Los anillos de Moscú – III

Después de las invasiones mongolas que arrasaron el territorio aquí y ahora que los tartaros han empezado a dar menos miedo aquí, empieza una nueva etapa en la que Moscú se consolida como potencia.

 

El Kremlin visto desde el puente de Bolshoy Kamenny, que por cierto fue el primero permanente de la ciudad

El Grande y el Terrible

 

Seamos honestos, las tribulaciones de Moscovia no eran desde luego una cosa excepcional. El siglo XV fue agitado en muchos sitios, una época de turbulencias bastante generalizadas. En Inglaterra los York y los Lancaster luchaban la guerra de las Rosas, mientras en Italia las ciudades estado parecían incapaces de alcanzar un equilibrio duradero. Castilla estaba terminando la Reconquista y Francia aún necesitaría decenios para terminar de librarse de la guerra de los cien años.

Pero después de las guerras civiles sucedidas en Moscovia se iba a producir una gran transformación. Allí donde el brillante Lorenzo el Magnífico fallaría en establecer una República duradera Iván III sentaría los cimientos de un gran Imperio. No por nada lo recordamos como Iván el Grande.

La cosa no pintaba bien al principio. Siendo un chaval de 22 años, en su primer año en el poder se encontró con que sus vecinos del norte, la república de Novgorod, pedía apoyo a la poderosa Mancomunidad Polaco-Lituana. Simultaneamente la Orden Teutónica, un poderoso estado semi-monacal que ocupaba los territorios bálticos de Livonia, decidía atacar el principado de Pskov. Todo problemas, pero Iván los superaría todos.

El recuerdo de las guerras civiles y la inestabilidad crónica del gobierno le motivó a emprender un proceso centralizador muy importante. Uno a uno subyugó a los príncipes y a la alta nobleza, destruyó sus instituciones y se libró de depender de ellos. El trono pasó de ser electo a hereditario y facilitó que las ordenes monacales roturaran nuevas tierras, aún a costa de que ganaran inmensas riquezas.

El país continuó extendiéndose a un ritmo frenético pero claro, no es como si faltara espacio en Rusia. Llegó hasta el Mar Blanco en el norte y hasta los límites de sus estados vecinos descendientes de las Hordas. Incorporó otros principados, tomó ciudades de Lituania y llegó casi hasta Kiev. Para 1493 ya se había ganado el sobrenombre de “Soberano de toda Rusia”.

También abrió el país al mundo exterior, estableciendo relaciones con Otomanos, Polacos, Daneses, Venecianos, Georgianos, Húngaros e incluso con el Sacro Imperio. Este último le ofreció el título de Rey pero Iván, orgulloso, lo interpretó como lo que era, un ofrecimiento de sumisión, y lo rechazó. Iván no necesitaba que nadie le regalase una corona.

Todo esto no fue fácil, claro. Los ingentes recursos desplegados salieron del abuso y la opresión, de unos impuestos asfixiantes y un dominio de hierro. No es como si otros monarcas europeos no hubiesen hecho lo mismo, por otro lado.

La Tercera Roma

 

Sería justo reconocer la buena suerte que tuvo en otros aspectos. Uno de ellos, habitualmente contemplado desde Europa como una tragedia, ayudó especialmente a consolidar su legitimidad. Nos referimos, claro, a la caída de Constantinopla. Habiendo fallecido su esposa trágicamente en 1467 pudo establecer matrimonio con Zoe Paleóloga, nieta del último emperador de Constantinopla. Los Paleólogos supervivientes a la caída de la capital en 1453 eran poco más que mendigos que vivían vendiendo sus títulos en otras cortes pero no se puede negar que prestigio tenían un rato largo.

El Águila Bicéfala de la dinastía de los Paleólogos

El matrimonio causó cierta desconfianza, pues Zoe estaba viviendo en la corte del Papa (que pagó su dote) y obviamente el ofrecimiento era un intento de traer a Moscovia hacia el lado del Cristianismo. Pero Iván aceptó el reto y, como se dice hoy en día, le dio la vuelta al relato. Adoptó el águila bicéfala Bizantina como estandarte personal y se cuidó muy mucho de que Zoe, que pasó a llamarse Sofía, pareciese una Ortodoxa excelente.

