La ordenación del Nuevo Mundo – y IV

La serie que termina aquí hoy comenzó con una introducción aquí y los primeros emocionantes pasos aquí, después de la cual continuamos con la tercera parte aquí

La cuadratura del círculo

Él grupo de representantes enviados a Columbus, capital de Ohio, está contento. La Asamblea General, órgano legislador del estado, ha dado el visto bueno para lo planes de remodelación de la ciudad. Importantes hombres de negocios y especuladores profesionales brinda en algún salón de la todavía diminuta ciudad, fundada apenas veinte años antes y que no pasa de los 3000 habitantes. Corre el año 1837 y acaba de ser constituida la “Compañía para la cuadratura de Circleville”. El principal obstáculo para el desarrollo de la ciudad desaparecerá pronto y el futuro sólo puede deparar un crecimiento espectacular para la ciudad, o al menos eso cuentan a cualquiera que quiere escucharles.

A la mañana siguiente recorrerán los cuarenta kilómetros que les separan de su ciudad y acabarán con la principal seña de identidad y, para ellos, terrible lacra, que tiene la ciudad: sus calles.

Nos referimos a esto, claro:

Plano original de Circleville en 1836, con su inusual diseño

Realmente Circleville es un caso excepcional, una de las pocas ciudades en el efervescente desarrollo urbano de Estados Unidos que no ha sido fundada en base a una retícula ortogonal tan aburrida como rigurosa. Su fundador quiso hacer algo original, con el juzgado como centro de la ciudad y un boulevard noble alrededor. Menudo disparate. Encarece los costes de los edificios al no poder hacer paredes rectas, se desperdicia espacio y los solares son más difíciles de vender. Pronto todo ello será historia. Como historia fue Circleville, por otro lado. Nunca en el siguiente siglo llegó siquiera a los 10.000 habitantes, pero seguramente a esos empresarios no les importó. Hicieron sus negocios, recogieron beneficios y buscaron la siguiente oportunidad. Eso es Estados Unidos: el paraíso de la especulación urbanística.

Circleville una vez triunfó la mediocridad. Personality not found

La fiebre del ladrillo

Ya hemos descrito el sistema de reparto de las inmensas extensiones de tierra virgen americana. El modelo de colonización del país propiciado por la Ley de Ordenación es completamente diferente a todos los ocurridos en la historia. Hasta entonces la colonización siempre ha pivotado alrededor de la fundación de ciudades. Desde las colonias griegas hasta las ciudades españolas fundadas por toda América, la ciudad es un punto de control y comercio a partir del cuál se extiende el control del territorio. Ya no, no aquí.  Las directrices de la ley de Jefferson y la firme decisión de no ejercer ningún control sobre el libre albedrío de los ciudadanos para decidir donde o como establecerse se hacen notar.

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perspectiva de Topeka, soporífera capital de Kansas

Aparecen ciudades a intervalos regulares cada día. Partiendo de la normas tan sencillas como contundentes establecidas por Jefferson, tramas urbanas clónicas crecen de la noche a la mañana. El mundo es un lienzo en blanco y es imposible saber a priori que lugar se convertirá en una metrópoli y que lugar morirá en diez años. Si habéis leído “La ciudad de los prodigios”, de Eduardo Mendoza, quizá recordéis los capítulos dedicados a la especulación urbanística en el Ensanche barcelonés. Los rumores sobre la ubicación de paradas de ferrocarril o servicios disparan o hunden el valor de terrenos.

En este caso es exactamente igual, pero a escala país. El Gobierno de Washington está comprometido a mantener la más estricta neutralidad en este proceso, por lo cual su inversión es entre reducida y nula (tampoco es como si tuviesen dinero para hacer nada). Dejado al libre mercado, las ciudades son la jungla. Sobre el papel cualquier parcela es igual que otra y la malla cuadriculada de las ciudades es garantiza el valor de cada una, pero en la práctica eso es imposible. Simplemente llamar a una calle “Main” y a otra “Market” ya crea un centro. Basta que un inversor construya el primer hotel en cualquier lugar para que el terreno a su alrededor se dispare.

La igualdad, por tanto, no existe. Lo que si quedará de esta época es un urbanismo increíblemente pobre y simplón, y una ausencia total de cualquier clase de amenidades, desde museos hasta parques públicos, plazas o boulevares. Un parque en un lugar de la ciudad sería destinar impuestos de un ciudadano a mejorar la vida de otro, y alteraría el valor del terreno. Más bien, los terrenos vacíos se venden rápidamente al mejor postor sin reservar nada: lo que no venda la administración actual lo venderá la siguiente, así que mejor hacer caja hoy. Hasta el 60% de los presupuestos de estas ciudades de frontera venían en esos momentos de la venta de tierras.

Es sorprendente que tampoco a los inversores privados les pareciese una manera interesante de atraer clientes el construir parques, teatros y otros entretenimientos. En los archivos históricos encontramos las publicidades de la época, que insisten en terrenos “saludables” y en el “crecimiento potencial”.

La inspiración para estas ciudades es casi siempre Philadelphia, urbanísticamente una ciudad mediocre de la que su fundador estuvo a punto de renunciar porque no estaba consiguiendo los beneficios económicos esperados. La influencia es tal que hasta los nombres de las calles se copiaron en sucesivas ciudades.

El mapa de una obsesión: calles anchas para evitar incendios. No hay más ideas.

En lo que si se gastó un considerable esfuerzo fue en labores de alteración de la topografía.

A fuerza de pico y pala, millones de toneladas de tierra y roca cambiaron de lugar en la búsqueda de parcelas más planas, más fáciles de vender. Es posible que cuando habéis leído el ambicioso pero ingenuo plan de reparto hayáis pensado: en las llanuras infinitas del Midwest, pase, pero… ¿las Rocosas? Eso ya es otra cosa. Y sin embargo se hizo. Los topógrafos siguieron su recorrido, implacables, alterando sus líneas sólo para adaptarse a la curvatura de la Tierra, tan grande es la escala de la empresa.

Y en las ciudades el territorio es violentado con saña también. Manhattan, por ejemplo, una ciudad que quienes hayan visitado recordarán plana pero que en su momento tuvo más de 500 colinas, 100 kilómetros de arroyos, decenas de pantanos… Un territorio rico y unos ecosistemas complejos, todo ello aplanado sin piedad. Podéis explorar la isla con este mapa: Mannahatta

diagrama con los cambios sobre el territorio de Manhattan: rellenos, desmontes y terraplenes
Superposición de la trama urbana sobre el variado territorio original de la isla

 

No es el único caso, evidentemente, aunque tampoco tenemos que citarlos todos. Los rellenos de terrenos en Boston, las montañas aplanadas. O San Francisco, un paisaje natural extraordinario que fue miserablemente ignorado para superponerle una trama ortogonal absurda. Sólo cientos de películas después hemos llegado a encontrar cierta belleza en estos diseños monótonos y sin personalidad.

mapa de San Francisco sobre la topografía de la península, diseñado por un tabernero

Conclusiones

Es cierto que las grandes metrópolis americanas se convirtieron en ciudades vibrantes, emocionantes, donde todo podía encontrarse y todo podía pasar, pero desde luego no es una característica que le deban a su urbanismo sino a la increíble vitalidad y progreso económico de su época. Todo cambiaría a partir de los años 40-50, con la decadencia de las ciudades americanas, pero eso debe ser contado en otra ocasión.

Por ir terminando, espero que quede una idea general de cómo las bases para todo esto que he contado vienen directamente de la Ley de Ordenación Nacional. Toda la historia urbana de Estados Unidos deriva de una serie de principios ideológico-filosóficos combinados con el reconocido carácter pragmático y ante todo comercial de sus ciudadanos.

