalaches y confortablemente situada a la orilla del río Monongahela, que enlaza con el Ohio, está destinada a convertirse en un gran puerto para la colonización del Oeste.

La risueña Brownsville en 1950

¡Y menudo Oeste! Nada menos que el “Territorio del Noroeste”, una extensión más grande que Francia, prácticamente desconocida y con un potencial agrícola increíble. Gran Bretaña había decidido que le salía más caro intentar retener las colonias americanas que limitarse a intentar venderles todo lo que pudieran fabricar y desde el tratado de París decenas de miles de hectáreas habían cambiado de manos. El joven gobierno se encontró con la colosal tarea de inventarse un país completamente nuevo. Miles de bocas hambrientas siguen llegando al país cada día ante la promesa de tierras y libertad, y las áreas costeras de Virginia y Nueva Inglaterra hace tiempo que están ocupadas. ¿Cómo se gestiona esto?

El territorio del Noroeste antes de su ordenación

El gobierno de la República, además, está como quien dice en pañales. No tiene realmente capacidad de ejercer poder efectivo sobre el territorio que controla ni medios económicos. Prácticamente ni se sabe cuánta gente vive allí, no hablemos ya de conseguir que pagaran impuestos.

De esta manera llegaron a una conclusión similar a la que llegaron los ayuntamientos españoles de la época de la burbuja y recurrieron a su principal recurso: el territorio. Y si en el caso de los ayuntamientos el juego consistía en recalificar abandonados terrenos rurales, aquí se trató de vender parcelas a todo aquel que las quisiese: colonos europeos, inversores ingleses, especuladores, agricultores americanos que habían agotado sus tierras con el cultivo intensivo de tabaco…

Y amigos, ya os digo yo que no era un recurso escaso. 675.000 km² para empezar, y con eso no estamos ni cerca de llegar al otro lado del continente. Y más allá del territorio del Noroeste… ¿quién sabe qué habrá? Y aquí entra en juego Thomas Jefferson, un nombre que encontramos en casi todas las cosas que tienen importancia en esa época.

Se trató si duda de un hombre extraordinario, culto, formado en multitud de campos, ambicioso y con muchas ganas de hacer cosas. Llegaría a ser presidente y es unánimemente reconocido como uno de los mejores, hasta el punto de que cuando Kennedy recibió al a cuarenta y nueve premios Nobel en la afirmó que era la “mayor reunión de talento en la Casa Blanca en la historia, exceptuando cuando Jefferson cenaba solo”.

Jefferson con el guapo subido después de explorar chorrocientosmil kilómetros

No tenemos tiempo ni la intención de explicar su vida pero si podemos comentar sus planes para ese nuevo e inmenso territorio que ahora controlaban.

Y es que Jefferson sabía que si querían formar el “Imperio de la Libertad” con el que soñaban iban a tener que trabajar duro. Y lo primero era ejercer este dominio del territorio del que hablábamos, para lo cual normalmente tiene que vivir gente en él.

Hemos visto que gente no iba a faltar, pues las guerras, las revoluciones y el hambre seguirían expulsando a los huérfanos de Europa durante decenios, pero alguien tenía que poner orden en todo esto.

Y eso precisamente fue lo que hizo la “Land Ordinance” de 1785, la ley de ordenación de territorio más ambiciosa de la historia y, en mi opinión, una de las leyes con mayores consecuencias jamás promulgada en Estados Unidos.

 

La loca aventura de los agrimensores continúa aquí

Mapa USA Jefferson
Plano de Jefferson en 1784, haciendo cábalas como quien juega al Age of Empires

La ordenación del Nuevo Mundo – I

Cuestiones de lindes

 

“Y habiéndose tomado por ello la derecera por los rumbos de las calles, se midió desde la barranquilla donde bate el agua del río, la tierra adentro, la legua de largo que señaló y dio el fundador para el dicho égido, y se puso un mojón junto al camino real que va al Monte Grande. Y acabada la dicha legua, se puso otro mojón, que vino a caer en frente del Corral viejo de las Vacas. Y en este estado quedó por ser tarde.”

 

Mas claro agua, ¿no?

Así ha sido y son aún una considerable parte de las descripciones de lindes y mojones en las tierras de medio mundo. Si algún topógrafo esta leyendo esto le serán sin duda familiares descripciones que hablan de “el árbol que plantó Pepe después de la guerra”, o “la piedra con forma de vaca bajo la cual se ha enterrado a modo de testigo una moneda de 2 reales”.

Son frases casi sagradas, por las que se muere y se mata en un “no me toques las lindes” antiguo como el ser humano. Siglos de historia, herencias, compras y ventas y aventuras varias han creado un paisaje tortuoso con terrenos y campos de formas curiosísimas.

Y durante siglos más o menos ha funcionado este sistema de “hitos y lindes”. E incluso cuando se comenzó la colonización del Nuevo Mundo se trajeron estas tradiciones y los agrimensores llenaron libros y libros de registro con frases por el estilo. Pero en el siglo XVIII, en la novísima República que ahora conocemos como Estados Unidos, algo iba a cambiar.

Enfrentado a un reto único y sin precedentes un hombre, armado con la razón y con una idea muy clara de lo quería conseguir cambiaría totalmente las antiguas tradiciones. Hablamos, claro, de Thomas Jefferson.

En seguida pondremos un poco de contexto.

 

puedes continuar con esta historia aquí

 

Abel Map, primer mapa de los Estados Unidos después de su independencia, 1784