1480. Iván rechazando pagar tributo y rompe con el dominio Tártaro. Empieza otra era.

Es en esta época cuando se desarrolla la leyenda de la Tercera Roma, impulsada por la Iglesia y atribuida en parte a Filoteo, un monje de Psok. En 1510 proclama la mítica frase, “Dos Romas han caído. La Tercera se sostiene. ¡Y no habrá una cuarta! ¡Nadie reemplazará tu reino de zar cristiano!”

La frase, que lejos de ser triunfalista pretende ser apocalíptica (después de Moscú, el Apocalipsis) sirve como resumen de un proceso fomentado por la Iglesia y por el Estado para dotarse de autoridad y legitimidad.

A pesar de los desesperados intentos de Novgorod por mantener la paz, Moscovia aprovechó cada mínima excusa para ir a la guerra y aumentar sus territorios, deportando a la nobleza local y sustituyéndola por la suya para asegurarse una base de apoyo político fuerte, cediendo grandes parcelas en “alquiler hereditario” a sus nobles. Este sistema permitió también superar el problema de la escasez crónica de moneda acuñada. No pudiendo pagar los servicios de la nobleza con dinero lo hizo con tierras, de las que disponía en abundancia. Este sistema, además, en una época de crecimiento poblacional, permitió disponer de enormes ejércitos, hasta cuatro veces mayores que los que pudo movilizar su padre.

La caída de Constantinopla, además de la autoridad que se otorgó como sede religiosa, le permitió cubrir un hueco importante: personal cualificado. Y es que forjar un Imperio no es sólo cosa de un poderoso monarca con una gran voluntad. Las guerras y los imperios se ganan y pierden en las cocinas, y miles de griegos experimentados en labores de gobierno, logística, administración y otras funciones cubrieron los puestos necesarios para gestionar el colosal Imperio que se estaba gestando.

Quizá el mapa más antiguo de Moscú, de 1556.

Moscú, por supuesto, creció. La ciudad bullía con nuevas gentes y ciudadanos. Muchas lenguas distintas se hablaban, hubo un gran boom de trabajo para todo tipo de traductores que permitían la correspondencia desde Alemania hasta Nogai. Enviados y diplomáticos viajaron a todas las cortes a reunir información e inteligencia (ya se sabe, un diplomático es aquel que viaja al extranjero a mentir por su país). Y Moscovia aprendió a una velocidad sorprendentemente rápida a comportarse en las escurridizas arenas de la diplomacia.

Pero… ¿qué fue de los Tártaros? ¿Han desaparecido? No, y de hecho serían una amenaza hasta el siglo XVI, pero con Iván se viviría la independencia definitiva de ellos. Se valieron para ello de la ayuda de pequeños grupos de tátaros renegados que fueron poniendo a sueldo a lo largo de todo el siglo, siendo este el origen de los Cosacos y que resultaron eficaces para asegurar las tierras de cultivo de un enemigo siempre en movimiento.

Moscú en su estado habitual: preparándose para una guerra

En el otro frente las guerras constantes con Polonia y los Caballeros alcanzaron por ambos bandos el grado de Cruzada, lo cual les permitió justificar verdaderas masacres y atrocidades. En una batalla, por ejemplo, Iván probó una estrategia nueva en la que envió una fuerza de Tártaros y a la vez soltó 1600 perros entrenados contra el ejército enemigo, un hecho que inspiró a Shakespeare para hablar de “los perros de la guerra”.

Durante su reinado empezaron una serie de transformaciones en Moscú para adaptarla a su incipiente papel de capital imperial. En 1495 comenzó la construcción de las murallas del Kremlin que podemos ver hoy en día, diseñadas por el italiano Petrus Antonius Solarius. Moscú había alcanzado los 100.000 habitantes y era ya una de las ciudades más grandes del mundo.

Ivan III de Rusia

Ivan III murió en 1505 dejando el trono a su hijo Vladimir III, que iba a realizar políticas más bien continuistas. Se encontró un país de más de 2,5 millones de km2, algo más pequeño que Argentina, pero mucho más grande que el que su padre había recibido. En 1508 se terminó de construir la torre del Reloj y entre 1536 y 1539 se terminaron los muros que cerraban Kitay Gorod, que hoy son presentes en la forma de una cadena de plazas famosísimas que incluyen la del Teatro (donde está el Bolshoi), la de la Lubyanka, Staraya o la de la Revolución.

También se dio forma a la Plaza Roja, inicialmente conocida como “campo santo”. El río Moscova y el Neglinnaya, que hoy en día transcurre subterraneo, fueron unidos por un foso de 36 metros de ancho.