El mar a tu espalda y el horizonte infinito enfrente. Litografía de F.F. Palmer

Dos elementos principales fueron el caldo de cultivo necesario: por un lado un gobierno central con unas ideas extremadamente ambiciosas inspiradas por la necesidad de recursos pero también por unas ideas filosóficas fuertes como la libertad individual, la independencia de sus ciudadanos y la renuncia expresa y decidida a controlar su comportamiento.

Por otro, una población creciente, numerosa, volcada hacia la idea de progreso material a todo coste, con grandes ambiciones, poderoso individualismo y creencia absoluta en la bondad del mercado sobre el gobierno. Millones de personas deseando desembarazarse de todo lo antiguo combinadas con un ambiente de especulación y crecimiento como nunca el mundo ha visto, descontando quizá la China moderna.

El resultado de este proceso y estas ideas es el fondo ideológico de esa nación: el Destino Manifiesto, la idea de que América es el país elegido y que tiene una Misión sobre la Tierra. Una idea que a los descreídos europeos nos suena extraña o incluso ridícula, pero sin la cual es imposible entender la historia de Estados Unidos. Quizá otro día hablaremos de ella.

Westward Ho! Mural de Emanuel Leutze. La era del optimismo.

 

Brunelleschi, el arquitecto moderno – y V

En capítulos anteriores de esta serie tenemos la primera parte, la segunda, la tercera y la cuarta. Con esta se acaba todo ya.

Brunelleschi quedándose con la gente con lo del huevo, según Fattori

 

Final de obra

Con la obra controlada Brunelleschi empezó otras obras diversas por toda la Toscana y más allá, trabajando para los más importantes príncipes de su época y levantando iglesias y palazzos. Se movía entre lo más selecto de la sociedad y prosiguió su carrera hacia el estrato social que siempre quiso ocupar.

Adelantándose 600 años a Silicon Valley (ya, ya, tampoco es que lo inventaran allí), ordenó construir comedores y cocinas en la parte alta de la obra donde los trabajadores podían comer gratis, pues así no perderían tiempo en los desplazamientos. Externalizó la producción de la decoración a talleres lejanos, que sólo tenían que seguir sus planos y dibujos fielmente, evitando la necesidad de comprobar los resultados en persona. Privados de su libertad artística, convirtió a maestros talladores en obreros en cadena.

Dedicó mucho tiempo a promocionarse a sí mismo entre la nobleza y a fortalecer el aura de genio que todo lo sabe y de maestro que había recuperado el “saber antiguo” y vivió años obsesionado con la “propiedad intelectual” y con que no le copiasen. De hecho, si no me equivoco, la primera patente reconocida de la historia a un invento fue para él por un artefacto para transportar mármol a lo largo del río, il Badalone, patente que le concedió exclusividad y derecho a quemar cualquier nave parecida por un periodo de tres años. (El invento resultó ser una mierda y se hundió pero no vamos a cebarnos con él)

Il Badalone
Il Badalone, artefacto para transportar piedras a lo largo del río y hundirlas a mitad de camino

Desde Brunelleschi, el prestigio de un arquitecto ya no dependería de su habilidad manual, de lo bien que se le diese tallar, serrar o esculpir, sino de sus ideas. Quedaban independizados de la categoría de artesanos y pasaban a ser “otra cosa”. Ahora le llamaría “economía del conocimiento” o algo parecido.

Y mientras tanto, año a años, la cúpula siguió creciendo, irguiéndose orgullosa sobre la ciudad, la mayor obra realizada en siglos en esas tierras.

 

El último gesto de Brunelleschi es muy simbólico: consolidada su autoridad y su prestigio en la ciudad, Filippo encara a la última estructura medieval que le queda por derrotar: los Gremios.

En el año 1334, sin previo aviso, rehúsa pagar la cuota obligatoria del Gremio. Según la estrictísima norma de la época esto le debía haber costado la inhabilitación absoluta, puede que incluso la cárcel por deudas o el destierro. Pero llegados a este punto se ha hecho completamente imprescindible para que todo funcione. La Comuna y la dirección de la Catedral no quieren dejar la cúpula sin terminar a estas alturas, con la obra a la mitad y muchísimo dinero invertido y le apoyan por completo. Al Gremio no le queda otra que bajar la cabeza y quebrar sus propias normas.

Brunelleschi ha ganado, y en su obra es el rey.

Epílogo

(no pensarías que te ibas a librar ya)

 

Hay debate acerca de si Brunelleschi es responsable de la revolución en la forma de entender la arquitectura o un mero ejecutor de las tendencias inevitables de su tiempo. Quizá la complejidad de la economía y la sociedad había llegado ya al tope de lo que era posible gestionar con la estructura descentralizada de los gremios y la sociedad medieval y todo esto tenía que pasar más temprano que tarde. Ya sabemos que la historia la escriben los vencedores y la figura de Brunelleschi fue ensalzada por sus sucesores de manera interesada.

Es cuestionable hasta qué punto se puede decir que sea un “genio”. En su época no se le consideró especialmente culto pero si dotado de una gran memoria, capacidad de organización y disciplina. Desde luego no fue torpe en absoluto pero en la ejecución de los detalles y en ciertos elementos se nota que su método es todavía nuevo.

Es cierto que el relato renacentista, que es el que todo el mundo conoce, se esforzó mucho en la visión de la Edad Media como un periodo oscuro y bárbaro (falso falsísimo), y que los artistas del Renacimiento vinieron a “recuperar” las grandes habilidades de los antiguos, pero hoy en día sabemos bien que esto no es cierto. No hay ruptura en la tradición arquitectónica. Desde los romanos hasta el gótico, pasando por el románico, vemos una lenta evolución en las formas y las estructuras, no un agujero negro. Cierto que se perdieron algunas técnicas en algunas zonas, aunque habría que saber si no fue simplemente porque su necesidad desapareció: ¿era necesario hacer cúpulas como la del Panteon cuando lo que se estaba construyendo eran pequeñas parroquias en un mundo en que la gente había vuelto al campo? ¿Qué sentido habría tenido hacer Basílicas gigantescas?

Es un poco iluso pensar que Francesco Talenti, el anterior encargado de las obras, proyectó la planta de la catedral sin tener ni idea de cómo cerrarla. La forma final de la cúpula, como el propio Brunelleschi sabe, no depende de una “idea genial” sino que probablemente no hay otra manera de construirla que la que él empleó. Es, como todas las catedrales góticas, un intento más de llegar al límite posible de un sistema constructivo. La principal innovación de Brunelleschi está en el aparejo en espina de pez y en el rigor y la aproximación científica al proceso (Filippo no era un científico pero hizo venir a gente como Pablo Toscanelli para que le ayudasen con los cálculos), y también en la “intención estética” dentro de un proyecto global.

Cúpula a escala con el aparejo en espina de pez, realizada por Brunelleschi para ensayar su método

Brunelleschi rechaza totalmente el recurso al pequeño detalle, esa infinidad de gárgolas, volutas y tallas de las catedrales francesas. Este es un gran volumen de ladrillo masivo, sencillo, con aspiración de ser una semiesfera aunque no puede serlo constructivamente. Su presencia queda reforzada por las cerchas blancas que marcan los nervios del tambor de la cúpula. Pero esto no hace honor a la “verdad” constructiva. La cúpula no está construida con ocho nervios, sino con veinticuatro, y de hecho los mármoles blancos que vemos no siguen exactamente esos nervios sino la forma elíptica de la cúpula en su línea de máxima pendiente.

¿Qué quiero decir con esto?

Que Brunelleschi no busca “mostrar la construcción” sino crear una “ilusión de estructura”. Unos años después Alberti se refiere a lo mismo cuando comenta los puntos de Vitrubio (Firmitas, Utilitas, Venustas) y dice que el “firmitas” no es simplemente que el edificio se aguante (es obvio que se aguanta, pues si no, no sería un edificio), sino que además debe “aparentar que se aguanta”. Por ejemplo, poniendo pilastras que parecen enormes columnas pero no aguantan nada. Es la arquitectura como representación.

