Brunelleschi, el arquitecto moderno – III

Ospedale degli Innocenti

Toda esta historia comenzó con una primera parte y tuvo una continuación

Al encuentro con la Historia

 

 

Es probable que Brunelleschi se encontrase en la plaza de Santa María del Fiori cuando escuchó la noticia. Se acababa de recuperar de una enfermedad contraída en las marismas sin desecar de Roma, quizá malaria, que le había hecho volver el año pasado de sus estudios. Acostumbraba pasar las mañanas rondando la piazza, charlando con Donato y otros colegas, artistas y jóvenes como él ,que comentaban los chismorreos de los gremios – han ascendido al nuevo aprendiz de orfebre y eso que sólo lleva un año en el taller –, el politiqueo de la época – dicen que el rey de Francia está organizando un concilio en Pisa y que va a invitar a los dos Papas- y, por qué no, las últimas novedades en perspectiva o las esculturas romanas recién desenterradas. Haciendo vida de estudiante de letras en Malasaña, vamos.

Barbadori Chapel
Capilla Barbadori, una pequeña pero importante obra donde probó sistemas que aplicaría al Duomo

El rumor se extendió como la pólvora: el Gremio de la Lana, el más poderoso de la ciudad y custodio de las obras del Duomo, había decidido reanudar las obras. La Obra, en realidad. La construcción más grande de toda la península volvía a ponerse en marcha. O lo haría, claro, si alguien sabía qué demonios hacer con esa cúpula absurdamente enorme.

Era el momento que llevaba esperando toda su vida. En los últimos meses había estado muy activo haciendo maquetas y publicando dibujos, paseándose por todas las obras, dando ideas para diseños militares y realizando en secreto maquetas de grúas y andamiajes. Bien conocido en toda la ciudad por obras como el Hospital de los Inocentes, justamente reconocida, todos esperaban que el consejo le pidiese, cuanto menos, su experta opinión.

Pero Filippo no pensaba ponerlo tan fácil. Sabiendo que hacerse el interesante es a veces muy útil, pensó que su prestigio aumentaría si en vez de presentarse ante el Gremio tenía que hacerse llamar, así que sin pensárselo mucho abandonó la ciudad y corrió de nuevo a Roma.

Profeta en su tierra

Como imaginaba, en seguida le echaron en falta. Realmente la intención de seguir las obras era firme pero nadie sabía muy bien cómo, así que confirmando su sospecha mandaron un agente a buscarle.

Encantado de salirse con la suya Brunelleschi (oh, por favor, no, qué honor, sólo soy un hombre más, oish, oish), aceptó la invitación, volvió a la ciudad, se puso sus mejores galas y usó sus mejores palabras. Casi no debía notársele la falsa modestia cuando habló de los Señores Custodios, de los reputados albañiles y los excelentes ingenieros y arquitectos que, sin embargo -ay- no habían entendido bien los problemas, no tan bien como él que, por pura afición, llevaba años estudiando ese asunto (qué casualidad).

Siguiendo una técnica que dominan como nadie los ingleses que consiste en agrandar los problemas a los que te vas a enfrentar para aumentar tu gloria o excusar tu fracaso, habló mucho de lo colosal del reto que tenía delante: ni ahora ni nunca antes, ni siquiera en los tiempos antiguos, se había construido una cúpula tan grande. No era posible siquiera utilizar el método del Panteón de Roma porque la base de la cúpula de Florencia era octogonal y había que atirantar las ocho caras, ensamblar piedras, asegurar a los trabajadores…

Pero sabiendo que la obra estaba dedicada a Dios, estaba seguro de que Él inspiraría a los hombres para completar la obra. Él tenía buenas ideas pero… ¿Qué podía hacer el bueno de Filippo, si ni siquiera era el encargado de la obra?