Marcada en amarillo, Kitai Gorod
Crecimiento de Moscú, contorno de las murallas de Kitai Gorod

Al borde estuvieron de una crisis dinástica, pues la primera mujer de Vasili resultó ser estéril y en 20 años no pudo dar un heredero. Finalmente, no confiando en sus hermanos y para disgusto de la Iglesia, mandó a su mujer a un monasterio, se casó de nuevo y tuvo por fin el hijo que se esperaba. El rechazo, sin embargo, fue fuerte. Se abría una brecha entre los ultraconservadores que no querían cambiar nada y los aperturistas que entendían que el nuevo papel como potencia de Rusia implicaría cambios. Para empeorarlo todo realizó un acto inesperado: se afeitó la barba. Los príncipes rusos hasta ahora habían sido todos hípster con barbaza, pues así se suponía que era la imagen de Dios, pero Vasili desafió simbólicamente este estatismo.

Todo se prometía feliz para el naciente Imperio Ruso. El paso definitivo tendría que darlo aquel que iba a recibir por primera vez el título de Zar: Ivan IV, al que conoceréis mejor como Iván el Terrible.

El tirano atormentado

 

16 de enero de 1547. Un chico de 16 años, alto y corpulento espera la ceremonia de investidura. Ahora que es mayor de edad y después de unos años de regencia de su madre Ivá recibirá la cruz pectoral, el collar de oro y el gorro de Monómaco, enseñas que le señalan como Autócrata y soberano de toda Rusia.

Iván IV es una figura polémica y desde el primer minuto despertó la desconfianza de muchos. Ahora que se acercaba peligrosamente al Báltico los alemanes se acojonaron y empezaron una campaña de difamación desde casi el minuto cero, ayudados por el reciente invento de la imprenta. Hay un hilo ininterrumpido desde los comerciantes alemanes difundiendo los “barbarismos” rusos hasta los discursos de Reagan calificando a Rusia como “El Imperio del Mal”.

No me entendáis mal, es obvio que se cometieron atrocidades, pero probablemente fueron exageradas en gran medida. Se habló de descuartizaciones, torturas y comportamientos bárbaros por parte de los rusos desde el principio pero en el contexto de su tiempo probablemente no fue mucho peor que otros reyes. En la misma época Pizarro conquistó el imperio Azteca, Luis XI permitió las masacres del día de San Bartolomé y la reina Mary quemaba vivos a protestantes en Oxford. Interesado en la religión, se metió en discusiones teológicas con el Papa y mandó ejecutar a su propio Metropolitano.

Sus años de infancia habían sido complicados (su madre fue envenenada, el puesto de regente ocupado por muchas personas que acabaron depuestas o asesinadas). Esto sumado a tratamientos médicos a base de mercurio probablemente no sentaron demasiado bien a su salud mental, que le llevaría a periodos cada vez peores de irritabilidad, cambios de humor y ataques de ira. Desde 1560, además, con la muerte de su mujer y sospechas de que había sido envenenada por sus propios boyardos que fueron confirmadas en la autopsia, se convirtió en una especie de fanático religioso siempre enfadado.

Pero vale, de acuerdo, sabemos quién manda allí pero… ¿Qué os encontraríais si visitaseis la ciudad en ese momento?

Kremlin ruso alrededor del siglo XV

Pues veríais una ciudad ajetreada y bulliciosa, construida toda ella con edificios de madera. Las casas, amplias y con jardines y huertas generosas, hacen parecer incluso más grande de lo que es a una ciudad que no es pequeña. Sus gentes van con frecuencia a alguna de las muchas iglesias y monasterios y se santiguan frecuentemente (al revés que los católicos, por cierto).

San Basilio en verano

Si tienes la mala suerte de visitar la ciudad durante un crudo invierno encontrarás la tierra cuarteada por el frío y a las personas envueltas en pieles de todo tipo, desde martas hasta gatos. El zorro, la mejor piel, se reserva para los viajes.  Mangas ceñidas, casacas largas sin pliegues y botas rojas con clavos de hierro completan el cuadro del moscovita de a pie, que probablemente luzca además una generosa barba.

En la plaza Roja se desarrollan los trabajos de la catedral de San Basilio, terminada en 1561, y en las afueras alguna de las nuevas murallas, según en que año hubieses llegado.