Y respecto a la decoración y la recuperación del lenguaje clásico… bueno, eso es un poco un cuento, la verdad. En realidad lo que hacen los renacentistas con sus cuadernos de bocetos es crear un sistema, un abc de detalles romanos de los que no te debes salir. Porque… ¿existe un “lenguaje clásico”?¿Acaso son iguales los capiteles de las columnas en el Orange, Francia que en Jerash, Jordania? Por supuesto que no. La “cultura clásica” abarca más de mil años y las variedades son infinitas a lo largo y ancho de un territorio vastísimo. Los renacentistas eligen una serie de elementos que les gustan a ellos, los redibujan, dicen que han encontrado la “esencia romana” y ¡chas! Ya está todo dicho. De hecho, al final Brunelleschi descarta casi todo y se limita prácticamente a una versión muy concreta del Corintio. Todo sigue un manual, una gramática.

Arco triunfo Orange
El arco de triunfo de Orange, Francia…
…y el de Jerash, en Jordania. Los romanos no tenían un estilo uniforme que se pudiera “recuperar”

En el fondo los edificios renacentistas son edificios modulares, o aspiran a serlo, con unas normas sencillas: después de columna va siempre entablamento, después siempre arco, blablablá. Reglas claras y chocolate espeso.

No es trivial este etiquetado y sistematizado, pues es el primera paso para que todo ya se puede producir con un control de calidad altísimo y el resultado final no dependa del artesano que te toque, pero forma parte de un proceso que es común es su época y está pasando con la industria textil, por ejemplo

. Un ejemplo, el último (intuyo que me estoy poniendo intensito y no creo que quede nadie leyendo esto, soy como Brunelleschi gritando cosas como un loco a los Gremios). Cuando Brunelleschi encara la construcción de los Inocentes recurre a su amigo Francesco della Luna para que lleve la obra, pues el sigue de ruta por las cortes de Italia convenciendo a nobles de que metan dineritos en hacer edificios con los que alcanzar fama inmortal como un buen Calatrava de la vida. Cuando al cabo de un tiempo va a visitar la obra, ve que ha realizado un arquitrabe al revés de como él lo había pensado y se lo echa en cara. Della Luna intenta defenderse diciendo que ese detalle lo ha tomado del tempo de San Giovanni, que es antiguo, y Filippo le contesta: “en ese templo sólo hay un error, y tú lo has copiado”

¿No es fantástico esto? El templo antiguo está mal porque no se ajusta a lo que él y otros renacentistas han establecido que es el verdadero estilo romano. Porque a Brunelleschi no le interesa el pasado de verdad sino una representación del mismo.

En fin, toca ir concluyendo porque llevo ya unas seis mil palabras sobre un señor que seguramente ni os va ni os viene. Brunelleschi, como veis, es uno de los primeros arquitectos de la historia cuyos esquemas mentales y de trabajo podemos reconocer casi como propios. Con él la arquitectura da un salto conceptual de gigante. También vemos que muchas cosas que creemos que son inventos “nuestros” puede que sean más antiguas de lo que imaginamos.

Control, sistematización, línea de producción. Huelgas obreras, ponerte un comedor en el puesto de trabajo. Separación proyecto intelectual-obrero manual. ¿Vaya, pero esto no lo habíamos inventado todo en el siglo XX? It’s very difficult todo esto.

Hay muchísimas cosas más que contar sobre Brunelleschi y sobre la arquitectura del renacimiento, claro, pero creo que de momento vamos a dejarlo aquí.

Duomo Firenze

Brunelleschi, el arquitecto moderno – IV

Antes de aquí deberías haber leído ya la primera parte, la segunda y seguramente también la tercera.

Busto Ghiberti
Autoreetrato de Ghiberti, aquí ya con cara de estar muy mayor para estas cosas.

Dos son multitud

Lo que hizo Brunelleschi en los siguientes años y hasta que terminó sus días no fue terminar una obra antigua que había estado años parada. Revolucionó los mismos conceptos de lo que significaba ser un arquitecto y el funcionamiento de la profesión. Si fue un genio innovador o simplemente la culminación de una tendencia imparable depende del historiador que lo juzgue. Pero no adelantemos acontecimientos.

Hemos dejado a Filippo realmente muy fastidiado, teniendo que lidiar con la indeseada compañía de Lorenzo Ghiberti. Estuvo a punto de destruir los planos y maquetas que había realizado y marcharse de la ciudad, pero finalmente controló su ansiedad y pasó a urdir un plan.

El primer paso para llevar a cabo la obra era realizar una maqueta completa, pues de aquella era esa la herramienta de trabajo principal y no los planos. Lorenzo, obviamente, le pidió que se la enseñara, pero Brunelleschi se negó. Quizá tenía que soportar su presencia en la obra pero no estaba dispuesto a compartir sus conocimientos. Tuvieron agrias discusiones durante días, pero Brunelleschi fue inflexible en este asunto. El arquitecto soy yo y tú estás controlando, así que la maqueta la guardo yo. Hay que entender que esto se hacía todavía más raro en ese momento pues aún no es claro el concepto de “arquitecto” y todo el mundo veía a Pippo como un “maestro de obras” más, un coordinador, no el autor intelectual de nada.

Maqueta duomo
Una de las maquetas originales de la cúpula

Pero claro, eso puso en un apuro a Ghiberti, que encargó enseguida la realización de otra maqueta para evitar que la gente le viese de brazos cruzados en la obra, cobrando un sueldo sin hacer nada. 350 liras y quince sueldos después los arquitectos tenían dos maquetas diferentes, una de las dos completamente inútil.

Ya habían elevado los primeros doce brazos de altura del cuerpo de la cúpula cuando Filippo tendió la primera trampa. Tras una reunión con Lorenzo para pedirle su opinión técnica (como si le importara) constató que este no tenía mucha idea de cómo seguir (lo haremos a tu modo, Filippo, le digo Ghiberti). Sabiendo esto y con los obreros pendientes de que les indicasen como realizar las tirantas de madera y piedra Filippo decidió “ponerse enfermo”. Se cogió la baja, se metió en la cama, empezó a quejarse de dolores en el costado y a pedir paños calientes. Incluso se vendó la cabeza.

Boceto Florencia
Boceto del tambor anterior a la cúpula.

– ¿Cómo seguimos, Lorenzo, maestro? – Preguntaron los albañiles. Al fin y al cabo alguna ventaja tendría que haber en tener dos maestros de obras.

Problemón. Lorenzo dio largas “no es que no sepa cómo seguir, es que no quiero hacer las cosas sin Filippo, somos un equipo”

Si habéis estado alguna vez en una obra os haréis una idea de lo que significa pararla por completo durante días. Empezaron los rumores y las visitas a casa de Brunelleschi. Unos pensaban que se había acobardado porque no sabía cómo seguir, otros aceptaban su versión. A todos contestaba lo mismo, “preguntad a Lorenzo, pues él es un excelente arquitecto”

Y la cosa no tiraba. Pasaban los días, los proveedores y obreros deseando marcharse, el Gremio pagando nóminas para nada. Y Filipo seguía con lo mismo.

– ¿Pero no tenéis a Lorenzo? ¿Él no hace nada? –

– “no quiere hacer nada sin ti”-

– Vaya. En cambio, si él estuviera enfermo yo si haría las cosas sin él…-

Toma puñalada, Ghiberti.

A estas alturas todos tenían claro de que iba el asunto. Queriendo arrancar de nuevo los trabajos decidieron ceder. Apartaron a Lorenzo de las tareas del día a día y Filippo, recuperado milagrosamente, volvió a la obra. Pero Lorenzo, aún herido y menospreciado, seguía siendo uno de los maestros. Ahora mismo su labor era básicamente administrativa, esencialmente de administrar la renta que cobraba sin hacer nada. Pero aunque no aportase nada iba a llevarse el mérito. Brunelleschi seguiría siendo “uno de los dos arquitectos que…”

Así que Filippo se presenta ante la Comuna y dice:

Señores míos, ya habéis visto que he estado enfermo y casi no vivo para contarlo (ejem). Creo que lo mejor para que la obra avance rápido sería que, ya que hemos dividido los sueldos entre dos maestros, dividamos el trabajo. Las siguientes tareas son los andamios para los albañiles (poca broma con esto) y las cadenas que unen los ocho lados de la cúpula para ceñirlas. Que Lorenzo se ocupe de la que prefiera y yo haré la otra.

¿Cómo decir que no? Lorenzo cogió la de los tirantes, que le parecía más sencilla, pero en el tiempo que tardó en idear una solución y aplicarla Filippo realizó todos los andamios de una manera extraordinaria: baratos, seguros, sin apoyos en el suelo… pronto todos los obreros estuvieron de su parte (la idea de tener menos posibilidades de caerse de una obra o de deslomarse subiendo piedras con grúas ineficaces es tentadora)

Porque bueno, Brunelleschi no debía ser el tipo más simpático del mundo pero talento, lo que se dice talento, si tenía.

Cupula Duomo
Deliberadamente estoy omitiendo los temas constructivos porque hay mucho escrito ya sobre ese tema, pero siempre es bonito de ver

En paralelo iba mirando la obra de Lorenzo y dejando caer puyitas. Os lo podéis imaginar chistando y poniendo caras cada vez que miraba para la cúpula, comentando con todo el mundo (uff, esto no lo veo nada claro, yo no lo haría así… ¿has visto la idea de Lorenzo de la semana pasada?)

Y esta vez sí que se salió con la suya: era muy difícil seguir teniendo a Ghiberti en la obra y esta dinámica de tener dos jefes que se odian no era nada productiva. Brunelleschi fue nombrado superintendente y jefe vitalició, le subieron el sueldo y se le otorgó una paga perpetua en plan sueldo nescafé. Lorenzo aún se las apaño para seguir cobrando tres años más por incumplimiento de contrato, pero desapareció de la obra y se dedicó a otras labores.

Ci vediamo, Lorenzo

 

Por fin lo había conseguido. Era el amo y señor del Duomo y no perdió ni un momento para demostrar que no se habían equivocado. Convertido en un verdadero huracán, Filippo revisaba cada ínfimo detalle. De todo hacía maquetas y se conocía cada partida y cada detalle de la obra de memoria. Desde los andamios hasta el encaje de las piedras, la seguridad en la obra y el tallado de los detalles. Todo estaba en su cabeza.

Puede que esto no nos maraville demasiado así que merece la pena hacer un pequeño inciso para ver por qué esto era revolucionario.

Todo lo que he dicho nos suena familiar. Parece el proceso habitual de una obra y es fácil pensar que mira, oye, siempre ha sido así. Pero nada más lejos de la realidad. ¿recordáis que comenté un poco por encima las jerarquías de gremios? Los arquitectos/maestros de obras no eran en absoluto más importantes que los demás. Cada artesano en una obra era una pieza más o menos autónoma, responsable y creador de su propio trabajo. El cantero tallaba la piedra de la manera que él consideraba conveniente, los tallistas realizaban las decoraciones interpretando el tema que tocase pero a su manera. Nadie les explicaba a los carpinteros como debían hacer su trabajo.

Brunelleschi acabó con todo esto. El proyecto estaba entero en su cabeza y se lo imponía a los artesanos: esta piedra así, este andamio asá. Aquí una voluta, allá un capitel corintio. Toda la imaginería medieval, enormemente rica y compleja, con significados profundos y lecturas múltiples, reemplazada por detalles estandarizados, versiones simplificadas de los romanos que había copiado durante años. Los artesanos, como podéis imaginar, no estaban demasiado contentos ¿es que eran menos importantes? ¿quién se creía que era este maestro de obras, apenas un orfebre venido a más?

Lo que estaba inventando Brunelleschi es el mismo concepto de “Proyecto”: toda la obra completa por adelantado en papel o maquetas antes siquiera de empezarla. Si se conseguía esto se ahorraría infinidad de tiempo y la eficacia podría multiplicarse. Planificar las cuadrillas de obreros con tiempo, las entregas de pedidos… las posibilidades eran enormes. Además, habría menos fallos, menos imprevistos.

Su absoluta obsesión por controlar cada detalle y ocultar la manera en que se realizarían las tareas llevó a lo inevitable: maestros y albañiles se unieron y decidieron exigir mayores sueldos (aunque en general en esa obra ya se pagaba por encima de la media) y clamaron contra Brunelleschi. Comenzó una huelga total.

Pero es tarde. Brunelleschi ya lo ha conseguido. Ya no es un artesano más en la obra, ahora es el “jefe”. Ha elevado su propia posición por oposición de quien ahora son sus subordinados. La única persona imprescindible en la obra es él mismo. Y lo demostrará dando un poderoso golpe sobre la mesa: un sábado por la noche, sin consultar con nadie más, Brunelleschi despidió a todos los albañiles y maestros de la obra y el lunes mismo contrató una nueva cuadrilla de trabajadores venidos de Lombardía. Siendo poseedor de todos los secretos de la obra, con maquetas y planos y todos los detalles estandarizados, en apenas un par de días les enseño lo que necesitaban saber y la obra siguió su marcha. Derrotados y humillados, los obreros originales levantaron la huelga y pidieron volver. Filippo aceptó pero no mostró ninguna clemencia: argumentando el daño causado a la obra les hizo una rebaja sustancial de sueldo. Un cielo de hombre, como vemos.

Al menos no tenía becarios.

 

Descubre el final (por fin) de esta historia en la quinta parte

La ordenación del Nuevo Mundo – III

Hutchins map Ohio 1764
Mapa de las tierras de Ohio antes del reparto, en 1764, dibujado por Hutchins

Si te has perdido las anteriores entradas puedes encontrar la introducción aquí y los primeros emocionantes pasos aquí

El hombre del tiralíneas

La cabeza de María Antonieta rodó por la Place de la Révolution el 16 de octubre de 1793. Ajusticiada por Tribunal Revolucionario acusada de alta traición, no creo que sus últimos pensamientos fueran muy positivos hacia ninguna clase de revuelta, revolución o movimiento popular. Y sin embargo, sólo cuatro años antes otros revolucionarios había dedicado el nombre de una ciudad a esta misma mujer como forma de agradecerle su apoyo.

Hablamos de la Revolución Americana y la ciudad es Marietta, un pueblecito situado en el espacio que dejan entre si el Río Muskingum y el Arroyo del Pato cuando se unen al Río Ohio. Nada nos llevaría nunca a hablar de este remoto lugar si no fuese porque se trata precisamente del primer asentamiento permanente de Estados Unidos después de su independencia, y el primer paso en la colonización de los vastos territorios más allá de Virginia.

T. Hutchins
Hutchins en sus andanzas por el mundo. O un agrimensor cualquiera, claro, porque es un grabado.

Fue un hombre llamado Thomas Hutchins quién tuvo la responsabilidad de aplicar el sistema que había promovido y ayudado a diseñar Jefferson y que fue aprobado en 1785 en la Land Ordinance.

El sistema, a grandes rasgos, consistía en lo siguiente: partiendo de un meridiano principal y de una línea base se dividiría la tierra en cuadrados de exactamente 6 millas de largo (algo menos de 10km). Cada uno de estos cuadrados sería un “township” y se dividiría a su vez en 36 “secciones” de una milla cuadrada.

 

Mapa meridianos base
Mapa con los meridianos y líneas base de referencia

Por último, y exceptuando unas secciones reservadas para el gobierno y la famosa sección 16 reservada para la escuela pública, estas podrían dividirse en cuartos, y estos cuartos una última vez en cuartos. Cuando en el futuro se le prometieran tierras a los colonos recién llegados se les asignarían precisamente uno de estos cuartos, casi 65 hectáreas de terreno.

Este sistema tenía como antecedentes anteriores experimentos a pequeña escala de la época en la que Hutchins era aún un asistente. En 1764, por ejemplo, ya se habían propuesto asentamientos de 640 acres para proteger la frontera, y en 1779 Jefferson ya pensaba en dividir las poblaciones en sectores para asignar educación pública.

Land Ordinance 1785
Fantástico diagrama explicando la ley de 1785

Lo reconozco, explicado así uno puede quedarse un poco frío. Que bien, oye, dividieron la tierra en cuadraditos. Mil palabras para decir esto.

Pero si lo pensáis bien, el proyecto es verdaderamente grandioso. Para empezar hablamos de tierras casi completamente desconocidas, al menos para el hombre blanco. Bosques, montañas, ríos desconocidos… y tribus de indígenas locales probablemente enfadados y dispuestos a defender su territorio. Ser topógrafo era mucho más emocionante, y peligroso, en aquella época.

El proyecto, además, destaca por ignorar completamente la geografía. En un territorio plano es relativamente sencillo trazar un cuadrado, pero si cae en un monte o un barranco la cosa se complica. Pero no se detuvieron ante nada. En septiembre de 1786 Hutchins y sus hombres clavaban el mojón que marcaba el final de la primera zona, los Seven Ranges. No todo el proceso lo llevaría a cabo el estado, porque al fin y al cabo esto es USA, y compañías privadas harían sus propios levantamientos, pero respetando en general los principios de la ley.

Esquema con el tipo de parcelación con ambos sistemas

Un país, un mercado

 

¿Era necesario?

Varios son los propósitos que busca Jefferson impulsando este proceso, algunos de ellos ideas muy potentes.

Lo primero de ellos es la financiación. Como hemos dicho, el gobierno no tiene un duro pero tiene mucha tierra, y cada acre de los marcados de esta manera pretendía ser vendido a un precio mínimo de 1$ por acre, en efectivo. Pero claro, estamos hablando de vender cuadrados sobre el papel. Y comprar un cuarto de sección no era poco dinero para la época. Y la mejor manera de favorecer la compra por parte de inversores es, precisamente, dar unas reglas claras y garantías.

Sabiendo que todos los terrenos eran iguales, tendrían acceso a las mismas cosas y que no serían favorecidos por el gobierno de ninguna manera, pronto los inversores y especuladores tanto americanos como internacionales empezarían una loca carrera de compra de tierras con la esperanza de revalorizarlas pronto.

Pero además, Jefferson sabe que la joven República es frágil. No podrá reclamar todo el territorio que considera que le pertenece por derecho si no lo ocupa y ejerce control efectivo. Sabe que los franceses, los españoles y los rusos no renunciarán fácilmente a colonizar el continente. Con esta estrategia pretende enviar a miles de granjeros de las ya agotadas tierras de la costa hacia el interior. Además, pronto surgirá la posibilidad de recompensar a los veteranos de la guerra de independencia con tierras, al más puro estilo Cayo Mario. La historia no se repite, pero a veces rima.

Y desde un punto más “filosófico”, y Jefferson debía ser un tipo que pensaba bastante, no podemos olvidar que aunque alguno ahora crea que es pura propaganda realmente pretenden construir una nación de hombres libres. Y para él el mejor representante de una “hombre libre” es el que se conocía como “yeoman Farmer”, un antiguo término inglés para referirse al pequeño granjero con tierras propias que en la mitología inglesa es la base de su sistema igualitario y de la democracia.

En el fondo Jefferson no dejaba de ser un gran creyente en la bondad natural del hombre, cercano seguidor de Locke y Rousseau y creía que liberado del hambre y el trabajo forzoso surgirían las mejores virtudes de las personas.

Hombres libres e independientes, con suficientes medios para mantenerse a sí mismos sin la ayuda de nadie, para formar una nación libre e independiente. Como mínimo habremos de reconocerle nobles intenciones al hombre.

Yeoman, el ideal del granjero libre que haría a América el país de la libertad

El resultado no se hace esperar: la frontera avanza a toda velocidad hacia el oeste, las ciudades y pueblos aparecen y desaparecen de la noche a la mañana y la especulación más loca se desata sobre esas tierras. Así nació Ohio, que pasaría de los 45.000 habitantes de 1801 a más 4 millones en apenas un siglo, que se pasa rápido.

La carrera hacia el Oeste acababa de empezar.

Quizá alguno todavía no se termina de creer lo de la enorme influencia de esta ley. Es sólo medir y cuadricular terrenos, dicen. Para esos escépticos tendremos la próxima entrada.

Brunelleschi, el arquitecto moderno – III

Ospedale degli Innocenti

Toda esta historia comenzó con una primera parte y tuvo una continuación

Al encuentro con la Historia

 

 

Es probable que Brunelleschi se encontrase en la plaza de Santa María del Fiori cuando escuchó la noticia. Se acababa de recuperar de una enfermedad contraída en las marismas sin desecar de Roma, quizá malaria, que le había hecho volver el año pasado de sus estudios. Acostumbraba pasar las mañanas rondando la piazza, charlando con Donato y otros colegas, artistas y jóvenes como él ,que comentaban los chismorreos de los gremios – han ascendido al nuevo aprendiz de orfebre y eso que sólo lleva un año en el taller –, el politiqueo de la época – dicen que el rey de Francia está organizando un concilio en Pisa y que va a invitar a los dos Papas- y, por qué no, las últimas novedades en perspectiva o las esculturas romanas recién desenterradas. Haciendo vida de estudiante de letras en Malasaña, vamos.

Barbadori Chapel
Capilla Barbadori, una pequeña pero importante obra donde probó sistemas que aplicaría al Duomo

El rumor se extendió como la pólvora: el Gremio de la Lana, el más poderoso de la ciudad y custodio de las obras del Duomo, había decidido reanudar las obras. La Obra, en realidad. La construcción más grande de toda la península volvía a ponerse en marcha. O lo haría, claro, si alguien sabía qué demonios hacer con esa cúpula absurdamente enorme.

Era el momento que llevaba esperando toda su vida. En los últimos meses había estado muy activo haciendo maquetas y publicando dibujos, paseándose por todas las obras, dando ideas para diseños militares y realizando en secreto maquetas de grúas y andamiajes. Bien conocido en toda la ciudad por obras como el Hospital de los Inocentes, justamente reconocida, todos esperaban que el consejo le pidiese, cuanto menos, su experta opinión.

Pero Filippo no pensaba ponerlo tan fácil. Sabiendo que hacerse el interesante es a veces muy útil, pensó que su prestigio aumentaría si en vez de presentarse ante el Gremio tenía que hacerse llamar, así que sin pensárselo mucho abandonó la ciudad y corrió de nuevo a Roma.

Profeta en su tierra

Como imaginaba, en seguida le echaron en falta. Realmente la intención de seguir las obras era firme pero nadie sabía muy bien cómo, así que confirmando su sospecha mandaron un agente a buscarle.

Encantado de salirse con la suya Brunelleschi (oh, por favor, no, qué honor, sólo soy un hombre más, oish, oish), aceptó la invitación, volvió a la ciudad, se puso sus mejores galas y usó sus mejores palabras. Casi no debía notársele la falsa modestia cuando habló de los Señores Custodios, de los reputados albañiles y los excelentes ingenieros y arquitectos que, sin embargo -ay- no habían entendido bien los problemas, no tan bien como él que, por pura afición, llevaba años estudiando ese asunto (qué casualidad).

Siguiendo una técnica que dominan como nadie los ingleses que consiste en agrandar los problemas a los que te vas a enfrentar para aumentar tu gloria o excusar tu fracaso, habló mucho de lo colosal del reto que tenía delante: ni ahora ni nunca antes, ni siquiera en los tiempos antiguos, se había construido una cúpula tan grande. No era posible siquiera utilizar el método del Panteón de Roma porque la base de la cúpula de Florencia era octogonal y había que atirantar las ocho caras, ensamblar piedras, asegurar a los trabajadores…

Pero sabiendo que la obra estaba dedicada a Dios, estaba seguro de que Él inspiraría a los hombres para completar la obra. Él tenía buenas ideas pero… ¿Qué podía hacer el bueno de Filippo, si ni siquiera era el encargado de la obra?

Estatua de Brunelleschi
Incluso en busto de piedra tiene cara de iluminado

El concurso

Llegados a este punto tenía buenas cartas para hacerse con la dirección, pero le conocéis muy poco si pensáis que lo pidió. No, nuestro amigo se mordió con fuerza la lengua y dijo que lo razonable sería convocar un concurso al que se invitase a los mejores de todo el mundo: no sólo toscanos e italianos, también franceses, alemanes… que entre todas las mentes se obtendría el mejor resultado.

El truco es obvio, claro: Filippo no tenía ninguna intención de dejar que otro construyera la cúpula pero necesitaba que su victoria fuese completa, que entre todos los mejores arquitectos del mundo se le eligiese a él. El Gremio no dijo que no pero, bueno, ya que tú estás aquí y tienes tan buenas ideas, puedes ir haciendo unos planitos, unas maquetas…

Pero parece que a Brunelleschi se le había olvidado algo en el fuego y se tuvo que ir corriendo a Roma de nuevo, o eso dijo. Los Cónsules no lo veían claro –oye, que si es por pasta, te damos una asignación, no te preocupes, pero ve trabajando desde ya y no perdemos tiempo– , pero ni por esas.

Los siguientes meses los pasa haciendo sudokus en la ciudad Eterna, o dibujando ruinas o diseñando aparejos de ladrillos, como sea que se entretuviese este señor, hasta que en 1420 están por fin todos los grandes arquitectos y maestros constructores de Europa (tardaron un rato porque el tren de la época funcionaba igual que el de Extremadura hoy en día). Y Filippo vuelve a Roma.

Menudo congreso debió ser, a gastos pagos por parte del Gremio. Unos propusieron hacer pilastras en el medio, otros construir con piedra pómez que sería más ligera, alguno sugirió levantar un super pilar en el centro y montar una cúpula gallonada como la de la catedral de Zamora o el círculo de Bellas Artes de Madrid… ideas no faltaron.

Incluso uno sugirió llenar todo el hueco con tierra mezclada con monedas, montar la cúpula sobre ella y dejar que luego los pobres, queriendo conseguir esas monedas, recogiesen por si mismos la tierra. (este es mi favorito por el extra de recochineo)

¿Y qué dice Brunelleschi ante todo esto? Que no tienen ni idea y que él era el único que podía hacerlo, sin andamiajes ni pilastras ni montañas de tierra, y a la mitad de precio.

Duomo 1390
Esbozo del aspecto que debía tener el Duomo durante la juventud de Brunelleschi

Claro, le piden que se explique, que con fardar no es suficiente, y el hombre empieza un discurso de los que hacen época: que la cúpula debe ser doble y trazada con una curva de un arco de cuarto punto, y realizar cadenas de piedra en ella. Pensar en la luz y los desagües, los mosaicos y los andamios, y la fábrica y mil cosas más que eran muy difíciles pero que él ya había pensado. Y el tipo que no se callaba, y seguía, poniéndose colorado y exaltándose porque veía que no le creían. Hasta tal punto llegó a parecerles que se le había ido la cabeza que acabaron llamando literalmente a seguridad y llevándoselo de la sala (¡no es broma!)

Cuando se le pasó el calentón nuestro amigo Filippo no se atrevía a salir de su casa (¿Qué dirían?). Si después de tantos años estudiando la cúpula y montando la coreografía perfecta no se la daban… ¿qué iba a ser de él? ¿tendría que abandonar la ciudad, humillado?

 

Cambio de estrategia

Pero si él estaba preocupado, el Consejo lo estaba todavía más. Entre las soluciones dificilísimas de los arquitectos reunidos y los desvaríos de Filippo, ya se veían abandonado de nuevo la obra. El hazmerreir de Italia para cien años por lo menos.

Brunelleschi recapacitó, cambió de estrategia y empezó una lenta tarea de zapa y lobby en secreto: se reunió por separado con todos los cónsules que pudo, con arquitectos, custodios, ciudadanos… a cada uno contó una parte o enseñó una maqueta, nunca todo lo que tenía, pero si lo suficiente para que se fueran convenciendo de que tenían a un genio ante ellos. Como el mejor entrepeneur de hoy en día camelándose inversores. Hay incluso quién sitúa aquí y no en Colón la historia del huevo: cuando le decía que mostraba poco y que no le creían les retaba a poner en pie un huevo y cuando él lo conseguía dándole un pequeño golpe le decían que claro, que así era muy fácil.

Brunelleschi se enfrentaba al mismo problema que tuvieron los hermanos Wright cuando consiguieron su primer vuelo en Kitty Hawk: nadie invertiría en ellos sin conocer cómo habían logrado volar, pero si lo mostraban a los inversores les robarían la idea en segundos, pues una vez visto resultaría evidente a cualquiera.

Maquinas
dibujos de algunas de las muchas máquinas que Pippo iba enseñando a la gente

Las puertas de la fama

Sin embargo Filippo triunfó allí donde los Wright fracasaron y al final consiguió convencer al consejo que, aunque seguía sin entender todo lo que decía ese arquitecto loco, le veían tan seguro de sí mismo y tan confusos a los demás, el encargaron una primera fase: la construcción de los primeros doce brazos de altura. Eso si, se decidió pagarle exactamente la misma cantidad que al resto de maestros de obras, sin ningún reconocimiento especial. No se puede decir que estuviese muy contento, y le fastidiaba especialmente que fueran tan duros con las condiciones, pero por fin había conseguido meter un pie y medio en la obra de sus sueños. Ahora era cuestión de tiempo que el mundo observase de qué era capaz.

Brunelleschi, cuarenta y tres años, toda una vida esperando este momento, se encamina derecho a las puertas de la historia. Ha ganado.

¿Un momento, ha ganado?

El consejo sigue sin fiarse. No ve ningún motivo para que una única persona se ocupe de la obra más grande de una ciudad que por otro lado está llena de arquitectos habilísimos.  Podemos entender su desconfianza, pues si algo sale mal toda Italia se reirá del Gremio que confió todo a un tío raro que nunca dijo exactamente como haría las cosas.

Así que pondrán otro arquitecto a controlarle, con el mismo rango y poderes que él. Y ese mérito recaerá en otro de los grandes de la ciudad, un hombre que está en la cima de su fama porque acaba de completar una obra que tiene maravillados a todos los habitantes después de más de dos décadas de trabajo. Sí, es el que estáis pensando.

El nuevo arquitecto es Lorenzo Ghiberti. Su archienemigo.

Podemos estar seguros de que no fue una noche tranquila en casa de Brunelleschi.

Ghiberti Retrato Vasari
Lorenzo Ghiberti, Aparece cuando menos te lo esperas

 

El inevitable combate entre Lorenzo y Filippo se resuelve aquí

La ordenación del Nuevo Mundo – II

Esta historia es la continuación de lo que habíamos empezado aquí

El otro lado del río

 

 

Desde la pujante ciudad de Brownsville, en Pennsylvania, salen cada día grupos de colonos y expedicionarios ávidos de nuevas tierras. La población está creciendo muy rápido y mucha gente viene y va cada día, es un lugar emocionante, en la frontera de la República.

Siendo la primera ciudad accesible al cruzar los Apalaches y confortablemente situada a la orilla del río Monongahela, que enlaza con el Ohio, está destinada a convertirse en un gran puerto para la colonización del Oeste.

La risueña Brownsville en 1950

¡Y menudo Oeste! Nada menos que el “Territorio del Noroeste”, una extensión más grande que Francia, prácticamente desconocida y con un potencial agrícola increíble. Gran Bretaña había decidido que le salía más caro intentar retener las colonias americanas que limitarse a intentar venderles todo lo que pudieran fabricar y desde el tratado de París decenas de miles de hectáreas habían cambiado de manos. El joven gobierno se encontró con la colosal tarea de inventarse un país completamente nuevo. Miles de bocas hambrientas siguen llegando al país cada día ante la promesa de tierras y libertad, y las áreas costeras de Virginia y Nueva Inglaterra hace tiempo que están ocupadas. ¿Cómo se gestiona esto?

El territorio del Noroeste antes de su ordenación

El gobierno de la República, además, está como quien dice en pañales. No tiene realmente capacidad de ejercer poder efectivo sobre el territorio que controla ni medios económicos. Prácticamente ni se sabe cuánta gente vive allí, no hablemos ya de conseguir que pagaran impuestos.

De esta manera llegaron a una conclusión similar a la que llegaron los ayuntamientos españoles de la época de la burbuja y recurrieron a su principal recurso: el territorio. Y si en el caso de los ayuntamientos el juego consistía en recalificar abandonados terrenos rurales, aquí se trató de vender parcelas a todo aquel que las quisiese: colonos europeos, inversores ingleses, especuladores, agricultores americanos que habían agotado sus tierras con el cultivo intensivo de tabaco…

Y amigos, ya os digo yo que no era un recurso escaso. 675.000 km² para empezar, y con eso no estamos ni cerca de llegar al otro lado del continente. Y más allá del territorio del Noroeste… ¿quién sabe qué habrá? Y aquí entra en juego Thomas Jefferson, un nombre que encontramos en casi todas las cosas que tienen importancia en esa época.

Se trató si duda de un hombre extraordinario, culto, formado en multitud de campos, ambicioso y con muchas ganas de hacer cosas. Llegaría a ser presidente y es unánimemente reconocido como uno de los mejores, hasta el punto de que cuando Kennedy recibió al a cuarenta y nueve premios Nobel en la afirmó que era la “mayor reunión de talento en la Casa Blanca en la historia, exceptuando cuando Jefferson cenaba solo”.

Jefferson con el guapo subido después de explorar chorrocientosmil kilómetros

No tenemos tiempo ni la intención de explicar su vida pero si podemos comentar sus planes para ese nuevo e inmenso territorio que ahora controlaban.

Y es que Jefferson sabía que si querían formar el “Imperio de la Libertad” con el que soñaban iban a tener que trabajar duro. Y lo primero era ejercer este dominio del territorio del que hablábamos, para lo cual normalmente tiene que vivir gente en él.

Hemos visto que gente no iba a faltar, pues las guerras, las revoluciones y el hambre seguirían expulsando a los huérfanos de Europa durante decenios, pero alguien tenía que poner orden en todo esto.

Y eso precisamente fue lo que hizo la “Land Ordinance” de 1785, la ley de ordenación de territorio más ambiciosa de la historia y, en mi opinión, una de las leyes con mayores consecuencias jamás promulgada en Estados Unidos.

 

La loca aventura de los agrimensores continúa aquí

Mapa USA Jefferson
Plano de Jefferson en 1784, haciendo cábalas como quien juega al Age of Empires

Brunelleschi, el arquitecto moderno – II

Roma, vista siglo XV

(por si te perdiste la anterior, está aquí)

Preparando el asalto

 

No sabemos qué opinión tendrían los habitantes de Roma de los dos chavales que llevaban tres años revolviendo piedras y dibujando ruinas entre los animales que pastaban entre los templos derruidos del Foro. Si sabemos que estaban convencidos de que eran “buscadores de tesoros”, practicantes de geomancia buscando riquezas del pasado perdidas.

Junto con su buen amigo Donato, que con apenas tenía 20 años ya tenía una reputación como orfebre y escultor, Filippo dibujó todos los edificios que encontró. Estudió los templos circulares y los cuadrados, los obeliscos y los acueductos, los baños y las basílicas. Se interesó por los sistemas de las bóvedas y por los ensamblajes de hierro de las piedras y no dejó un solo sillar sin investigar.

Una idea grandiosa alimentaba este esfuerzo: sería él quien traería de vuelta las glorias de Roma al presente, dejando atrás la tediosa arquitectura bárbara propia de los lombardos y los tedescos. Si era capaz de revolucionar las maneras de construir se ganaría un hueco en la historia junto a leyendas como Cimabue o Giotto. Porque sobre todas las cualidades que desarrolló en su vida Brunelleschi siempre destacó su enorme ego, su necesidad de protagonismo.

Ejemplo de la “repulsiva” arquitectura Lombarda de la que Filippo nos quiere salvar, Santa Maria Maggiore en Lomello. Hubo vida antes del Renacimiento

Hay que comprender la época, por supuesto. Estamos en el siglo XV, y lo que ahora conocemos como capitalismo llevaba cerca de dos siglos desarrollándose y tomando forma. La clase comercial ha crecido y se ha enriquecido, su poder material es evidente, pero no tiene el reconocimiento que creen que merecen. La sociedad aún se articula en tres estamentos: el clero, la nobleza y el resto, el populacho. Es una sociedad comunitarista, colectiva, y el papel de los comerciantes de especies y telas en este mundo no es más importante que el de un labrador o un carnicero.

Uno pensaría que bueno, que el dinero les daba poder de facto y que no serían nobles pero podían comprar lo que quisieran, pero eso es una lectura actual, desde un mundo moldeado precisamente por ellos. En el año 1000 la economía europea está prácticamente en pañales, el sistema financiero es casi inexistente y acumular piezas irregulares de oro en cofres tiene mucha menos importancia que ser el señor de 10.000 almas entre las que reclutar soldados, 2000 cabezas de ganado que comer en invierno o miles de hectáreas de tierras que cultivar. Y en un principio no era tan sencillo simplemente comprar el estatus pues ¿quién intercambiaría sus tierras o posesiones por monedas? ¿Para comprar qué, y en qué mercados?

Pero en 1400 la situación es muy diferente. Desde la revolución económica del siglo XII tenemos mercados de todo tipo, ferias anuales donde se venden productos que vienen de España, Flandes, Champaña, Inglaterra o las ricas ciudades orientales. La producción ha empezado a sistematizarse y los talleres de tejidos crecen y empiezan a organizarse de forma racional y la nobleza, a medida que su papel guerrero disminuye, empieza a sentirse amenazada. Por toda Europa los ciudadanos consiguen cartas de privilegios; los reyes tienen que ceder y otorgar constituciones y reunirse en parlamentos; las ciudades se hacen más ricas y banqueros y comerciantes empiezan a ser imprescindibles para cualquier empresa de cierto tamaño. Vale, la Iglesia formalmente sigue condenando la usura, pero siempre encuentran la manera de seguir con su actividad, entre otras cosas porque la Curia necesita también de esos servicios.

En este nuevo mundo la incipiente nobleza mercantil quiere distinguirse y conquistar la dignidad que durante tanto tiempo se le ha negado. Se casan y emparentan con linajes antiguos, apadrinan artistas que deslumbren al mundo, se hacen retratar y se construyen palacios fabulosos.

Emblema del Arte de Calimala sobre San Miniato

Decíamos pues que los mercaderes habían luchado muy duramente por conquistar una nueva posición social. Y nuestro amigo Brunelleschi es la encarnación de este mismo movimiento entre los artistas. ¿Los artistas? ¡Por supuesto! No olvidemos un detalle: en su tiempo los artistas están agrupados todavía en gremios junto con otras profesiones, los “Artes”. Entre las Artes mayores y las medianas tenemos, por ejemplo, a los canteros, y herreros.

Otros, en cambio, están en artes “menores”, reunidos según criterios “curiosos” que terminan con combinaciones como poner a los constructores de herramientas  junto a los cerrajeros, a los escultores en madera en comandita con los carpinteros, y a los pintores agregados desde 1316 con los médicos y boticarios (por los métodos que utilizan para obtener sus pinturas), y estos a su vez en el “Arte de la Seda”.

Sin embargo, desde Cimabue los pintores había conseguido ser reconocidos como expertos de un nivel superior, a la altura de poetas y literatos, formando ya parte de las “bellas artes”.

¿Y los arquitectos?

Los arquitectos, ni agua. No son más que maestros de obra, no muy diferentes de un carpintero o un escultor, y desde luego no más importante. Nadie en su sano juicio vería en el año 1300 una catedral gótica y diría que la “proyectó” un arquitecto con nombre y apellidos.

Brunelleschi, por supuesto, no puede soportar esto. Y la lucha por salir de esta incierta gloria y conseguir el reconocimiento que cree merecer será el gran objetivo de su vida.

 

más emocionantes aventuras en la tercera parte

La ordenación del Nuevo Mundo – I

Cuestiones de lindes

 

“Y habiéndose tomado por ello la derecera por los rumbos de las calles, se midió desde la barranquilla donde bate el agua del río, la tierra adentro, la legua de largo que señaló y dio el fundador para el dicho égido, y se puso un mojón junto al camino real que va al Monte Grande. Y acabada la dicha legua, se puso otro mojón, que vino a caer en frente del Corral viejo de las Vacas. Y en este estado quedó por ser tarde.”

 

Mas claro agua, ¿no?

Así ha sido y son aún una considerable parte de las descripciones de lindes y mojones en las tierras de medio mundo. Si algún topógrafo esta leyendo esto le serán sin duda familiares descripciones que hablan de “el árbol que plantó Pepe después de la guerra”, o “la piedra con forma de vaca bajo la cual se ha enterrado a modo de testigo una moneda de 2 reales”.

Son frases casi sagradas, por las que se muere y se mata en un “no me toques las lindes” antiguo como el ser humano. Siglos de historia, herencias, compras y ventas y aventuras varias han creado un paisaje tortuoso con terrenos y campos de formas curiosísimas.

Y durante siglos más o menos ha funcionado este sistema de “hitos y lindes”. E incluso cuando se comenzó la colonización del Nuevo Mundo se trajeron estas tradiciones y los agrimensores llenaron libros y libros de registro con frases por el estilo. Pero en el siglo XVIII, en la novísima República que ahora conocemos como Estados Unidos, algo iba a cambiar.

Enfrentado a un reto único y sin precedentes un hombre, armado con la razón y con una idea muy clara de lo quería conseguir cambiaría totalmente las antiguas tradiciones. Hablamos, claro, de Thomas Jefferson.

En seguida pondremos un poco de contexto.

 

puedes continuar con esta historia aquí

 

Abel Map, primer mapa de los Estados Unidos después de su independencia, 1784

Brunelleschi, el arquitecto moderno

Brunelleschi, perfil bueno

 

I – Sacrificio

 

Los magistrados de la ciudad esperaban una respuesta.

Había sido invitado a uno de los mayores honores que a los que se podía aspirar en ese momento en la ciudad, realizar los paneles de las nuevas puertas del baptisterio junto al jovencísimo Lorenzo, la más deslumbrante estrella entre los nuevos artistas de Florencia y principal rival profesional. Pero la esperada carta no llegaba. Filippo guardaba silencio.
Un año antes el Arte di Calimala, el poderoso gremio de rematadores y comerciantes de telas que junto con otros gremios dominaba la vida de la urbe, había patrocinado un concurso entre los más prestigiosos escultores de la Toscana al cual fueron invitados Lorenzo Ghiberti, Jacopo della Fonte, Simone da Colle, Francesco di Valdambrina y Niccolò di Arezzo, además de Filippo Brunelleschi.

Semejante grupo, verdaderos galácticos de su tiempo, tenía como objetivo final demostrar el agradecimiento de Florencia por haber sobrevivido a las terribles epidemias de peste bubónica del siglo XIV pero también demostrar a todo el mundo las fabulosas riquezas de los mercaderes. Como se atesoraron estas riquezas es una historia que enlaza los mercados de Medina del Campo y Burgos, los puertos de Bilbao, Laredo, Southampton o Brujas y termina en las fábricas de Florencia, una historia verdaderamente fascinante que merece ser contada en más espacio.

Había pasado algún tiempo desde la hecha de entrega. Los jueces ya habían descartado a varios de los participantes por la calidad de las piezas presentadas, cuarterones de madera representando temas bíblicos o clásicos. Aunque todos eran grandes artesanos, la mayoría de los participantes no tenían demasiadas posibilidades. En efecto, no tardaron en seleccionarse dos finalistas.

La propuesta de Ghiberti era fantástica, una nueva cumbre artística. Naturalista y tallada en una única pieza, no hubo demasiadas dudas con él. Sin embargo la de Brunelleschi no se quedó atrás, y aunque algunos dijeron que su propuesta era demasiado moderna y estaba formada por fragmentos separados se decidió llamarle a él también para el trabajo. La idea era que compartieran encargo, esfuerzos y resultados. Para cualquier artista habría sido una noticia fabulosa y el principio de una exitosa carrera profesional. No para Filippo.  Por supuesto, se hizo el remolón un tiempo, cosas de la imagen pública, pero desde el principio tenía clara la respuesta que iba a dar.

Forzado a elegir entre ser reconocido como el “segundo elegido” y repartir el mérito con otro o buscar otra cosa en la que ser el mejor, Brunelleschi no dudó. Con falsa modestia se excusó, cediendo el mérito a quien “era mejor que él”, y declinó el encargo.
Ghiberti pasaría veintiún años trabajando en esas puertas que Miguel Ángel calificó como “dignas del Paraíso”, pero Filippo no se quedó para ver la gloria de su rival. Sin saber si la vida les haría cruzarse de nuevo, pocas semanas después vendió unas tierras que tenía y se marchó de la ciudad.

Tardaría casi cuatro años en volver.

 

puedes continuar la historia de Filippo aquí

Ghiberti Batisterio
Panel de Ghiberti
Brunelleschi Batisterio
Panel de Brunelleschi

En archē ēn ho lógos

Y al final se hizo un blog…

 

Quienes tienen la mala suerte de hablar conmigo más o menos a menudo saben ya a estas alturas que soy lo que se conoce en lenguaje técnico como “un maldito brasas”. Siendo la típica persona que te consigue colar en una charla entre cervezas algún dato absurdo sobre algún oscuro territorio tardomedieval o sobre la industrialización de la sardina en lata, hace años un selecto grupo de ciudadanos unió fuerzas para encerrarme en el oscuro sótano donde vivo desde hace 36 años.

Por suerte alguno de mis vecinos se dejó el wifi sin contraseña y gracias a ello he encontrado una herramienta más poderosa para atormentar a la población.

Ahora doy un pasito sin pretensiones y empiezo a dejar por escrito algunas de esas cosas que me ocupan la cabeza. No me considero experto en nada, aunque intento parecerlo con la esperanza de que algún día se me pegue algo. Como se supone que mi mundo es la arquitectura y el urbanismo escribiré principalmente sobre eso, pero es probable que ocasionales salidas de todo hagan aparición.

No miento nunca a sabiendas en estos textos pero es probable que me equivoque en cosas, y también que el lector no coincida con mi interpretación de la realidad. Las opiniones razonables y educadas son muy bienvenidas en los comentarios, y soy el tipo de persona a la que es posible convencer de algo (con paciencia).

Nadie se lee nunca las entradas de “Hello World!”, pero si has llegado hasta aquí te doy las gracias y espero que con tu apoyo este proyecto llegue a convertirse en una lectura agradable.

Vayan por la sombra,