Una historia circular

Lever House fotografiada por Ezra Stoller

I

La Lever House es un edificio construido en 1952 en el 390 de Park Avenue, Nueva York. Es unánimemente reconocido como uno de los principales hitos de la historia de la arquitectura moderna, uno de los primeros y más destacados ejemplos de “Estilo Internacional”. Fue diseñado por el despacho de arquitectura SOM, siglas de “Skidmore, Owings y Merrill”, que hoy en día es uno de los despachos más grandes del mundo, con rascacielos célebres por todo el globo (La torre Sears, el Hancock building, el Burj Khalifa… en Barcelona el hotel Arts es suyo)

Louis Skidmore y Nathaniel Owings, ambos de Indiana, fundaron SOM en el año 1936 después de algunos años trabajando por separado. Eran también familia política, pues Skidmore se había casado con la hermana de Owings. Aunque el despacho se fundó en Chicago, en seguida se transladaron a Nueva York.

Ambos respondían al prototipo de “Club man”. Dos personajes carismáticos, divertidos y elegantes, que se movían como pez en el agua en los ambientes del establishment WASP, blancos, anglosajones y protestantes. Pura expresión del patriarcado que diríamos ahora, una especie de personajes salidos de Mad Men pero antes de la segunda guerra mundial.

Los chicos de SOM, de fiesta, en su salsa

Eran brillantes a la hora de engatusar a empresarios con dinero que podía encargarles proyectos, expertos en limar asperezas entre clientes y contratistas y en “conseguir contactos”. No eran, sin embargo, tan brillantes cuando de diseñar se trataban. Pero afortunadamente ellos mismos debían ser conscientes, puesto que nunca dudaron en suplir esa carencia comprando el talento necesario. Así fue como en en 1937, sólo un año después de abrir el despacho, contrataron a Gordon Bunshaft.

Para quienes conozcan algo de historia de la arquitectura este nombre les será familiar, en incluso que puede que para parte del gran público, pues fue reconocido con el premio Pritzker (que la prensa gusta de llamar “el Nobel de arquitectura”) en 1988, junto con Oscar Niemeyer. Sin embargo en 1937 era un chaval de 28 años, recién graduado, sin experiencia laboral y que presentó como currículum una colección de fotos que había realizado en un viaje por Europa. Skidmore aparentemente supo ver su talento y le fichó sin dudarlo, dándole una plataforma para desarrollar algunos de los más brillantes ejemplos de arquitectura moderna.

Bunshaft delante de una de sus obras maestras

 

II

Lo que hizo tremendamente revolucionario el edificio de la Lever House cuando se terminó no fue sólo que era uno de los primeros edificios que respondía completamente a la imagen de la “caja de vidrio”. En 1952 en Nueva York sólo la sede de Naciones Unidas se aproximaba, y no es vidrio por los cuatro costados. Aún quedaban 2 años para la construcción del Seagram de Mies van der Rohe.

El diseño de la Lever es elegante y frágil  a la vez que estable, con un podio extenso que tiene una plaza pública y sobre el una sencilla caja de cristal verde (el único color disponible en ese momento). Pero uno de los rasgos llamativos de este proyecto es que la compañía Lever House renunció a la mitad de la edificabilidad del solar, cediendo ese espacio como espacio público y plaza de libre acceso.

El espacio interior de la Lever House, cedido al peatón

Pensad que hablamos de un solar en Park Avenue, una de las avenidas más exclusivas de una de las ciudades más caras del mundo. Nadie les pidió tal cesión, y la decisión fue tremendamente discutida en la propia compañía. La posición del presidente, sin embargo, prevaleció. Defendió que la publicidad que conseguirían con semejante gesto era mucho más valiosa que unos cuantos metros más en planta baja que alquilar a cualquier restaurante, y que explicarían al mundo entero como la fachada de puro vidrio sería limpiada regularmente con jabones Lever, pues esto es lo que fabricaba la compañía. Ciertamente el edificio destacaba con su completa ausencia de publicidad o letreros de neon, sobrio, moderno y magnífico.

El edificio goza de tal reconocimiento que es el único en Nueva York que fue reconocido como monumento (Landmark) por la Comisión de Preservación de Monumentos tan pronto cumplió 30 años (el mínimo requerido), en 1982.

1982, sin embargo, estuvo a punto de ser el último año de este famoso edificio. Su gran gesto, esa renuncia a la edificabilidad, lo convierte por otro lado en un pastel jugoso para cualquier gran promotora, que podría derribarlo y construir algo el doble de grande. Y esto estuvo a punto de suceder ese mismo año, pero un ruidoso movimiento de protesta encabezado entre otros por Jacqueline Kennedy Onassis consiguió esta declaración de Monumento y salvó el edificio, hasta hoy.

III

Lever Brothers era compañía británica fundada en 1885. Impulsados por una nueva tecnología para fabricar jabón desarrollada por el químico William Hough Watson, crecieron de manera espectacular. Comprando otras empresas y con factorías y plantaciones por todo el planeta, representan uno de los ejemplos de megacompañia del final de la era Victoriana. En 1925 se fusionaron con una empresa de margarinas holandesa y tomaron el nombre que ha llegado hasta nuestros días, Unilever. En 1930 tenían más de 250.000 empleados.

Una pregunta interesante es por qué una gran compañía industrial internacional, que no son conocidas habitualmente por su generosidad, renunció de esta manera a tantos valiosos metros cuadrados y además optó por un diseño tan novedoso y osado. La respuesta, como hemos anunciado, tiene mucho que ver con su presidente en ese momento, Charles Luckman. Y es que Luckman era arquitecto.

¿De dónde había salido este Luckman? Luckman era señor de Kansas, nacido en una familia judía, que desde los 9 años había soñado con ser arquitecto. Cursó estudios con muchas ganas en la Universidad de Illinois pero el esfuerzo que puso no fue suficiente para luchar contra una realidad mayor: Charles terminó la carrera con la nota más alta y en el peor momento posible: 1931, en mitad de la Gran Depresión que iba a arrasar el país y de la misma manera acabar con cualquier posibilidad de hacer carrera como arquitecto. Un poco como muchos compañeros míos que acertaron a entrar en arquitectura en el mismo momento en el que terminaba nuestra salvaje Burbuja Inmobiliaria, Luckman tuvo que buscarse otro camino para vivir y mantener a su recién fundada familia, y terminó dedicándose a las ventas.

Gracias a sus habilidades de dibujo, empleadas para para diseñar publicidad, fue fichado para el departamento de marketing de Colgate. Este aparente paso atrás no le hizo caer precisamente en la depresión.

Decidido a salir adelante, hizo una carrera espectacular en la empresa, cuatriplicando en pocos años los beneficios. Ascendió puestos de forma meteórica y terminó siendo Jefe de ventas. Fue portada de Times Magazine en 1937 como “Wonder Boy”, con menos de 30 años, en un año en que otros rostros fueron el Papa, Stalin y Virginia Wolf. Hoy con 30 años mucha gente considera como su mayor éxito haber conseguido un alquiler a menos de 3 horas de su puesto de trabajo.

Con 37 años fue nombrado presidente de la compañía y tres años después esta fue comprada por Lever y el fue ascendido a presidente de la misma. Su sueldo era de 250.000 dólares de la época. No intentéis hacer la conversión a precios de hoy, ya os lo digo yo: algo más de 3 millones de $ al año.

 

Luckman, hecho un chaval, presidente de Pepsodent

De esta manera es como Luckman subió a toda velocidad la escalera corporativa y el arquitecto frustrado se encontró al mando de una multinacional gigantesca. Desde esa posición promovió el diseño que haría célebre la nueva sede de la empresa, la Lever House.

Y cuando estaba buscando una compañía de arquitectura para construirla, Skidmore y Owings se presentaron como candidatos, llevando al siempre tímido Bunshaft a la reunión y esperando que se entendiesen mejor por ser ambos judíos. Bunshaft siempre dijo que en esa reunión no tuvo ocasión ni de abrir la boca, pero el caso es que SOM consiguió el contrato. Sin embargo, la construcción del edificio se iba a cobrar una víctima en Unilever: antes de completar el edificio, Luckman, el “chico maravilla”, dimitió de su puesto.

Mira que contento el chico, portada del TIME magazine. Si es que por verlo sonreir ya compensa.

Era el año 1950, había alcanzado un éxito incontestable y todavía era joven. Incluso había sido elegido como asesor presidencial para la reconstrucción de Europa y había recibido varias medallas cívicas en Francia, Italia y otros lugares. Pero el gusanillo le había picado de nuevo. Era el momento de volver a la arquitectura.

IV

Luckman Partnership, probablemente ayudado por sus contactos, consiguió entre sus primeros encargos el de diseñar la nueva sede de la compañía de licores Seagram. Sin embargo su primera propuesta fue rechazada y el proyecto terminó recayendo en Mies van der Rohe. Luckman se trasladó a Los Angeles, donde formó una asociación con William Pereira, del que (especulo) podemos deducir que algún remoto pariente gallego debía tener, esperando que su carrera despegase.

Y vaya si triunfaron. Se especializaron en encargos que, a priori, no suenan especialmente sugerentes para un arquitecto. Bases para la fuerza aérea, oficinas corporativas y aeropuertos. Incluso el Hotel Casino Flamingo de las Vegas.

Otra horrenda torre en Downtown LA, La Aon Tower
En cien años no encontraría una manera de hacer un edificio que fuese menos “Flamingo”

Luckman ni siquiera pretendió imitar el estilo del arquitecto artista que los europeos adoramos, un señor un poco loco, vestido siempre de negro como un vigilante del Muro y que trabaja con sus becarios sin sueldo en una oficina a la que insiste en llamar Atelier.

Todo lo contrario, trajo sus habilidades del mundo de los negocios y su talento para el marketing para darse a conocer. Con declaraciones grandilocuentes como “Me mantengo firme en mi creencia de que la arquitectura no es un arte sino un negocio”, decía justo lo que querían escuchar los grandes propietarios, ejecutivos de empresas y oficiales del gobierno. Se ganó el desprecio de la mayoría de los arquitectos mientras construía sin parar por todo el país edificios mundanos, cuando no horrorosos.

Con esta premisa de “la arquitectura es un negocio”, proyectaba edificios que podríamos decir de “estilo internacional” pero que salvo excepciones eran de una calidad mucho más cercana a la parte baja de la mediocridad que a tener algo de original.

Centro Lyndon B. Johnson de la NASA

En 1960, por fin, consiguió un gran encargo en Nueva York que seguro que reconocéis. A muchos probablemente os va a empezar a caer muy mal el bueno de Charles.

Y es que Charles Luckman fue el encargado de diseñar el nuevo edificio del Madison Square Garden, que se iba a levantar en el emplazamiento de la estación de tren más famosa de Nueva York: Pennsylvania Station. Sus días estaban contados.

V

La Penn Station era un descomunal edificio que ocupaba dos manzanas enteras. Diseñado por McKim, Mead & White, autores también del ayuntamiento de Nueva York, en estilo Beaux Arts; y terminada en 1910, era la puerta de entrada para millones de pasajeros cada año a la ciudad de Nueva York. Testigos de aquella época dijeron que la soberbia estructura no te hacía sentir confortable, sino importante.

La grandiosa Penn Station

La estación había dejado de ganar dinero los últimos años por una cierta reducción de viajeros en tren. Desgraciadamente para la ciudad, el edificio era privado, había sido en cierto sentido un regalo para la ciudad, pero sus propietarios no estaban dispuestos a perder dinero. Dejaron el edificio languidecer sin mantenimiento hasta que el mármol rosa se volvió gris y la estación se llenó de roña, intentando que la gente opusiese menos resistencia a la hora de derribarlo.

Y cuando llegó el momento, Luckman fue desafiante. En los debates que se sucedieron esos días afirmó “¿tiene sentido conservar un edificio meramente como monumento si ha perdido su función?”, frase que provocará un ataque en cualquier amante del patrimonio que la lea. Sin embargo, no había en ese momento un movimiento fuerte de conservación. Se organizó alguna manifestación a la que asistieron menos de 200 personas. Timoratos manifiestos fueron escritos, publicados en periódicos e ignorados. Y la estación, finalmente, fue demolida.

La demolición de Penn Station

En su lugar Luckman construyó este horrible edificio, terminado en 1968:

Madison Square Garden. Fascinante diseño lleno de humanidad y amor

Y no paró aquí. Crecido, entró en el mundo de los grandes negocios inmobiliarios y la promoción. Construyó varias torres en el centro de Los Angeles. En 1970 propuso demoler la biblioteca central de Los Angeles, que se conoce que le incordiaba. Pero esta vez no se saldría con la suya.

Los Angeles Central Library. Se ve que tampoco le gustaba

A raíz de la destrucción de la Penn Station se había despertado el movimiento proteccionista. En Nueva York se fundó la Comisión de Conservación del Patrimonio. Decenas de edificios fueron clasificados y protegidos, y desde entonces los edificios con más de 30 años gozan de cierto respiro. La lógica implacable del capitalismo fue frenada en su mismo corazón, en parte. Y uno de los edificios protegidos por esta asociación fue, precisamente, la Lever House, construida gracias al impulso de Luckman y que como hemos comentado estuvo a punto de ser demolida. Y aquí se cierra el círculo de esta historia.

Muchos años más tarde parece que el entusiasmo de Charles se moderó bastante. En 1994 donó varios millones a una fundación y dijo en un discurso: “Siento que ha habido demasiado énfasis en el negocio y en la aproximación “pragmática” a la vida, y que es momento de tomar un profundo respiro colectivo y recordar que nosotros establecimos este país con una Cultura”

A buenas horas, colega

En fin, parece que la idea le llegó tarde. Quede aquí esta historia que nos ha llevado desde una empresa de jabón hasta Penn Station, pasando por todo Estados Unidos, y volviendo al mismo hombre.

Brunelleschi, el arquitecto moderno – III

Ospedale degli Innocenti

Toda esta historia comenzó con una primera parte y tuvo una continuación

Al encuentro con la Historia

 

 

Es probable que Brunelleschi se encontrase en la plaza de Santa María del Fiori cuando escuchó la noticia. Se acababa de recuperar de una enfermedad contraída en las marismas sin desecar de Roma, quizá malaria, que le había hecho volver el año pasado de sus estudios. Acostumbraba pasar las mañanas rondando la piazza, charlando con Donato y otros colegas, artistas y jóvenes como él ,que comentaban los chismorreos de los gremios – han ascendido al nuevo aprendiz de orfebre y eso que sólo lleva un año en el taller –, el politiqueo de la época – dicen que el rey de Francia está organizando un concilio en Pisa y que va a invitar a los dos Papas- y, por qué no, las últimas novedades en perspectiva o las esculturas romanas recién desenterradas. Haciendo vida de estudiante de letras en Malasaña, vamos.

Barbadori Chapel
Capilla Barbadori, una pequeña pero importante obra donde probó sistemas que aplicaría al Duomo

El rumor se extendió como la pólvora: el Gremio de la Lana, el más poderoso de la ciudad y custodio de las obras del Duomo, había decidido reanudar las obras. La Obra, en realidad. La construcción más grande de toda la península volvía a ponerse en marcha. O lo haría, claro, si alguien sabía qué demonios hacer con esa cúpula absurdamente enorme.

Era el momento que llevaba esperando toda su vida. En los últimos meses había estado muy activo haciendo maquetas y publicando dibujos, paseándose por todas las obras, dando ideas para diseños militares y realizando en secreto maquetas de grúas y andamiajes. Bien conocido en toda la ciudad por obras como el Hospital de los Inocentes, justamente reconocida, todos esperaban que el consejo le pidiese, cuanto menos, su experta opinión.

Pero Filippo no pensaba ponerlo tan fácil. Sabiendo que hacerse el interesante es a veces muy útil, pensó que su prestigio aumentaría si en vez de presentarse ante el Gremio tenía que hacerse llamar, así que sin pensárselo mucho abandonó la ciudad y corrió de nuevo a Roma.

Profeta en su tierra

Como imaginaba, en seguida le echaron en falta. Realmente la intención de seguir las obras era firme pero nadie sabía muy bien cómo, así que confirmando su sospecha mandaron un agente a buscarle.

Encantado de salirse con la suya Brunelleschi (oh, por favor, no, qué honor, sólo soy un hombre más, oish, oish), aceptó la invitación, volvió a la ciudad, se puso sus mejores galas y usó sus mejores palabras. Casi no debía notársele la falsa modestia cuando habló de los Señores Custodios, de los reputados albañiles y los excelentes ingenieros y arquitectos que, sin embargo -ay- no habían entendido bien los problemas, no tan bien como él que, por pura afición, llevaba años estudiando ese asunto (qué casualidad).

Siguiendo una técnica que dominan como nadie los ingleses que consiste en agrandar los problemas a los que te vas a enfrentar para aumentar tu gloria o excusar tu fracaso, habló mucho de lo colosal del reto que tenía delante: ni ahora ni nunca antes, ni siquiera en los tiempos antiguos, se había construido una cúpula tan grande. No era posible siquiera utilizar el método del Panteón de Roma porque la base de la cúpula de Florencia era octogonal y había que atirantar las ocho caras, ensamblar piedras, asegurar a los trabajadores…

Pero sabiendo que la obra estaba dedicada a Dios, estaba seguro de que Él inspiraría a los hombres para completar la obra. Él tenía buenas ideas pero… ¿Qué podía hacer el bueno de Filippo, si ni siquiera era el encargado de la obra?

Estatua de Brunelleschi
Incluso en busto de piedra tiene cara de iluminado

El concurso

Llegados a este punto tenía buenas cartas para hacerse con la dirección, pero le conocéis muy poco si pensáis que lo pidió. No, nuestro amigo se mordió con fuerza la lengua y dijo que lo razonable sería convocar un concurso al que se invitase a los mejores de todo el mundo: no sólo toscanos e italianos, también franceses, alemanes… que entre todas las mentes se obtendría el mejor resultado.

El truco es obvio, claro: Filippo no tenía ninguna intención de dejar que otro construyera la cúpula pero necesitaba que su victoria fuese completa, que entre todos los mejores arquitectos del mundo se le eligiese a él. El Gremio no dijo que no pero, bueno, ya que tú estás aquí y tienes tan buenas ideas, puedes ir haciendo unos planitos, unas maquetas…

Pero parece que a Brunelleschi se le había olvidado algo en el fuego y se tuvo que ir corriendo a Roma de nuevo, o eso dijo. Los Cónsules no lo veían claro –oye, que si es por pasta, te damos una asignación, no te preocupes, pero ve trabajando desde ya y no perdemos tiempo– , pero ni por esas.

Los siguientes meses los pasa haciendo sudokus en la ciudad Eterna, o dibujando ruinas o diseñando aparejos de ladrillos, como sea que se entretuviese este señor, hasta que en 1420 están por fin todos los grandes arquitectos y maestros constructores de Europa (tardaron un rato porque el tren de la época funcionaba igual que el de Extremadura hoy en día). Y Filippo vuelve a Roma.

Menudo congreso debió ser, a gastos pagos por parte del Gremio. Unos propusieron hacer pilastras en el medio, otros construir con piedra pómez que sería más ligera, alguno sugirió levantar un super pilar en el centro y montar una cúpula gallonada como la de la catedral de Zamora o el círculo de Bellas Artes de Madrid… ideas no faltaron.

Incluso uno sugirió llenar todo el hueco con tierra mezclada con monedas, montar la cúpula sobre ella y dejar que luego los pobres, queriendo conseguir esas monedas, recogiesen por si mismos la tierra. (este es mi favorito por el extra de recochineo)

¿Y qué dice Brunelleschi ante todo esto? Que no tienen ni idea y que él era el único que podía hacerlo, sin andamiajes ni pilastras ni montañas de tierra, y a la mitad de precio.

Duomo 1390
Esbozo del aspecto que debía tener el Duomo durante la juventud de Brunelleschi

Claro, le piden que se explique, que con fardar no es suficiente, y el hombre empieza un discurso de los que hacen época: que la cúpula debe ser doble y trazada con una curva de un arco de cuarto punto, y realizar cadenas de piedra en ella. Pensar en la luz y los desagües, los mosaicos y los andamios, y la fábrica y mil cosas más que eran muy difíciles pero que él ya había pensado. Y el tipo que no se callaba, y seguía, poniéndose colorado y exaltándose porque veía que no le creían. Hasta tal punto llegó a parecerles que se le había ido la cabeza que acabaron llamando literalmente a seguridad y llevándoselo de la sala (¡no es broma!)

Cuando se le pasó el calentón nuestro amigo Filippo no se atrevía a salir de su casa (¿Qué dirían?). Si después de tantos años estudiando la cúpula y montando la coreografía perfecta no se la daban… ¿qué iba a ser de él? ¿tendría que abandonar la ciudad, humillado?

 

Cambio de estrategia

Pero si él estaba preocupado, el Consejo lo estaba todavía más. Entre las soluciones dificilísimas de los arquitectos reunidos y los desvaríos de Filippo, ya se veían abandonado de nuevo la obra. El hazmerreir de Italia para cien años por lo menos.

Brunelleschi recapacitó, cambió de estrategia y empezó una lenta tarea de zapa y lobby en secreto: se reunió por separado con todos los cónsules que pudo, con arquitectos, custodios, ciudadanos… a cada uno contó una parte o enseñó una maqueta, nunca todo lo que tenía, pero si lo suficiente para que se fueran convenciendo de que tenían a un genio ante ellos. Como el mejor entrepeneur de hoy en día camelándose inversores. Hay incluso quién sitúa aquí y no en Colón la historia del huevo: cuando le decía que mostraba poco y que no le creían les retaba a poner en pie un huevo y cuando él lo conseguía dándole un pequeño golpe le decían que claro, que así era muy fácil.

Brunelleschi se enfrentaba al mismo problema que tuvieron los hermanos Wright cuando consiguieron su primer vuelo en Kitty Hawk: nadie invertiría en ellos sin conocer cómo habían logrado volar, pero si lo mostraban a los inversores les robarían la idea en segundos, pues una vez visto resultaría evidente a cualquiera.

Maquinas
dibujos de algunas de las muchas máquinas que Pippo iba enseñando a la gente

Las puertas de la fama

Sin embargo Filippo triunfó allí donde los Wright fracasaron y al final consiguió convencer al consejo que, aunque seguía sin entender todo lo que decía ese arquitecto loco, le veían tan seguro de sí mismo y tan confusos a los demás, el encargaron una primera fase: la construcción de los primeros doce brazos de altura. Eso si, se decidió pagarle exactamente la misma cantidad que al resto de maestros de obras, sin ningún reconocimiento especial. No se puede decir que estuviese muy contento, y le fastidiaba especialmente que fueran tan duros con las condiciones, pero por fin había conseguido meter un pie y medio en la obra de sus sueños. Ahora era cuestión de tiempo que el mundo observase de qué era capaz.

Brunelleschi, cuarenta y tres años, toda una vida esperando este momento, se encamina derecho a las puertas de la historia. Ha ganado.

¿Un momento, ha ganado?

El consejo sigue sin fiarse. No ve ningún motivo para que una única persona se ocupe de la obra más grande de una ciudad que por otro lado está llena de arquitectos habilísimos.  Podemos entender su desconfianza, pues si algo sale mal toda Italia se reirá del Gremio que confió todo a un tío raro que nunca dijo exactamente como haría las cosas.

Así que pondrán otro arquitecto a controlarle, con el mismo rango y poderes que él. Y ese mérito recaerá en otro de los grandes de la ciudad, un hombre que está en la cima de su fama porque acaba de completar una obra que tiene maravillados a todos los habitantes después de más de dos décadas de trabajo. Sí, es el que estáis pensando.

El nuevo arquitecto es Lorenzo Ghiberti. Su archienemigo.

Podemos estar seguros de que no fue una noche tranquila en casa de Brunelleschi.

Ghiberti Retrato Vasari
Lorenzo Ghiberti, Aparece cuando menos te lo esperas

 

El inevitable combate entre Lorenzo y Filippo se resuelve aquí

Brunelleschi, el arquitecto moderno – II

Roma, vista siglo XV

(por si te perdiste la anterior, está aquí)

Preparando el asalto

 

No sabemos qué opinión tendrían los habitantes de Roma de los dos chavales que llevaban tres años revolviendo piedras y dibujando ruinas entre los animales que pastaban entre los templos derruidos del Foro. Si sabemos que estaban convencidos de que eran “buscadores de tesoros”, practicantes de geomancia buscando riquezas del pasado perdidas.

Junto con su buen amigo Donato, que con apenas tenía 20 años ya tenía una reputación como orfebre y escultor, Filippo dibujó todos los edificios que encontró. Estudió los templos circulares y los cuadrados, los obeliscos y los acueductos, los baños y las basílicas. Se interesó por los sistemas de las bóvedas y por los ensamblajes de hierro de las piedras y no dejó un solo sillar sin investigar.

Una idea grandiosa alimentaba este esfuerzo: sería él quien traería de vuelta las glorias de Roma al presente, dejando atrás la tediosa arquitectura bárbara propia de los lombardos y los tedescos. Si era capaz de revolucionar las maneras de construir se ganaría un hueco en la historia junto a leyendas como Cimabue o Giotto. Porque sobre todas las cualidades que desarrolló en su vida Brunelleschi siempre destacó su enorme ego, su necesidad de protagonismo.

Ejemplo de la “repulsiva” arquitectura Lombarda de la que Filippo nos quiere salvar, Santa Maria Maggiore en Lomello. Hubo vida antes del Renacimiento

Hay que comprender la época, por supuesto. Estamos en el siglo XV, y lo que ahora conocemos como capitalismo llevaba cerca de dos siglos desarrollándose y tomando forma. La clase comercial ha crecido y se ha enriquecido, su poder material es evidente, pero no tiene el reconocimiento que creen que merecen. La sociedad aún se articula en tres estamentos: el clero, la nobleza y el resto, el populacho. Es una sociedad comunitarista, colectiva, y el papel de los comerciantes de especies y telas en este mundo no es más importante que el de un labrador o un carnicero.

Uno pensaría que bueno, que el dinero les daba poder de facto y que no serían nobles pero podían comprar lo que quisieran, pero eso es una lectura actual, desde un mundo moldeado precisamente por ellos. En el año 1000 la economía europea está prácticamente en pañales, el sistema financiero es casi inexistente y acumular piezas irregulares de oro en cofres tiene mucha menos importancia que ser el señor de 10.000 almas entre las que reclutar soldados, 2000 cabezas de ganado que comer en invierno o miles de hectáreas de tierras que cultivar. Y en un principio no era tan sencillo simplemente comprar el estatus pues ¿quién intercambiaría sus tierras o posesiones por monedas? ¿Para comprar qué, y en qué mercados?

Pero en 1400 la situación es muy diferente. Desde la revolución económica del siglo XII tenemos mercados de todo tipo, ferias anuales donde se venden productos que vienen de España, Flandes, Champaña, Inglaterra o las ricas ciudades orientales. La producción ha empezado a sistematizarse y los talleres de tejidos crecen y empiezan a organizarse de forma racional y la nobleza, a medida que su papel guerrero disminuye, empieza a sentirse amenazada. Por toda Europa los ciudadanos consiguen cartas de privilegios; los reyes tienen que ceder y otorgar constituciones y reunirse en parlamentos; las ciudades se hacen más ricas y banqueros y comerciantes empiezan a ser imprescindibles para cualquier empresa de cierto tamaño. Vale, la Iglesia formalmente sigue condenando la usura, pero siempre encuentran la manera de seguir con su actividad, entre otras cosas porque la Curia necesita también de esos servicios.

En este nuevo mundo la incipiente nobleza mercantil quiere distinguirse y conquistar la dignidad que durante tanto tiempo se le ha negado. Se casan y emparentan con linajes antiguos, apadrinan artistas que deslumbren al mundo, se hacen retratar y se construyen palacios fabulosos.

Emblema del Arte de Calimala sobre San Miniato

Decíamos pues que los mercaderes habían luchado muy duramente por conquistar una nueva posición social. Y nuestro amigo Brunelleschi es la encarnación de este mismo movimiento entre los artistas. ¿Los artistas? ¡Por supuesto! No olvidemos un detalle: en su tiempo los artistas están agrupados todavía en gremios junto con otras profesiones, los “Artes”. Entre las Artes mayores y las medianas tenemos, por ejemplo, a los canteros, y herreros.

Otros, en cambio, están en artes “menores”, reunidos según criterios “curiosos” que terminan con combinaciones como poner a los constructores de herramientas  junto a los cerrajeros, a los escultores en madera en comandita con los carpinteros, y a los pintores agregados desde 1316 con los médicos y boticarios (por los métodos que utilizan para obtener sus pinturas), y estos a su vez en el “Arte de la Seda”.

Sin embargo, desde Cimabue los pintores había conseguido ser reconocidos como expertos de un nivel superior, a la altura de poetas y literatos, formando ya parte de las “bellas artes”.

¿Y los arquitectos?

Los arquitectos, ni agua. No son más que maestros de obra, no muy diferentes de un carpintero o un escultor, y desde luego no más importante. Nadie en su sano juicio vería en el año 1300 una catedral gótica y diría que la “proyectó” un arquitecto con nombre y apellidos.

Brunelleschi, por supuesto, no puede soportar esto. Y la lucha por salir de esta incierta gloria y conseguir el reconocimiento que cree merecer será el gran objetivo de su vida.

 

más emocionantes aventuras en la tercera parte