El país siguió creciendo guerra tras guerra y finalmente llegó al límite de lo conocido: las llanuras planas pobladas por rusos se acabaron. Los rusos habían llegado al Caucaso y a Siberia, y con ello se convirtieron en un país colonial, multicultural y diverso. Muchos disgustos y guerras llegarían de las impresionantes montañas que ahora descubrían, pobladas de extrañas tribus.

Crecimiento de Moscú durante el siglo XVI

Pero tanto crecimiento terminó por hacer que sus enemigos se uniesen entre sí. La expansión por las costas del Báltico, conquistando lo que hoy es Estonia y Letonia con armas modernas y cañones, llevó a que Alemanes, Suecos, Polacos, Lituanos y la liga de la Hansa empezaran a trabajar juntos para frenar sus ansias expansionistas.

En el plano interno, Iván seguía obsesionado con asegurar su poder. Eliminó a todos los rivales políticos que encontró y fundó la infame Oprichnina, básicamente un grupo de matones paramilitares reclutados entre lo peor y más salvaje de la sociedad, a menudo directamente excriminales, que extendieron su reino de terror entre la sociedad. Necesitado de dinero para sus campañas Iván mandó a sus matones a exprimir a la población (en Novgorod mataron a 30.000 personas en un saqueo especialmente sanguinario ¡en su propio país!), y se apropió de monopolios como el del alcohol. Incluso hizo algún intento de restringir las riquezas de la Iglesia, uno de sus principales apoyos políticos a la vez que el principal terrateniente de Rusia después de dos siglos acumulando terrenos y donaciones.

Dispersó las posesiones de la nobleza para evitar que tuvieran bases de poder donde poder reclutar ejércitos, algo lógico viendo como en Lituania, el país vecino, el rey no tenía apenas autoridad y la nobleza hacía y deshacía como quería por culpa de unas leyes mucho más laxas. En cambio Iván pudo completar la revolución empezada por sus antecesores que hizo a la nobleza dependiente de la corona y centralizó el estado, aplicando un nuevo código legal que acababa con los privilegios judiciales de la nobleza, el Sudébnik de 1550.

Uno de los muy escasos restos de las murallas de Kitai Gorod

En 1571 una nueva guerra contra los tártaros de Crimea acabó con Moscú conquistado y arrasado de nuevo, excepto el Kremlin. Los registros dicen que de 200.000 habitantes apenas sobrevivieron 30.000

En cualquier caso, la ciudad se recuperó rápido y en 1592, después de rechazar otro ataque, empezó la construcción de la siguiente capa de baluartes, de los que hoy no quedan apenas restos pero que marcan lo que conocemos como el “anillo de los boulevares”. Con este anillo queda ya casi completado el marco del centro de Moscú, que en posteriores épocas se iría rellenando.

Las murallas de Kitai Gorod han dejado paso al “anillo de boulevares”
Moscú crece y abarca por primera vez el otro lado del río con las murallas de Beli Gorod

Pero ah, la expansión y la guerra permanente tuvieron un precio. Forzados los límites, la cuerda se rompió. Una importante crisis económica se desató y muchos campesinos abandonaron pueblos enteros. El estado no tenía capacidad para acumular riquezas que respaldaran una moneda sólida y por lo tanto empezó a pagar los servicios militares a los nobles con tierras. Pero claro, las tierras no sirven de nada si no hay quien las trabaje, así que se empezó a restringir la libertad de movimiento de los campesinos, el primer paso en el camino que llevaría a la virtual totalidad de la población rusa a convertirse en siervos.

Finalmente, para 1580 las ansias imperialistas se vieron frenadas definitivamente. Polonia y Suecia, una gran potencia militar en esa época, frenaron a Rusia en el Báltico. Al sur, los turcos hicieron lo mismo. El propio Iván, después de muchos años de triunfalismo, entró en un periodo depresivo, consciente de cómo había destruido su reino. En 1581, en un ataque de ira, incluso mató a su hijo de un bastonazo. Arruinado, rodeado de enemigos, con profunda disensión interna y la población agotada, y sin un heredero para sucederlo, Iván se preparó para lo peor. Su última conquista, un año antes de morir, fue el Khanato de Siberia.

En 1584 exhaló su último suspiro. Iván el Terrible había muerto, sin herederos, y con él una dinastía, los Ruríkidas.

Y Rusia entera se hundió en el caos.

Ivan con su hijo moribundo entre los brazos, pintado por Ilya Repin. Esa mirada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *