Los anillos de Moscú – IV

Hemos contado ya como un pequeño pero estratégico emplazamiento en el centro de Rusia se desarrollaba y prosperaba, cómo fue arrasado y resurgió durante los años de dominación Mongola, y cómo se deshizo de su dominio después de maniobrar muy astutamente, consiguiendo montar un poderoso estado que dominó a sus vecinos. 

 

Vestimenta típica de un noble boyardo ruso del siglo XVII

Los últimos Rurikovich

 

Dejamos la última entrega con un tono dramático y apocalíptico que, debo confesar, quizá fue algo excesivo. Lo cierto es que el inmediato sucesor de Iván IV si fue un hijo suyo y al dinastía no estaba del todo extinta (aún). El nuevo zar, nombrado al poco de tiempo, fue Fiodor Iovannovich, Teodoro I.

La verdad es que el pobre no presagiaba nada especialmente prometedor, no nos vamos a engañar. Lo más probable es que tuviese algún grado de retrasado mental,  otras teorías dicen que simplemente era extremadamente reservado y religioso y completamente inútil para el gobierno. Desde luego su propio padre no se fiaba mucho de sus habilidades y había dispuesto que un consejo de regencia administrase efectivamente el trono. Otras teorías dicen que simplemente era extremadamente reservado y religioso y completamente inútil para el gobierno.

Uno de los principales miembros de este consejo era Boris Godunov. Menudo tipo este, que había llevado una carrera meteórica hasta ahora. Este buen señor de origen tártaro había comenzado su carrera como arquero, enrolándose después en la Opríchnina que hemos mencionado anteriormente, la policía secreta ultraviolenta y represiva de Ivan IV. Consiguió casarse con María, hija de Skuratov, uno de los más odiosos generales del cuerpo. Un poco como si para progresar en la Alemania Nazi te casa con la hija del carnicero de Praga.

El caso es que con esto consiguió ascender a la clase de los boyardos, y aún subiría un poco más hasta la de “konyushi” (¿condestable?) cuando su hermana se casó con el mismísimo Teodoro.

Con estos méritos es normal que consiguiese un puesto en el consejo de Regencia, junto con otros nobles como Vasili Shuiski (de otra rama de los Rurikovich) y Fiodor Nikitich Romanov, cuyo apellido os sonará bastante.

Teodoro I había conseguido tener una hija, lo cual era esperanzador de cara a asegurar un heredero, pero esta murió siendo apenas una niña y no hubo otros hijos en ese matrimonio. Nuestro zar se refugió en la religión, se ganó el apodo de “Santo” entre el pueblo (que era un poco la manera elegante de llamarle tontico) y dejó el gobierno a su consejo. No nos ha dejado grandes recuerdos en la historia, más allá de gestionar el traslado de la Iglesia Ortodoxa a Moscú.

Guapo guapo no era

La sucesión se presentaba incierta, pues existía además un último hijo de Iván el Terrible: Dimitri. Apuntad este nombre, ya os lo aviso.

El problema es que la Iglesia Ortodoxa no reconocía a Dimitri como heredero pues era hijo de la séptima mujer de Iván, y aparentemente sólo “valían” las tres primeras. (A mi no me miréis, no pongo las normas). ¿Sería un problema cuando tocase buscar sucesor? Pues no, la verdad, pues murió en 1591 mientras vivía con su madre en un monasterio a 200km de Moscú. Las causas de la muerte fueron, por decirlo de alguna manera, sospechosas. Tanto que no quedó más remedio que mandar una comisión de investigación, liderada por Vasili Shuiski, que determinó algo así como “mientras el niño jugaba en el patio con un cuchillo sufrió un ataque de epilepsia con tan mala suerte que se rajó la garganta de lado a lado” (no estoy bromeando, ese fue el veredicto, xD). Pero lo cierto es que no había grandes motivos para matar al chaval, pues el zar era todavía joven y probadamente fértil, así que quizá incluso es verdad.

Parecidos razonables

El caso es que tras eliminar ese último vestigio de la familia Rurikovich la transición del trono pasó, a la muerte de Teodoro en 1598, a Boris Gudianov, que se había encargado de autolegitimarse en sus años como regente. Aún de origen humilde, sus habilidades estaban más que probadas y contaba con el apoyo cerrado de la Iglesia. Así pues, después de rechazar tres veces el trono, finalmente aceptó y fue coronado.