Estatua de Brunelleschi
Incluso en busto de piedra tiene cara de iluminado

El concurso

Llegados a este punto tenía buenas cartas para hacerse con la dirección, pero le conocéis muy poco si pensáis que lo pidió. No, nuestro amigo se mordió con fuerza la lengua y dijo que lo razonable sería convocar un concurso al que se invitase a los mejores de todo el mundo: no sólo toscanos e italianos, también franceses, alemanes… que entre todas las mentes se obtendría el mejor resultado.

El truco es obvio, claro: Filippo no tenía ninguna intención de dejar que otro construyera la cúpula pero necesitaba que su victoria fuese completa, que entre todos los mejores arquitectos del mundo se le eligiese a él. El Gremio no dijo que no pero, bueno, ya que tú estás aquí y tienes tan buenas ideas, puedes ir haciendo unos planitos, unas maquetas…

Pero parece que a Brunelleschi se le había olvidado algo en el fuego y se tuvo que ir corriendo a Roma de nuevo, o eso dijo. Los Cónsules no lo veían claro –oye, que si es por pasta, te damos una asignación, no te preocupes, pero ve trabajando desde ya y no perdemos tiempo– , pero ni por esas.

Los siguientes meses los pasa haciendo sudokus en la ciudad Eterna, o dibujando ruinas o diseñando aparejos de ladrillos, como sea que se entretuviese este señor, hasta que en 1420 están por fin todos los grandes arquitectos y maestros constructores de Europa (tardaron un rato porque el tren de la época funcionaba igual que el de Extremadura hoy en día). Y Filippo vuelve a Roma.

Menudo congreso debió ser, a gastos pagos por parte del Gremio. Unos propusieron hacer pilastras en el medio, otros construir con piedra pómez que sería más ligera, alguno sugirió levantar un super pilar en el centro y montar una cúpula gallonada como la de la catedral de Zamora o el círculo de Bellas Artes de Madrid… ideas no faltaron.

Incluso uno sugirió llenar todo el hueco con tierra mezclada con monedas, montar la cúpula sobre ella y dejar que luego los pobres, queriendo conseguir esas monedas, recogiesen por si mismos la tierra. (este es mi favorito por el extra de recochineo)

¿Y qué dice Brunelleschi ante todo esto? Que no tienen ni idea y que él era el único que podía hacerlo, sin andamiajes ni pilastras ni montañas de tierra, y a la mitad de precio.

Duomo 1390
Esbozo del aspecto que debía tener el Duomo durante la juventud de Brunelleschi

Claro, le piden que se explique, que con fardar no es suficiente, y el hombre empieza un discurso de los que hacen época: que la cúpula debe ser doble y trazada con una curva de un arco de cuarto punto, y realizar cadenas de piedra en ella. Pensar en la luz y los desagües, los mosaicos y los andamios, y la fábrica y mil cosas más que eran muy difíciles pero que él ya había pensado. Y el tipo que no se callaba, y seguía, poniéndose colorado y exaltándose porque veía que no le creían. Hasta tal punto llegó a parecerles que se le había ido la cabeza que acabaron llamando literalmente a seguridad y llevándoselo de la sala (¡no es broma!)

Cuando se le pasó el calentón nuestro amigo Filippo no se atrevía a salir de su casa (¿Qué dirían?). Si después de tantos años estudiando la cúpula y montando la coreografía perfecta no se la daban… ¿qué iba a ser de él? ¿tendría que abandonar la ciudad, humillado?

 

Cambio de estrategia

Pero si él estaba preocupado, el Consejo lo estaba todavía más. Entre las soluciones dificilísimas de los arquitectos reunidos y los desvaríos de Filippo, ya se veían abandonado de nuevo la obra. El hazmerreir de Italia para cien años por lo menos.

Brunelleschi recapacitó, cambió de estrategia y empezó una lenta tarea de zapa y lobby en secreto: se reunió por separado con todos los cónsules que pudo, con arquitectos, custodios, ciudadanos… a cada uno contó una parte o enseñó una maqueta, nunca todo lo que tenía, pero si lo suficiente para que se fueran convenciendo de que tenían a un genio ante ellos. Como el mejor entrepeneur de hoy en día camelándose inversores. Hay incluso quién sitúa aquí y no en Colón la historia del huevo: cuando le decía que mostraba poco y que no le creían les retaba a poner en pie un huevo y cuando él lo conseguía dándole un pequeño golpe le decían que claro, que así era muy fácil.

Brunelleschi se enfrentaba al mismo problema que tuvieron los hermanos Wright cuando consiguieron su primer vuelo en Kitty Hawk: nadie invertiría en ellos sin conocer cómo habían logrado volar, pero si lo mostraban a los inversores les robarían la idea en segundos, pues una vez visto resultaría evidente a cualquiera.

Maquinas
dibujos de algunas de las muchas máquinas que Pippo iba enseñando a la gente

Las puertas de la fama

Sin embargo Filippo triunfó allí donde los Wright fracasaron y al final consiguió convencer al consejo que, aunque seguía sin entender todo lo que decía ese arquitecto loco, le veían tan seguro de sí mismo y tan confusos a los demás, el encargaron una primera fase: la construcción de los primeros doce brazos de altura. Eso si, se decidió pagarle exactamente la misma cantidad que al resto de maestros de obras, sin ningún reconocimiento especial. No se puede decir que estuviese muy contento, y le fastidiaba especialmente que fueran tan duros con las condiciones, pero por fin había conseguido meter un pie y medio en la obra de sus sueños. Ahora era cuestión de tiempo que el mundo observase de qué era capaz.

Brunelleschi, cuarenta y tres años, toda una vida esperando este momento, se encamina derecho a las puertas de la historia. Ha ganado.

¿Un momento, ha ganado?

El consejo sigue sin fiarse. No ve ningún motivo para que una única persona se ocupe de la obra más grande de una ciudad que por otro lado está llena de arquitectos habilísimos.  Podemos entender su desconfianza, pues si algo sale mal toda Italia se reirá del Gremio que confió todo a un tío raro que nunca dijo exactamente como haría las cosas.

Así que pondrán otro arquitecto a controlarle, con el mismo rango y poderes que él. Y ese mérito recaerá en otro de los grandes de la ciudad, un hombre que está en la cima de su fama porque acaba de completar una obra que tiene maravillados a todos los habitantes después de más de dos décadas de trabajo. Sí, es el que estáis pensando.

El nuevo arquitecto es Lorenzo Ghiberti. Su archienemigo.

Podemos estar seguros de que no fue una noche tranquila en casa de Brunelleschi.

Ghiberti Retrato Vasari
Lorenzo Ghiberti, Aparece cuando menos te lo esperas

 

El inevitable combate entre Lorenzo y Filippo se resuelve aquí

Brunelleschi, el arquitecto moderno – II

Roma, vista siglo XV

(por si te perdiste la anterior, está aquí)

Preparando el asalto

 

No sabemos qué opinión tendrían los habitantes de Roma de los dos chavales que llevaban tres años revolviendo piedras y dibujando ruinas entre los animales que pastaban entre los templos derruidos del Foro. Si sabemos que estaban convencidos de que eran “buscadores de tesoros”, practicantes de geomancia buscando riquezas del pasado perdidas.

Junto con su buen amigo Donato, que con apenas tenía 20 años ya tenía una reputación como orfebre y escultor, Filippo dibujó todos los edificios que encontró. Estudió los templos circulares y los cuadrados, los obeliscos y los acueductos, los baños y las basílicas. Se interesó por los sistemas de las bóvedas y por los ensamblajes de hierro de las piedras y no dejó un solo sillar sin investigar.

Una idea grandiosa alimentaba este esfuerzo: sería él quien traería de vuelta las glorias de Roma al presente, dejando atrás la tediosa arquitectura bárbara propia de los lombardos y los tedescos. Si era capaz de revolucionar las maneras de construir se ganaría un hueco en la historia junto a leyendas como Cimabue o Giotto. Porque sobre todas las cualidades que desarrolló en su vida Brunelleschi siempre destacó su enorme ego, su necesidad de protagonismo.

Ejemplo de la “repulsiva” arquitectura Lombarda de la que Filippo nos quiere salvar, Santa Maria Maggiore en Lomello. Hubo vida antes del Renacimiento

Hay que comprender la época, por supuesto. Estamos en el siglo XV, y lo que ahora conocemos como capitalismo llevaba cerca de dos siglos desarrollándose y tomando forma. La clase comercial ha crecido y se ha enriquecido, su poder material es evidente, pero no tiene el reconocimiento que creen que merecen. La sociedad aún se articula en tres estamentos: el clero, la nobleza y el resto, el populacho. Es una sociedad comunitarista, colectiva, y el papel de los comerciantes de especies y telas en este mundo no es más importante que el de un labrador o un carnicero.

Uno pensaría que bueno, que el dinero les daba poder de facto y que no serían nobles pero podían comprar lo que quisieran, pero eso es una lectura actual, desde un mundo moldeado precisamente por ellos. En el año 1000 la economía europea está prácticamente en pañales, el sistema financiero es casi inexistente y acumular piezas irregulares de oro en cofres tiene mucha menos importancia que ser el señor de 10.000 almas entre las que reclutar soldados, 2000 cabezas de ganado que comer en invierno o miles de hectáreas de tierras que cultivar. Y en un principio no era tan sencillo simplemente comprar el estatus pues ¿quién intercambiaría sus tierras o posesiones por monedas? ¿Para comprar qué, y en qué mercados?

Pero en 1400 la situación es muy diferente. Desde la revolución económica del siglo XII tenemos mercados de todo tipo, ferias anuales donde se venden productos que vienen de España, Flandes, Champaña, Inglaterra o las ricas ciudades orientales. La producción ha empezado a sistematizarse y los talleres de tejidos crecen y empiezan a organizarse de forma racional y la nobleza, a medida que su papel guerrero disminuye, empieza a sentirse amenazada. Por toda Europa los ciudadanos consiguen cartas de privilegios; los reyes tienen que ceder y otorgar constituciones y reunirse en parlamentos; las ciudades se hacen más ricas y banqueros y comerciantes empiezan a ser imprescindibles para cualquier empresa de cierto tamaño. Vale, la Iglesia formalmente sigue condenando la usura, pero siempre encuentran la manera de seguir con su actividad, entre otras cosas porque la Curia necesita también de esos servicios.

En este nuevo mundo la incipiente nobleza mercantil quiere distinguirse y conquistar la dignidad que durante tanto tiempo se le ha negado. Se casan y emparentan con linajes antiguos, apadrinan artistas que deslumbren al mundo, se hacen retratar y se construyen palacios fabulosos.

Emblema del Arte de Calimala sobre San Miniato

Decíamos pues que los mercaderes habían luchado muy duramente por conquistar una nueva posición social. Y nuestro amigo Brunelleschi es la encarnación de este mismo movimiento entre los artistas. ¿Los artistas? ¡Por supuesto! No olvidemos un detalle: en su tiempo los artistas están agrupados todavía en gremios junto con otras profesiones, los “Artes”. Entre las Artes mayores y las medianas tenemos, por ejemplo, a los canteros, y herreros.

Otros, en cambio, están en artes “menores”, reunidos según criterios “curiosos” que terminan con combinaciones como poner a los constructores de herramientas  junto a los cerrajeros, a los escultores en madera en comandita con los carpinteros, y a los pintores agregados desde 1316 con los médicos y boticarios (por los métodos que utilizan para obtener sus pinturas), y estos a su vez en el “Arte de la Seda”.

Sin embargo, desde Cimabue los pintores había conseguido ser reconocidos como expertos de un nivel superior, a la altura de poetas y literatos, formando ya parte de las “bellas artes”.

¿Y los arquitectos?

Los arquitectos, ni agua. No son más que maestros de obra, no muy diferentes de un carpintero o un escultor, y desde luego no más importante. Nadie en su sano juicio vería en el año 1300 una catedral gótica y diría que la “proyectó” un arquitecto con nombre y apellidos.

Brunelleschi, por supuesto, no puede soportar esto. Y la lucha por salir de esta incierta gloria y conseguir el reconocimiento que cree merecer será el gran objetivo de su vida.

 

más emocionantes aventuras en la tercera parte

Brunelleschi, el arquitecto moderno

Brunelleschi, perfil bueno

 

I – Sacrificio

 

Los magistrados de la ciudad esperaban una respuesta.

Había sido invitado a uno de los mayores honores que a los que se podía aspirar en ese momento en la ciudad, realizar los paneles de las nuevas puertas del baptisterio junto al jovencísimo Lorenzo, la más deslumbrante estrella entre los nuevos artistas de Florencia y principal rival profesional. Pero la esperada carta no llegaba. Filippo guardaba silencio.
Un año antes el Arte di Calimala, el poderoso gremio de rematadores y comerciantes de telas que junto con otros gremios dominaba la vida de la urbe, había patrocinado un concurso entre los más prestigiosos escultores de la Toscana al cual fueron invitados Lorenzo Ghiberti, Jacopo della Fonte, Simone da Colle, Francesco di Valdambrina y Niccolò di Arezzo, además de Filippo Brunelleschi.

Semejante grupo, verdaderos galácticos de su tiempo, tenía como objetivo final demostrar el agradecimiento de Florencia por haber sobrevivido a las terribles epidemias de peste bubónica del siglo XIV pero también demostrar a todo el mundo las fabulosas riquezas de los mercaderes. Como se atesoraron estas riquezas es una historia que enlaza los mercados de Medina del Campo y Burgos, los puertos de Bilbao, Laredo, Southampton o Brujas y termina en las fábricas de Florencia, una historia verdaderamente fascinante que merece ser contada en más espacio.

Había pasado algún tiempo desde la hecha de entrega. Los jueces ya habían descartado a varios de los participantes por la calidad de las piezas presentadas, cuarterones de madera representando temas bíblicos o clásicos. Aunque todos eran grandes artesanos, la mayoría de los participantes no tenían demasiadas posibilidades. En efecto, no tardaron en seleccionarse dos finalistas.

La propuesta de Ghiberti era fantástica, una nueva cumbre artística. Naturalista y tallada en una única pieza, no hubo demasiadas dudas con él. Sin embargo la de Brunelleschi no se quedó atrás, y aunque algunos dijeron que su propuesta era demasiado moderna y estaba formada por fragmentos separados se decidió llamarle a él también para el trabajo. La idea era que compartieran encargo, esfuerzos y resultados. Para cualquier artista habría sido una noticia fabulosa y el principio de una exitosa carrera profesional. No para Filippo.  Por supuesto, se hizo el remolón un tiempo, cosas de la imagen pública, pero desde el principio tenía clara la respuesta que iba a dar.

Forzado a elegir entre ser reconocido como el “segundo elegido” y repartir el mérito con otro o buscar otra cosa en la que ser el mejor, Brunelleschi no dudó. Con falsa modestia se excusó, cediendo el mérito a quien “era mejor que él”, y declinó el encargo.
Ghiberti pasaría veintiún años trabajando en esas puertas que Miguel Ángel calificó como “dignas del Paraíso”, pero Filippo no se quedó para ver la gloria de su rival. Sin saber si la vida les haría cruzarse de nuevo, pocas semanas después vendió unas tierras que tenía y se marchó de la ciudad.

Tardaría casi cuatro años en volver.

 

puedes continuar la historia de Filippo aquí

Ghiberti Batisterio
Panel de Ghiberti
Brunelleschi Batisterio
Panel de Brunelleschi