Gudianov empezó su reinado y gobernó con sensatez y mesura, siendo muy prudente y no abusando de su poder. Como regente había mandado fundar numerosas ciudades para poblar las fronteras, había luchado contra suecos y tártaros, fomentado el comercio y expandido el país hacia el este.

Tampoco es que el buen hombre se confiase a la buena fe de la nobleza. Sabiendo que le despreciaban por su origen humilde mandó encarcelar a muchos Romanovs y Nagois y se dedicó a regar con dinero al publo con subvenciones a viudas, perdones a los criminales comunes y una exención de impuestos general durante un tiempo. Por otro lado, suya fue la reforma que convirtió a todos los campesinos de Rusia en siervos, expandiendo la esclavitud a, básicamente, toda la población. Recordadme este episodio más adelante, porque esta reforma tiene una explicación (que no justificación).

¿Sería el reinado de Boris tan próspero como su Regencia? ¿Iba a vivir Rusia una transición pacífica y prospera? Je. No cantemos victoria tan rápido.

El fin de los tiempos.

 

 

Boris Godunov ayudando con los deberes a su hijo.

Partimos de un dato: los siguientes años de la historia son conocidos como el “Tiempo de problemas”. Fácilmente uno de los peores episodios de su historia, con mayor sufrimiento para su población y mayor descomposición del estado. Y ojo, hablamos de un país que tiene en su historial invasiones tártaras, la Revolución de 1917, tropecientas guerras civiles y la caída de la URSS. El listón está alto.

¿Qué pasó entonces? ¿No habíamos dejado a un zar capaz y habilidoso, evitando crisis sucesoria? ¿Acaso no tenía apoyos entre el pueblo? Si, pero apareció un enemigo contra el que ningún zar podía luchar. Pues ni el mayor país del planeta iba a poder derrotar a la madre naturaleza.

Todo empezó con una grave sequía en el primer verano del gobierno de Boris. Para empeorarlo, en medio de ese tórrido verano un terrible incendio calcino gran parte de Moscú, cuyos edificios eran de madera.  A continuación, en 1600, un invierno especialmente frío machacó el país, extendiéndose al sur y al oeste, zonas de clima más templado. Hubo hambre y muertos, pero el estado resistió. No era precisamente la primera hambruna, claro. El precio del pan subió pero el gobierno puso recursos para evitar la hambruna masiva.

El siguiente verano, en 1601, fue sin embargo húmedo. Muy húmedo. El verano en Rusia puede ser muy lluvioso, y si algún día viajáis a Moscú os recomiendo que os fijéis en el calibre de los bajantes de los edificios. Os parecerán ridículamente sobredimensionados (tuberías de 40, 50 cm de diámetro), y aún así se quedan cortas a veces. Y sin embargo este verano sobrepasó todas las expectativas.

Día tras día llovió, y llovió, y siguió lloviendo. La cosecha de primavera se ahogó en los campos y el país se convirtió en una alfombra de barro. Entonces llegó Junio y dejó de llover. Pero dejó de llover porque empezaron las heladas (si, en junio). Todo brote y hierbajo murió, la fruta se congeló. El desastre sucedió además en todas partes a la vez, de Pskov a Kaluga.

En 1602 hubo otra sequía atroz, seguida inmediatamente por más lluvias torrenciales e inundaciones. Las enfermedades empezaron a extenderse entre una población famélica, debilitada y empapada.

El pobre Boris hizo lo que pudo: hizo campaña contra los especuladores, intentó que hasta el último mendigo tuviese una sepultura digna, regaló el trigo de los almacenes reales… todo en vano.

El trigo subvencionado fue comprado por gente con dinero y revendido a precio astronómico en el mercado negro, dando luz a una nueva generación de millonarios sin escrúpulos. Las ciudades se masificaron de campesinos muertos de hambre confiando en conseguir algo de caridad, empeorando la situación sanitaria. No menos de dos millones (¡dos millones!) de personas murieron en apenas dos años, un tercio de la población. Nada igual se había visto desde la peste negra y los tártaros.

Pero, Murphy dixit, todo lo susceptible de empeorar empeoró. En ese mundo de campesinos analfabetos, religiosos y seguidores de un zar ungido por Dios, el medio de comunicación masivo de la época empezó a funcionar: los rumores.

Espontáneos o fabricados por sus enemigos, empezaron a circular en los pueblos habladurías. El zar no era legítimo. Era un usurpador de otra familia, un conspirador. Dios estaba mostrando su ira atormentando a los rusos por estar gobernados por un impostor.

Pero hacen falta más ingredientes para conseguir una revolución. Para empezar, un candidato rival. Y tal candidato no tardó en aparecer: el mismísimo Dimitri, el legítimo hijo de Iván IV que había muerto en aquel monasterio herido con un cuchillo. O un señor que se le parecía, claro.

Los estudios más recientes hablan de un monje de Moscú financiado y apoyado por la familia de los Nogai. El caso es que clamó ser Dimitri, no haber muerto, y merecer el trono.

Tenemos la ventana de oportunidad y tenemos candidato. ¿Qué falta? Apoyos, claro. Y estos llegaron en forma de financiación generosa por parte de un poderoso magnate polaco-lituano con intereses económicos en Moscú, y en apoyo político por parte de los Nogai y los Romanov. Otros nobles polacos extremadamente ricos se sumaron a la posibilidad se sacar provecho a la situación. Con todos estos ingredientes se reclutó el germen de un ejército que atacó un destacamento fronterizo que se rindió sin luchar y conquistó la ciudad de Chernigov. Animados por estos éxitos, otras ciudades y destacamentos militares se unieron a la rebelión. Había comenzado la guerra de las Dimitríadas.

Aquí un actor de teatro ruso del siglo XIX, vestido de Dimitri. No es el de verdad, vaya sorpresa.

Los Dimitris

 

Los siguientes años fueron para Rusia un follón que deja “Juego de tronos” convertido en “Teo va a los siete reinos”. A medida que la rebelión se extendía los esfuerzos para contenerla se hacían más violentos y despiadados. Las tropas leales, mandadas por el cruel Shuiskii, saquearon y arrasaron las tierras reconquistadas, en parte como estrategia de terror y en parte para cobrarse las pagas que no recibían del gobierno central. Como imaginaréis, ello no ayudó a pacificar el ambiente.

Entonces, el 13 de abril, murió el zar. Llevaba tiempo con enfermedades intermitentes y finalmente sucumbió a un ataque al corazón. Con su muerte, los distintos poderes recalibraron sus lealtades e intereses. El nuevo zar era el hijo de Boris, un chico de dieciséis años con poca experiencia y menos apoyos. En mayo se produjeron disturbios en la Plaza Roja de Moscú. Convencida de la culpabilidad de Boris por todas las calamidades la multitud clamó por Dimitri, el “legítimo zar”. Ni el mismísimo Patriarca pudo convencerlos. La gente asaltó el palacio y el patriarcado, aprisionó a todo quisqui y fue a buscar a Dimitri, que de hecho ya estaba en camino. El joven Zar fue ejecutado y Dimitri, ufano, tomo posesión del trono. Lo que no sabía era que, desde ese momento, le quedaba menos de un año de vida.

Las Dimitríadas

Pronto se le acusó de no ser el verdadero Dimitri, de ser un monje, de ser un jesuita oculto… el caso es que la paz le duró lo que canta un gallo. Aunque en efecto intentó gobernar de forma justa, su apoyo eran príncipes polacos y católicos, lo cual le granjeó rencores locales. Cuando anunció su boda con una católica, Marina, la rabia se desbordó. Y es que aparentemente los rusos tienen mucha capacidad de aguantar sufrimientos pero se alteran un poco si les tocas la religión o si sienten que les quieren gobernar unos extranjeros (y no parece que eso haya cambiado desde entonces).

Dimitri no sabe donde meterse.

Se desató una pelea campal y los campesinos intentaron entrar en el palacio. Dimitri trató de escapar por una ventana pero aterrizó con tan mala suerte que se quebró una pierna. La cosa no acabó bien para él: la multitud le atrapó y le disparó. Después su cuerpo fue paseado por la calle, golpeado, quemado; y sus cenizas se metieron dentro de un cañón y fueron disparadas en dirección a Polonia. Lo que se dice caer regular.

¿Quién le siguió en el trono? Pues nada menos que el mismo Shuiskii, incombustible desde los tiempos de la regencia. Como es habitual impusto su propio Patriarca, fiel a él. El clima, además, dio un respiro por primera vez en siete años, pero los rumores en cambio siguieron.

Vasilio IV. nombre como zar de Shuiskii

Se dijo que se había encontrado el cuerpo de Dimitri en otro lugar, lo cual sólo podía significar que el diablo estaba jugando con el pueblo Ruso, o que los lapones habían enseñado a Dimitri como resucitar, o incluso que era tan malvado que la tierra le rechazaba. Y en ese momento, entre rumores y riesgo de nuevas revueltas, apareció Dimitri, el hijo de Iván el Terrible. Otra vez. Esta si que si, de verdad. O bueno, al menos un señor que se le parecía, de nuevo con apoyos polacos. Marina, viuda del primer Dimitri, afirmó “reconocer” a su marido, lo cual dio fuerza a la rebelión.

Mientras tanto un nuevo conflicto interno en forma de rebelión de esclavos se desató en el sur, un verdadero conflicto civil encabezado por un antiguo esclavo. El Espartaco ruso se llamaba Ivan Bolotnikov y junto a el otros se levantaron a lo largo de la región del Volga. ¿Cuánto aguantaría Rusia a este paso? El poder central poco podía hacer, ocupado como estaba luchando contra un nuevo asedio en Moscú. Apenas se recaudaban impuestos y no había mes en que no apareciese un problema nuevo. Y aunque 1607 fue un buen año, en el que se rompió el cerco sobre la capital, se recuperó Tula y se capturó tanto al Espartaco Ruso como a otro señor random que se hacía llamar “Zat Petr”, Dimitri II se dirigía a la ciudad.

La revuelta de los esclavos

Por suerte este era un poco más inútil, incapaz de montar un gobierno funcional en la mitad del país que controlaba, así que no tardó en perder apoyos. El Zar en Moscú tuvo que regalar territorios a los suecos como pago de unos mercenarios y el Rey de Polonia en persona envió tropas para “asegurar el regreso de los prisioneros polacos”. Los chacales olían a presa. Y para empeorarlo todo, volvieron las inundaciones. En 1607 y en 1608 las cosechas se perderían de nuevo debido a inundaciones y heladas repentinas. Voraces incendios consumieron los campos y el ántrax se extendió por la región de Moscú.

El Zar puso su cargo a disposición de la nobleza, que dudó de a quién elegir. Mientras pensaban a que candidato investir fueron engañados para ir a la corte del rey de Polonia a discutir el asunto y allí fueron apresados y muchos de ellos murieron en extrañas circunstancias. Mutilada la nobleza rusa, la supremacía polaca estaba más cerca.

El principio del fin.

 

Todo parecía perdido para Rusia. El Kremlin lo ocupaban los rusos, que además conquistaron Smolensk. Los suecos invadieron el norte y Novgorod. El rey de Inglaterra se apuntó para intentar controlar el comercio con Oriente y el Papado vio una gran oportunidad para evangelizar las estepas y después, Asia.

Y sin embargo, en su momento más bajo, el pueblo ruso despertó. Espoleado por la Iglesia Ortodoxa, amenazada de muerte, y unidos contra “invasores externos”, una mezcla de movimiento popular y cruzada religiosa tomó fuerza. En el campo y en las ciudades, las palomas mensajeras volaron día y noche. En la ciudad de Iaroslav el Príncipe Dimitri Pozharskii tomó el mando de las primeras tropas, organizadas en base a voluntarios y pagadas con promesas y repartos de tierras. La Iglesia suministró fondos generosamente, algo no sorprendente si tenemos en cuenta que para entonces poseía un tercio de las tierras cultivables del país. Y así, en 1612 se empezó a ver un posible final a esta terrible época.

Minin, cabecilla popular del movimiento

10.000 soldados llegaron en Agosto a las puertas de Moscú, haciendo retroceder a los polacos. Como se había acordado, esta vez el nuevo zar no sería proclamado por cuatro nobles. Se convocó la Asamblea de la Tierra, la Zemsky Sobor.

El candidato polaco y el sueco no tenían ninguna posibilidad, Trubetskoi fue vetado por el general Pozharskii y el candidato de los Romanov, un joven de dieciséis años llamado Miguel tampoco convencía a nadie. Sin embargo los Romanov eran ricos, muy ricos, y fueron comprando electores y delegados uno a uno. Finalmente en febrero Miguel Romanov fue elegido Zar y su padre, Filareto, Patriarca. Y aunque el pobre Miguel pasaba bastante de líos, finalmente en Julio fue coronado. Empezaba la dinastía de los Romanov, que gobernaría durante tres siglos.

Miguel I, el primer Romanov. Zar a disgusto.

Conclusiones

 

Es posible que hayáis echado un poco de menos Moscú, la ciudad, en este capítulo.

La verdad es que poco desarrollo tuvo la pobre ciudad. Quemada varias veces, ocupada, saqueada y asediada constantemente, perdió muchísima población. Más de 127.000 muertos por hambre y enfermedades sólo en la capital no son ninguna tontería.

No por ello perdió importancia, pues la estrategia oficial siguió siendo acumular población en un único centro de poder masivo para compensar un país prácticamente despoblado. Además, la ciudad aún era mayormente de madera, por lo que no tenemos grandes restos de la época que comentar. Su posición estratégica siguió garantizándole dominio durante unos decenios más, hasta que se fundó San Petersburgo.

Las consecuencias de este período tumultuoso fueron varias. Por un lado el país estaba agotado, despoblado y arruinado, sí. Perdidas humanas, territoriales y materiales tremendas. Pero por otro lado el trauma sufrido había convencido a los rusos de que incluso la tiranía más despótica era preferible al caos y la muerte. Sobre esta base el nuevo Imperio crecería más centralizado que nunca y sus zares no perderían jamás el miedo a perder la legitimidad y a la aparición de usurpadores. La Iglesia, pilar de la victoria contra los extranjeros, reforzaría incluso más su posición económica y política, haciendo imposibles los procesos de reforma y desamortización que otros países experimentaron después.

Además, queda claro de un modo u otro que existía ya algún tipo de “identidad” rusa, un proto nacionalismo. Lo que les unía no era exactamente la lengua, pues estaba lejos de ser unitaria, ni la religión, pues al movimiento popular fueron invitados animistas y musulmanes. No eran las costumbres, infinitamente diversas en miles de kilómetros cuadrados, ni siquiera un concepto etnicista, pues los tártaros formaron parte de este movimiento desde el principio. Se trataba más bien de una forma común de vivir, unas experiencias compartidas en la relación con la tierra y el clima, un sentimiento difuso pero claro.

Monumento a Minin y Pozharskii

Hay que mencionar también lo que comenté sobre la reforma de los campesinos, convertidos en siervos. Veréis, el tema es que Rusia es demasiado grande. Siempre le ha faltado lo mismo, capital, y sobrado lo otro, tierra y recursos. Incapaz de financiarse o de atraer suficiente capital extranjero para tanto territorio a desarrollar, recurrió a la nobleza local para cubrir sus necesidades. Para ello les ofreció extensas tierras de cultivo, bosque inmensos y tundras llenas de pieles. Pero un bosque o un campo no valen de nada si no hay gente que lo trabaje. En occidente no existía generalmente este problema pues los recursos eran escasos y la población abundante. El feudalismo sirvió para asegurarse este aporte de mano de obra.

En Rusia, en cambio, los rendimientos escasos de la tierra y la brevedad de las cosechas hacía muy difícil retener a los campesinos en las tierras. Además, teniendo una frontera infinita y siempre creciente hacia el este, los rusos simplemente se desplazaban a tierras vírgenes a roturar nuevas tierras y a ser sus propios señores, al estilo del Oeste americano. La única manera que tuvo el Estado Ruso de controlar esto fue fijar a los siervos al lugar donde nacían, y dar permiso a sus señores para perseguirlos y capturarlos. La población se convirtió en esclava y debido a la dispersión y la baja densidad de población no tuvo apenas oportunidades de organizarse o rebelarse.

Aislada en el campo, empobrecida, iletrada. Fanatizada por una Iglesia omnipresente, ferviente creyente de la naturaleza divina del Zar y ajena al progreso de los grandes núcleos de civilización de Occidente y Oriente, a más de 5000 km. El rural ruso se mantuvo en la edad media prácticamente hasta el siglo XX. Pero por lo pronto Rusia está a punto de comenzar una nueva Edad de Oro. Ha tocado fondo y allí ha encontrado las fuerzas para construir un Imperio, el tercero en estas tierras después del imperio comercial de la Rus de Kiev y del poderoso estado Moscovita que acababa de ser reducido a cenizas.

El volcán Huaynaputina, origen probable de las alteraciones climáticas en Rusia.

 

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