Los anillos de Moscú – IV

Hemos contado ya como un pequeño pero estratégico emplazamiento en el centro de Rusia se desarrollaba y prosperaba, cómo fue arrasado y resurgió durante los años de dominación Mongola, y cómo se deshizo de su dominio después de maniobrar muy astutamente, consiguiendo montar un poderoso estado que dominó a sus vecinos. 

 

Vestimenta típica de un noble boyardo ruso del siglo XVII

Los últimos Rurikovich

 

Dejamos la última entrega con un tono dramático y apocalíptico que, debo confesar, quizá fue algo excesivo. Lo cierto es que el inmediato sucesor de Iván IV si fue un hijo suyo y al dinastía no estaba del todo extinta (aún). El nuevo zar, nombrado al poco de tiempo, fue Fiodor Iovannovich, Teodoro I.

La verdad es que el pobre no presagiaba nada especialmente prometedor, no nos vamos a engañar. Lo más probable es que tuviese algún grado de retrasado mental,  otras teorías dicen que simplemente era extremadamente reservado y religioso y completamente inútil para el gobierno. Desde luego su propio padre no se fiaba mucho de sus habilidades y había dispuesto que un consejo de regencia administrase efectivamente el trono. Otras teorías dicen que simplemente era extremadamente reservado y religioso y completamente inútil para el gobierno.

Uno de los principales miembros de este consejo era Boris Godunov. Menudo tipo este, que había llevado una carrera meteórica hasta ahora. Este buen señor de origen tártaro había comenzado su carrera como arquero, enrolándose después en la Opríchnina que hemos mencionado anteriormente, la policía secreta ultraviolenta y represiva de Ivan IV. Consiguió casarse con María, hija de Skuratov, uno de los más odiosos generales del cuerpo. Un poco como si para progresar en la Alemania Nazi te casa con la hija del carnicero de Praga.

El caso es que con esto consiguió ascender a la clase de los boyardos, y aún subiría un poco más hasta la de “konyushi” (¿condestable?) cuando su hermana se casó con el mismísimo Teodoro.

Con estos méritos es normal que consiguiese un puesto en el consejo de Regencia, junto con otros nobles como Vasili Shuiski (de otra rama de los Rurikovich) y Fiodor Nikitich Romanov, cuyo apellido os sonará bastante.

Teodoro I había conseguido tener una hija, lo cual era esperanzador de cara a asegurar un heredero, pero esta murió siendo apenas una niña y no hubo otros hijos en ese matrimonio. Nuestro zar se refugió en la religión, se ganó el apodo de “Santo” entre el pueblo (que era un poco la manera elegante de llamarle tontico) y dejó el gobierno a su consejo. No nos ha dejado grandes recuerdos en la historia, más allá de gestionar el traslado de la Iglesia Ortodoxa a Moscú.

Guapo guapo no era

La sucesión se presentaba incierta, pues existía además un último hijo de Iván el Terrible: Dimitri. Apuntad este nombre, ya os lo aviso.

El problema es que la Iglesia Ortodoxa no reconocía a Dimitri como heredero pues era hijo de la séptima mujer de Iván, y aparentemente sólo “valían” las tres primeras. (A mi no me miréis, no pongo las normas). ¿Sería un problema cuando tocase buscar sucesor? Pues no, la verdad, pues murió en 1591 mientras vivía con su madre en un monasterio a 200km de Moscú. Las causas de la muerte fueron, por decirlo de alguna manera, sospechosas. Tanto que no quedó más remedio que mandar una comisión de investigación, liderada por Vasili Shuiski, que determinó algo así como “mientras el niño jugaba en el patio con un cuchillo sufrió un ataque de epilepsia con tan mala suerte que se rajó la garganta de lado a lado” (no estoy bromeando, ese fue el veredicto, xD). Pero lo cierto es que no había grandes motivos para matar al chaval, pues el zar era todavía joven y probadamente fértil, así que quizá incluso es verdad.

Parecidos razonables

El caso es que tras eliminar ese último vestigio de la familia Rurikovich la transición del trono pasó, a la muerte de Teodoro en 1598, a Boris Gudianov, que se había encargado de autolegitimarse en sus años como regente. Aún de origen humilde, sus habilidades estaban más que probadas y contaba con el apoyo cerrado de la Iglesia. Así pues, después de rechazar tres veces el trono, finalmente aceptó y fue coronado.

Gudianov empezó su reinado y gobernó con sensatez y mesura, siendo muy prudente y no abusando de su poder. Como regente había mandado fundar numerosas ciudades para poblar las fronteras, había luchado contra suecos y tártaros, fomentado el comercio y expandido el país hacia el este.

Tampoco es que el buen hombre se confiase a la buena fe de la nobleza. Sabiendo que le despreciaban por su origen humilde mandó encarcelar a muchos Romanovs y Nagois y se dedicó a regar con dinero al publo con subvenciones a viudas, perdones a los criminales comunes y una exención de impuestos general durante un tiempo. Por otro lado, suya fue la reforma que convirtió a todos los campesinos de Rusia en siervos, expandiendo la esclavitud a, básicamente, toda la población. Recordadme este episodio más adelante, porque esta reforma tiene una explicación (que no justificación).

¿Sería el reinado de Boris tan próspero como su Regencia? ¿Iba a vivir Rusia una transición pacífica y prospera? Je. No cantemos victoria tan rápido.

El fin de los tiempos.

 

 

Boris Godunov ayudando con los deberes a su hijo.

Partimos de un dato: los siguientes años de la historia son conocidos como el “Tiempo de problemas”. Fácilmente uno de los peores episodios de su historia, con mayor sufrimiento para su población y mayor descomposición del estado. Y ojo, hablamos de un país que tiene en su historial invasiones tártaras, la Revolución de 1917, tropecientas guerras civiles y la caída de la URSS. El listón está alto.

¿Qué pasó entonces? ¿No habíamos dejado a un zar capaz y habilidoso, evitando crisis sucesoria? ¿Acaso no tenía apoyos entre el pueblo? Si, pero apareció un enemigo contra el que ningún zar podía luchar. Pues ni el mayor país del planeta iba a poder derrotar a la madre naturaleza.

Todo empezó con una grave sequía en el primer verano del gobierno de Boris. Para empeorarlo, en medio de ese tórrido verano un terrible incendio calcino gran parte de Moscú, cuyos edificios eran de madera.  A continuación, en 1600, un invierno especialmente frío machacó el país, extendiéndose al sur y al oeste, zonas de clima más templado. Hubo hambre y muertos, pero el estado resistió. No era precisamente la primera hambruna, claro. El precio del pan subió pero el gobierno puso recursos para evitar la hambruna masiva.

El siguiente verano, en 1601, fue sin embargo húmedo. Muy húmedo. El verano en Rusia puede ser muy lluvioso, y si algún día viajáis a Moscú os recomiendo que os fijéis en el calibre de los bajantes de los edificios. Os parecerán ridículamente sobredimensionados (tuberías de 40, 50 cm de diámetro), y aún así se quedan cortas a veces. Y sin embargo este verano sobrepasó todas las expectativas.

Día tras día llovió, y llovió, y siguió lloviendo. La cosecha de primavera se ahogó en los campos y el país se convirtió en una alfombra de barro. Entonces llegó Junio y dejó de llover. Pero dejó de llover porque empezaron las heladas (si, en junio). Todo brote y hierbajo murió, la fruta se congeló. El desastre sucedió además en todas partes a la vez, de Pskov a Kaluga.

En 1602 hubo otra sequía atroz, seguida inmediatamente por más lluvias torrenciales e inundaciones. Las enfermedades empezaron a extenderse entre una población famélica, debilitada y empapada.

El pobre Boris hizo lo que pudo: hizo campaña contra los especuladores, intentó que hasta el último mendigo tuviese una sepultura digna, regaló el trigo de los almacenes reales… todo en vano.

El trigo subvencionado fue comprado por gente con dinero y revendido a precio astronómico en el mercado negro, dando luz a una nueva generación de millonarios sin escrúpulos. Las ciudades se masificaron de campesinos muertos de hambre confiando en conseguir algo de caridad, empeorando la situación sanitaria. No menos de dos millones (¡dos millones!) de personas murieron en apenas dos años, un tercio de la población. Nada igual se había visto desde la peste negra y los tártaros.

Pero, Murphy dixit, todo lo susceptible de empeorar empeoró. En ese mundo de campesinos analfabetos, religiosos y seguidores de un zar ungido por Dios, el medio de comunicación masivo de la época empezó a funcionar: los rumores.

Espontáneos o fabricados por sus enemigos, empezaron a circular en los pueblos habladurías. El zar no era legítimo. Era un usurpador de otra familia, un conspirador. Dios estaba mostrando su ira atormentando a los rusos por estar gobernados por un impostor.

Pero hacen falta más ingredientes para conseguir una revolución. Para empezar, un candidato rival. Y tal candidato no tardó en aparecer: el mismísimo Dimitri, el legítimo hijo de Iván IV que había muerto en aquel monasterio herido con un cuchillo. O un señor que se le parecía, claro.

Los estudios más recientes hablan de un monje de Moscú financiado y apoyado por la familia de los Nogai. El caso es que clamó ser Dimitri, no haber muerto, y merecer el trono.

Tenemos la ventana de oportunidad y tenemos candidato. ¿Qué falta? Apoyos, claro. Y estos llegaron en forma de financiación generosa por parte de un poderoso magnate polaco-lituano con intereses económicos en Moscú, y en apoyo político por parte de los Nogai y los Romanov. Otros nobles polacos extremadamente ricos se sumaron a la posibilidad se sacar provecho a la situación. Con todos estos ingredientes se reclutó el germen de un ejército que atacó un destacamento fronterizo que se rindió sin luchar y conquistó la ciudad de Chernigov. Animados por estos éxitos, otras ciudades y destacamentos militares se unieron a la rebelión. Había comenzado la guerra de las Dimitríadas.

Aquí un actor de teatro ruso del siglo XIX, vestido de Dimitri. No es el de verdad, vaya sorpresa.

Los Dimitris

 

Los siguientes años fueron para Rusia un follón que deja “Juego de tronos” convertido en “Teo va a los siete reinos”. A medida que la rebelión se extendía los esfuerzos para contenerla se hacían más violentos y despiadados. Las tropas leales, mandadas por el cruel Shuiskii, saquearon y arrasaron las tierras reconquistadas, en parte como estrategia de terror y en parte para cobrarse las pagas que no recibían del gobierno central. Como imaginaréis, ello no ayudó a pacificar el ambiente.

Entonces, el 13 de abril, murió el zar. Llevaba tiempo con enfermedades intermitentes y finalmente sucumbió a un ataque al corazón. Con su muerte, los distintos poderes recalibraron sus lealtades e intereses. El nuevo zar era el hijo de Boris, un chico de dieciséis años con poca experiencia y menos apoyos. En mayo se produjeron disturbios en la Plaza Roja de Moscú. Convencida de la culpabilidad de Boris por todas las calamidades la multitud clamó por Dimitri, el “legítimo zar”. Ni el mismísimo Patriarca pudo convencerlos. La gente asaltó el palacio y el patriarcado, aprisionó a todo quisqui y fue a buscar a Dimitri, que de hecho ya estaba en camino. El joven Zar fue ejecutado y Dimitri, ufano, tomo posesión del trono. Lo que no sabía era que, desde ese momento, le quedaba menos de un año de vida.

Las Dimitríadas

Pronto se le acusó de no ser el verdadero Dimitri, de ser un monje, de ser un jesuita oculto… el caso es que la paz le duró lo que canta un gallo. Aunque en efecto intentó gobernar de forma justa, su apoyo eran príncipes polacos y católicos, lo cual le granjeó rencores locales. Cuando anunció su boda con una católica, Marina, la rabia se desbordó. Y es que aparentemente los rusos tienen mucha capacidad de aguantar sufrimientos pero se alteran un poco si les tocas la religión o si sienten que les quieren gobernar unos extranjeros (y no parece que eso haya cambiado desde entonces).

Dimitri no sabe donde meterse.

Se desató una pelea campal y los campesinos intentaron entrar en el palacio. Dimitri trató de escapar por una ventana pero aterrizó con tan mala suerte que se quebró una pierna. La cosa no acabó bien para él: la multitud le atrapó y le disparó. Después su cuerpo fue paseado por la calle, golpeado, quemado; y sus cenizas se metieron dentro de un cañón y fueron disparadas en dirección a Polonia. Lo que se dice caer regular.

¿Quién le siguió en el trono? Pues nada menos que el mismo Shuiskii, incombustible desde los tiempos de la regencia. Como es habitual impusto su propio Patriarca, fiel a él. El clima, además, dio un respiro por primera vez en siete años, pero los rumores en cambio siguieron.

Vasilio IV. nombre como zar de Shuiskii

Se dijo que se había encontrado el cuerpo de Dimitri en otro lugar, lo cual sólo podía significar que el diablo estaba jugando con el pueblo Ruso, o que los lapones habían enseñado a Dimitri como resucitar, o incluso que era tan malvado que la tierra le rechazaba. Y en ese momento, entre rumores y riesgo de nuevas revueltas, apareció Dimitri, el hijo de Iván el Terrible. Otra vez. Esta si que si, de verdad. O bueno, al menos un señor que se le parecía, de nuevo con apoyos polacos. Marina, viuda del primer Dimitri, afirmó “reconocer” a su marido, lo cual dio fuerza a la rebelión.

Mientras tanto un nuevo conflicto interno en forma de rebelión de esclavos se desató en el sur, un verdadero conflicto civil encabezado por un antiguo esclavo. El Espartaco ruso se llamaba Ivan Bolotnikov y junto a el otros se levantaron a lo largo de la región del Volga. ¿Cuánto aguantaría Rusia a este paso? El poder central poco podía hacer, ocupado como estaba luchando contra un nuevo asedio en Moscú. Apenas se recaudaban impuestos y no había mes en que no apareciese un problema nuevo. Y aunque 1607 fue un buen año, en el que se rompió el cerco sobre la capital, se recuperó Tula y se capturó tanto al Espartaco Ruso como a otro señor random que se hacía llamar “Zat Petr”, Dimitri II se dirigía a la ciudad.

La revuelta de los esclavos

Por suerte este era un poco más inútil, incapaz de montar un gobierno funcional en la mitad del país que controlaba, así que no tardó en perder apoyos. El Zar en Moscú tuvo que regalar territorios a los suecos como pago de unos mercenarios y el Rey de Polonia en persona envió tropas para “asegurar el regreso de los prisioneros polacos”. Los chacales olían a presa. Y para empeorarlo todo, volvieron las inundaciones. En 1607 y en 1608 las cosechas se perderían de nuevo debido a inundaciones y heladas repentinas. Voraces incendios consumieron los campos y el ántrax se extendió por la región de Moscú.

El Zar puso su cargo a disposición de la nobleza, que dudó de a quién elegir. Mientras pensaban a que candidato investir fueron engañados para ir a la corte del rey de Polonia a discutir el asunto y allí fueron apresados y muchos de ellos murieron en extrañas circunstancias. Mutilada la nobleza rusa, la supremacía polaca estaba más cerca.

El principio del fin.

 

Todo parecía perdido para Rusia. El Kremlin lo ocupaban los rusos, que además conquistaron Smolensk. Los suecos invadieron el norte y Novgorod. El rey de Inglaterra se apuntó para intentar controlar el comercio con Oriente y el Papado vio una gran oportunidad para evangelizar las estepas y después, Asia.

Y sin embargo, en su momento más bajo, el pueblo ruso despertó. Espoleado por la Iglesia Ortodoxa, amenazada de muerte, y unidos contra “invasores externos”, una mezcla de movimiento popular y cruzada religiosa tomó fuerza. En el campo y en las ciudades, las palomas mensajeras volaron día y noche. En la ciudad de Iaroslav el Príncipe Dimitri Pozharskii tomó el mando de las primeras tropas, organizadas en base a voluntarios y pagadas con promesas y repartos de tierras. La Iglesia suministró fondos generosamente, algo no sorprendente si tenemos en cuenta que para entonces poseía un tercio de las tierras cultivables del país. Y así, en 1612 se empezó a ver un posible final a esta terrible época.

Minin, cabecilla popular del movimiento

10.000 soldados llegaron en Agosto a las puertas de Moscú, haciendo retroceder a los polacos. Como se había acordado, esta vez el nuevo zar no sería proclamado por cuatro nobles. Se convocó la Asamblea de la Tierra, la Zemsky Sobor.

El candidato polaco y el sueco no tenían ninguna posibilidad, Trubetskoi fue vetado por el general Pozharskii y el candidato de los Romanov, un joven de dieciséis años llamado Miguel tampoco convencía a nadie. Sin embargo los Romanov eran ricos, muy ricos, y fueron comprando electores y delegados uno a uno. Finalmente en febrero Miguel Romanov fue elegido Zar y su padre, Filareto, Patriarca. Y aunque el pobre Miguel pasaba bastante de líos, finalmente en Julio fue coronado. Empezaba la dinastía de los Romanov, que gobernaría durante tres siglos.

Miguel I, el primer Romanov. Zar a disgusto.

Conclusiones

 

Es posible que hayáis echado un poco de menos Moscú, la ciudad, en este capítulo.

La verdad es que poco desarrollo tuvo la pobre ciudad. Quemada varias veces, ocupada, saqueada y asediada constantemente, perdió muchísima población. Más de 127.000 muertos por hambre y enfermedades sólo en la capital no son ninguna tontería.

No por ello perdió importancia, pues la estrategia oficial siguió siendo acumular población en un único centro de poder masivo para compensar un país prácticamente despoblado. Además, la ciudad aún era mayormente de madera, por lo que no tenemos grandes restos de la época que comentar. Su posición estratégica siguió garantizándole dominio durante unos decenios más, hasta que se fundó San Petersburgo.

Las consecuencias de este período tumultuoso fueron varias. Por un lado el país estaba agotado, despoblado y arruinado, sí. Perdidas humanas, territoriales y materiales tremendas. Pero por otro lado el trauma sufrido había convencido a los rusos de que incluso la tiranía más despótica era preferible al caos y la muerte. Sobre esta base el nuevo Imperio crecería más centralizado que nunca y sus zares no perderían jamás el miedo a perder la legitimidad y a la aparición de usurpadores. La Iglesia, pilar de la victoria contra los extranjeros, reforzaría incluso más su posición económica y política, haciendo imposibles los procesos de reforma y desamortización que otros países experimentaron después.

Además, queda claro de un modo u otro que existía ya algún tipo de “identidad” rusa, un proto nacionalismo. Lo que les unía no era exactamente la lengua, pues estaba lejos de ser unitaria, ni la religión, pues al movimiento popular fueron invitados animistas y musulmanes. No eran las costumbres, infinitamente diversas en miles de kilómetros cuadrados, ni siquiera un concepto etnicista, pues los tártaros formaron parte de este movimiento desde el principio. Se trataba más bien de una forma común de vivir, unas experiencias compartidas en la relación con la tierra y el clima, un sentimiento difuso pero claro.

Monumento a Minin y Pozharskii

Hay que mencionar también lo que comenté sobre la reforma de los campesinos, convertidos en siervos. Veréis, el tema es que Rusia es demasiado grande. Siempre le ha faltado lo mismo, capital, y sobrado lo otro, tierra y recursos. Incapaz de financiarse o de atraer suficiente capital extranjero para tanto territorio a desarrollar, recurrió a la nobleza local para cubrir sus necesidades. Para ello les ofreció extensas tierras de cultivo, bosque inmensos y tundras llenas de pieles. Pero un bosque o un campo no valen de nada si no hay gente que lo trabaje. En occidente no existía generalmente este problema pues los recursos eran escasos y la población abundante. El feudalismo sirvió para asegurarse este aporte de mano de obra.

En Rusia, en cambio, los rendimientos escasos de la tierra y la brevedad de las cosechas hacía muy difícil retener a los campesinos en las tierras. Además, teniendo una frontera infinita y siempre creciente hacia el este, los rusos simplemente se desplazaban a tierras vírgenes a roturar nuevas tierras y a ser sus propios señores, al estilo del Oeste americano. La única manera que tuvo el Estado Ruso de controlar esto fue fijar a los siervos al lugar donde nacían, y dar permiso a sus señores para perseguirlos y capturarlos. La población se convirtió en esclava y debido a la dispersión y la baja densidad de población no tuvo apenas oportunidades de organizarse o rebelarse.

Aislada en el campo, empobrecida, iletrada. Fanatizada por una Iglesia omnipresente, ferviente creyente de la naturaleza divina del Zar y ajena al progreso de los grandes núcleos de civilización de Occidente y Oriente, a más de 5000 km. El rural ruso se mantuvo en la edad media prácticamente hasta el siglo XX. Pero por lo pronto Rusia está a punto de comenzar una nueva Edad de Oro. Ha tocado fondo y allí ha encontrado las fuerzas para construir un Imperio, el tercero en estas tierras después del imperio comercial de la Rus de Kiev y del poderoso estado Moscovita que acababa de ser reducido a cenizas.

El volcán Huaynaputina, origen probable de las alteraciones climáticas en Rusia.

 

Los anillos de Moscú – III

Después de las invasiones mongolas que arrasaron el territorio aquí y ahora que los tartaros han empezado a dar menos miedo aquí, empieza una nueva etapa en la que Moscú se consolida como potencia.

 

Eñ Kremlin visto desde el puente de Bolshoy Kamenny, que por cierto fue el primero permanente de la ciudad

El Grande y el Terrible

 

Seamos honestos, las tribulaciones de Moscovia no eran desde luego una cosa excepcional. El siglo XV fue agitado en muchos sitios, una época de turbulencias bastante generalizadas. En Inglaterra los York y los Lancaster luchaban la guerra de las Rosas, mientras en Italia las ciudades estado parecían incapaces de alcanzar un equilibrio duradero. Castilla estaba terminando la Reconquista y Francia aún necesitaría decenios para terminar de librarse de la guerra de los cien años.

Pero después de las guerras civiles sucedidas en Moscovia se iba a producir una gran transformación. Allí donde el brillante Lorenzo el Magnífico fallaría en establecer una República duradera Iván III sentaría los cimientos de un gran Imperio. No por nada lo recordamos como Iván el Grande.

La cosa no pintaba bien al principio. Siendo un chaval de 22 años, en su primer año en el poder se encontró con que sus vecinos del norte, la república de Novgorod, pedía apoyo a la poderosa Mancomunidad Polaco-Lituana. Simultaneamente la Orden Teutónica, un poderoso estado semi-monacal que ocupaba los territorios bálticos de Livonia, decidía atacar el principado de Pskov. Todo problemas, pero Iván los superaría todos.

El recuerdo de las guerras civiles y la inestabilidad crónica del gobierno le motivó a emprender un proceso centralizador muy importante. Uno a uno subyugó a los príncipes y a la alta nobleza, destruyó sus instituciones y se libró de depender de ellos. El trono pasó de ser electo a hereditario y facilitó que las ordenes monacales roturaran nuevas tierras, aún a costa de que ganaran inmensas riquezas.

El país continuó extendiéndose a un ritmo frenético pero claro, no es como si faltara espacio en Rusia. Llegó hasta el Mar Blanco en el norte y hasta los límites de sus estados vecinos descendientes de las Hordas. Incorporó otros principados, tomó ciudades de Lituania y llegó casi hasta Kiev. Para 1493 ya se había ganado el sobrenombre de “Soberano de toda Rusia”.

También abrió el país al mundo exterior, estableciendo relaciones con Otomanos, Polacos, Daneses, Venecianos, Georgianos, Húngaros e incluso con el Sacro Imperio. Este último le ofreció el título de Rey pero Iván, orgulloso, lo interpretó como lo que era, un ofrecimiento de sumisión, y lo rechazó. Iván no necesitaba que nadie le regalase una corona.

Todo esto no fue fácil, claro. Los ingentes recursos desplegados salieron del abuso y la opresión, de unos impuestos asfixiantes y un dominio de hierro. No es como si otros monarcas europeos no hubiesen hecho lo mismo, por otro lado.

La Tercera Roma

 

Sería justo reconocer la buena suerte que tuvo en otros aspectos. Uno de ellos, habitualmente contemplado desde Europa como una tragedia, ayudó especialmente a consolidar su legitimidad. Nos referimos, claro, a la caída de Constantinopla. Habiendo fallecido su esposa trágicamente en 1467 pudo establecer matrimonio con Zoe Paleóloga, nieta del último emperador de Constantinopla. Los Paleólogos supervivientes a la caída de la capital en 1453 eran poco más que mendigos que vivían vendiendo sus títulos en otras cortes pero no se puede negar que prestigio tenían un rato largo.

El Águila Bicéfala de la dinastía de los Paleólogos

El matrimonio causó cierta desconfianza, pues Zoe estaba viviendo en la corte del Papa (que pagó su dote) y obviamente el ofrecimiento era un intento de traer a Moscovia hacia el lado del Cristianismo. Pero Iván aceptó el reto y, como se dice hoy en día, le dio la vuelta al relato. Adoptó el águila bicéfala Bizantina como estandarte personal y se cuidó muy mucho de que Zoe, que pasó a llamarse Sofía, pareciese una Ortodoxa excelente.

1480. Iván rechazando pagar tributo y rompe con el dominio Tártaro. Empieza otra era.

Es en esta época cuando se desarrolla la leyenda de la Tercera Roma, impulsada por la Iglesia y atribuida en parte a Filoteo, un monje de Psok. En 1510 proclama la mítica frase, “Dos Romas han caído. La Tercera se sostiene. ¡Y no habrá una cuarta! ¡Nadie reemplazará tu reino de zar cristiano!”

La frase, que lejos de ser triunfalista pretende ser apocalíptica (después de Moscú, el Apocalipsis) sirve como resumen de un proceso fomentado por la Iglesia y por el Estado para dotarse de autoridad y legitimidad.

A pesar de los desesperados intentos de Novgorod por mantener la paz, Moscovia aprovechó cada mínima excusa para ir a la guerra y aumentar sus territorios, deportando a la nobleza local y sustituyéndola por la suya para asegurarse una base de apoyo político fuerte, cediendo grandes parcelas en “alquiler hereditario” a sus nobles. Este sistema permitió también superar el problema de la escasez crónica de moneda acuñada. No pudiendo pagar los servicios de la nobleza con dinero lo hizo con tierras, de las que disponía en abundancia. Este sistema, además, en una época de crecimiento poblacional, permitió disponer de enormes ejércitos, hasta cuatro veces mayores que los que pudo movilizar su padre.

La caída de Constantinopla, además de la autoridad que se otorgó como sede religiosa, le permitió cubrir un hueco importante: personal cualificado. Y es que forjar un Imperio no es sólo cosa de un poderoso monarca con una gran voluntad. Las guerras y los imperios se ganan y pierden en las cocinas, y miles de griegos experimentados en labores de gobierno, logística, administración y otras funciones cubrieron los puestos necesarios para gestionar el colosal Imperio que se estaba gestando.

Quizá el mapa más antiguo de Moscú, de 1556.

Moscú, por supuesto, creció. La ciudad bullía con nuevas gentes y ciudadanos. Muchas lenguas distintas se hablaban, hubo un gran boom de trabajo para todo tipo de traductores que permitían la correspondencia desde Alemania hasta Nogai. Enviados y diplomáticos viajaron a todas las cortes a reunir información e inteligencia (ya se sabe, un diplomático es aquel que viaja al extranjero a mentir por su país). Y Moscovia aprendió a una velocidad sorprendentemente rápida a comportarse en las escurridizas arenas de la diplomacia.

Pero… ¿qué fue de los Tártaros? ¿Han desaparecido? No, y de hecho serían una amenaza hasta el siglo XVI, pero con Iván se viviría la independencia definitiva de ellos. Se valieron para ello de la ayuda de pequeños grupos de tátaros renegados que fueron poniendo a sueldo a lo largo de todo el siglo, siendo este el origen de los Cosacos y que resultaron eficaces para asegurar las tierras de cultivo de un enemigo siempre en movimiento.

Moscú en su estado habitual: preparándose para una guerra

En el otro frente las guerras constantes con Polonia y los Caballeros alcanzaron por ambos bandos el grado de Cruzada, lo cual les permitió justificar verdaderas masacres y atrocidades. En una batalla, por ejemplo, Iván probó una estrategia nueva en la que envió una fuerza de Tártaros y a la vez soltó 1600 perros entrenados contra el ejército enemigo, un hecho que inspiró a Shakespeare para hablar de “los perros de la guerra”.

Durante su reinado empezaron una serie de transformaciones en Moscú para adaptarla a su incipiente papel de capital imperial. En 1495 comenzó la construcción de las murallas del Kremlin que podemos ver hoy en día, diseñadas por el italiano Petrus Antonius Solarius. Moscú había alcanzado los 100.000 habitantes y era ya una de las ciudades más grandes del mundo.

Ivan III de Rusia

Ivan III murió en 1505 dejando el trono a su hijo Vladimir III, que iba a realizar políticas más bien continuistas. Se encontró un país de más de 2,5 millones de km2, algo más pequeño que Argentina, pero mucho más grande que el que su padre había recibido. En 1508 se terminó de construir la torre del Reloj y entre 1536 y 1539 se terminaron los muros que cerraban Kitay Gorod, que hoy son presentes en la forma de una cadena de plazas famosísimas que incluyen la del Teatro (donde está el Bolshoi), la de la Lubyanka, Staraya o la de la Revolución.

También se dio forma a la Plaza Roja, inicialmente conocida como “campo santo”. El río Moscova y el Neglinnaya, que hoy en día transcurre subterraneo, fueron unidos por un foso de 36 metros de ancho.

Marcada en amarillo, Kitai Gorod
Crecimiento de Moscú, contorno de las murallas de Kitai Gorod

Al borde estuvieron de una crisis dinástica, pues la primera mujer de Vasili resultó ser estéril y en 20 años no pudo dar un heredero. Finalmente, no confiando en sus hermanos y para disgusto de la Iglesia, mandó a su mujer a un monasterio, se casó de nuevo y tuvo por fin el hijo que se esperaba. El rechazo, sin embargo, fue fuerte. Se abría una brecha entre los ultraconservadores que no querían cambiar nada y los aperturistas que entendían que el nuevo papel como potencia de Rusia implicaría cambios. Para empeorarlo todo realizó un acto inesperado: se afeitó la barba. Los príncipes rusos hasta ahora habían sido todos hípster con barbaza, pues así se suponía que era la imagen de Dios, pero Vasili desafió simbólicamente este estatismo.

Todo se prometía feliz para el naciente Imperio Ruso. El paso definitivo tendría que darlo aquel que iba a recibir por primera vez el título de Zar: Ivan IV, al que conoceréis mejor como Iván el Terrible.

El tirano atormentado

 

16 de enero de 1547. Un chico de 16 años, alto y corpulento espera la ceremonia de investidura. Ahora que es mayor de edad y después de unos años de regencia de su madre Ivá recibirá la cruz pectoral, el collar de oro y el gorro de Monómaco, enseñas que le señalan como Autócrata y soberano de toda Rusia.

Iván IV es una figura polémica y desde el primer minuto despertó la desconfianza de muchos. Ahora que se acercaba peligrosamente al Báltico los alemanes se acojonaron y empezaron una campaña de difamación desde casi el minuto cero, ayudados por el reciente invento de la imprenta. Hay un hilo ininterrumpido desde los comerciantes alemanes difundiendo los “barbarismos” rusos hasta los discursos de Reagan calificando a Rusia como “El Imperio del Mal”.

No me entendáis mal, es obvio que se cometieron atrocidades, pero probablemente fueron exageradas en gran medida. Se habló de descuartizaciones, torturas y comportamientos bárbaros por parte de los rusos desde el principio pero en el contexto de su tiempo probablemente no fue mucho peor que otros reyes. En la misma época Pizarro conquistó el imperio Azteca, Luis XI permitió las masacres del día de San Bartolomé y la reina Mary quemaba vivos a protestantes en Oxford. Interesado en la religión, se metió en discusiones teológicas con el Papa y mandó ejecutar a su propio Metropolitano.

Sus años de infancia habían sido complicados (su madre fue envenenada, el puesto de regente ocupado por muchas personas que acabaron depuestas o asesinadas). Esto sumado a tratamientos médicos a base de mercurio probablemente no sentaron demasiado bien a su salud mental, que le llevaría a periodos cada vez peores de irritabilidad, cambios de humor y ataques de ira. Desde 1560, además, con la muerte de su mujer y sospechas de que había sido envenenada por sus propios boyardos que fueron confirmadas en la autopsia, se convirtió en una especie de fanático religioso siempre enfadado.

Pero vale, de acuerdo, sabemos quién manda allí pero… ¿Qué os encontraríais si visitaseis la ciudad en ese momento?

Kremlin ruso alrededor del siglo XV

Pues veríais una ciudad ajetreada y bulliciosa, construida toda ella con edificios de madera. Las casas, amplias y con jardines y huertas generosas, hacen parecer incluso más grande de lo que es a una ciudad que no es pequeña. Sus gentes van con frecuencia a alguna de las muchas iglesias y monasterios y se santiguan frecuentemente (al revés que los católicos, por cierto).

San Basilio en verano

Si tienes la mala suerte de visitar la ciudad durante un crudo invierno encontrarás la tierra cuarteada por el frío y a las personas envueltas en pieles de todo tipo, desde martas hasta gatos. El zorro, la mejor piel, se reserva para los viajes.  Mangas ceñidas, casacas largas sin pliegues y botas rojas con clavos de hierro completan el cuadro del moscovita de a pie, que probablemente luzca además una generosa barba.

En la plaza Roja se desarrollan los trabajos de la catedral de San Basilio, terminada en 1561, y en las afueras alguna de las nuevas murallas, según en que año hubieses llegado.

El país siguió creciendo guerra tras guerra y finalmente llegó al límite de lo conocido: las llanuras planas pobladas por rusos se acabaron. Los rusos habían llegado al Caucaso y a Siberia, y con ello se convirtieron en un país colonial, multicultural y diverso. Muchos disgustos y guerras llegarían de las impresionantes montañas que ahora descubrían, pobladas de extrañas tribus.

Crecimiento de Moscú durante el siglo XVI

Pero tanto crecimiento terminó por hacer que sus enemigos se uniesen entre sí. La expansión por las costas del Báltico, conquistando lo que hoy es Estonia y Letonia con armas modernas y cañones, llevó a que Alemanes, Suecos, Polacos, Lituanos y la liga de la Hansa empezaran a trabajar juntos para frenar sus ansias expansionistas.

En el plano interno, Iván seguía obsesionado con asegurar su poder. Eliminó a todos los rivales políticos que encontró y fundó la infame Oprichnina, básicamente un grupo de matones paramilitares reclutados entre lo peor y más salvaje de la sociedad, a menudo directamente excriminales, que extendieron su reino de terror entre la sociedad. Necesitado de dinero para sus campañas Iván mandó a sus matones a exprimir a la población (en Novgorod mataron a 30.000 personas en un saqueo especialmente sanguinario ¡en su propio país!), y se apropió de monopolios como el del alcohol. Incluso hizo algún intento de restringir las riquezas de la Iglesia, uno de sus principales apoyos políticos a la vez que el principal terrateniente de Rusia después de dos siglos acumulando terrenos y donaciones.

Dispersó las posesiones de la nobleza para evitar que tuvieran bases de poder donde poder reclutar ejércitos, algo lógico viendo como en Lituania, el país vecino, el rey no tenía apenas autoridad y la nobleza hacía y deshacía como quería por culpa de unas leyes mucho más laxas. En cambio Iván pudo completar la revolución empezada por sus antecesores que hizo a la nobleza dependiente de la corona y centralizó el estado, aplicando un nuevo código legal que acababa con los privilegios judiciales de la nobleza, el Sudébnik de 1550.

Uno de los muy escasos restos de las murallas de Kitai Gorod

En 1571 una nueva guerra contra los tártaros de Crimea acabó con Moscú conquistado y arrasado de nuevo, excepto el Kremlin. Los registros dicen que de 200.000 habitantes apenas sobrevivieron 30.000

En cualquier caso, la ciudad se recuperó rápido y en 1592, después de rechazar otro ataque, empezó la construcción de la siguiente capa de baluartes, de los que hoy no quedan apenas restos pero que marcan lo que conocemos como el “anillo de los boulevares”. Con este anillo queda ya casi completado el marco del centro de Moscú, que en posteriores épocas se iría rellenando.

Las murallas de Kitai Gorod han dejado paso al “anillo de boulevares”
Moscú crece y abarca por primera vez el otro lado del río con las murallas de Beli Gorod

Pero ah, la expansión y la guerra permanente tuvieron un precio. Forzados los límites, la cuerda se rompió. Una importante crisis económica se desató y muchos campesinos abandonaron pueblos enteros. El estado no tenía capacidad para acumular riquezas que respaldaran una moneda sólida y por lo tanto empezó a pagar los servicios militares a los nobles con tierras. Pero claro, las tierras no sirven de nada si no hay quien las trabaje, así que se empezó a restringir la libertad de movimiento de los campesinos, el primer paso en el camino que llevaría a la virtual totalidad de la población rusa a convertirse en siervos.

Finalmente, para 1580 las ansias imperialistas se vieron frenadas definitivamente. Polonia y Suecia, una gran potencia militar en esa época, frenaron a Rusia en el Báltico. Al sur, los turcos hicieron lo mismo. El propio Iván, después de muchos años de triunfalismo, entró en un periodo depresivo, consciente de cómo había destruido su reino. En 1581, en un ataque de ira, incluso mató a su hijo de un bastonazo. Arruinado, rodeado de enemigos, con profunda disensión interna y la población agotada, y sin un heredero para sucederlo, Iván se preparó para lo peor. Su última conquista, un año antes de morir, fue el Khanato de Siberia.

En 1584 exhaló su último suspiro. Iván el Terrible había muerto, sin herederos, y con él una dinastía, los Ruríkidas.

Y Rusia entera se hundió en el caos.

Ivan con su hijo moribundo entre los brazos, pintado por Ilya Repin. Esa mirada.

Los anillos de Moscú – II

Aquí habíamos dejado las llanuras rusas arrasadas y dominadas por el aparentemente invencible ejército Mongol. El primer imperio Ruso, la gran federación comercial que formaban la Rus de Kiev y Novgorod, ha sido desmantelada.

 

La rendición de Mihail, que acabó en ejecución.

Bajo el yugo oriental

Mihail Vselvolodovich fue el último gran príncipe en ser derrotado por las hordas mongolas. Después de muchos años convulsos y asumida la imposibilidad de la derrota, se dirigió a la nueva capital de los Mongoles, Sarai, a negociar su rendición. La leyenda dice que estaba dispuesto a rendirse pero que se negó a adorar a los dioses paganos y por ello fue asesinado y su cuerpo arrojado a los perros. Sucedió en 1246 y después de ello ya nadie opuso resistencia. Como hemos comentado, en lo siguientes años cayeron Suzdal, Smolensk, Kursk, Rostov, Tver, Vladimir. Cientos de miles de muertos (quizá hasta medio millón), años de caos y destrucción. Unos años terribles.

Pero del vacío de poder resultante en las estepas surgió la oportunidad que llevaría al desarrollo de Moscú como gran Principado y, posteriormente, el Imperio Ruso. ¿Habría sido lo mismo sin la invasión mongola? Imposible saberlo. Es probable que Novgorod hubiera seguido siendo una próspera federación comercial en el norte y Kiev un poderoso estado en el sur. En rigor, no hay demasiados motivos para que Moscú triunfara en el medio de la nada excepto, quizá, estar en el medio. Siendo una posición central con fácil acceso a toda la llanura rusa y rodeada de bosques deshabitados que reducían los conflictos, supo jugar bien sus cartas. Pero eso es Historia ficción, y la Historia real es suficientemente interesante.

¿Cómo fue el llamado yugo mongol o tártaro? A decir verdad, fue a la vez terrible y no tan malo. Como invasores demandaron tributo y pleitesía, pero no se metieron demasiado en la vida de la gente. Prefirieron delegar la gestión a los pequeños principados para que fueran ellos los que cargaran con el marrón de la recaudación de impuestos. Advertidos por Genghis Khan, abuelo de Batu Kan, los mongoles mantuvieron su estilo de vida nómada, separados de las ciudades que ahora controlaban. Fundaron una gran capital no demasiado lejos de donde hoy está Volgogrado, Sarai, de la que nada queda hoy en día.

Religiosamente eran extremadamente tolerantes, incluso después de convertirse al Islam, y nunca pretendieron asimilar a los invadidos. Por otro lado al final de su dominio, en los siglos XIV y XV, empezaron las razzias para conseguir esclavos. También secuestraron y deportaron a su territorio sistemáticamente a artesanos cualificados, ralentizando el desarrollo. Y todo lo que tenían de tolerante lo olvidaban rápidamente cada vez que había un fallo, una disminución en la recaudación o una amago de revuelta, pues entonces montaban en sus caballos de nuevo y arrasaban e incineraban las ciudades hasta los cimientos. En Kiev, antaño una de las grandes ciudades de Europa, se dice que no dejaron más de 200 casas en pie y montañas de cráneos humanos en las calles.

Pero vamos a cerrar el foco, porque la historia del Este es infinita, y volvamos a Moscú, al que desde hace unos años llamamos ya Gran Ducado de Moscú. Lo dirige con firme pero pacífica mano Daniel I de Moscú, cuarto y último hijo de Alexander Nevsky. ¿Quién era este Nevsky, que da nombre hoy a una de las principales avenidas de Moscú?

Gobernador de Novgorod, en el norte, recibió su legendario nombre por la batalla del río Neva, donde en inferioridad de condiciones derrotó nada menos que al ejército sueco, comandado por el mismísimo fundador de Estocolmo Birgerl Jarl.

Y aunque fue una gran victoria, la verdad es que la amenaza en su época venía todavía de occidente y no del este. Suecos, la Orden Teutónica y los reinos católicos, todos se llevaban más bien regular con los primeros rusos. Necesitado de aliados, Alexander Nevsky quiso aliarse con los mongoles. Batu Khan le pidió que se arrodillase y también se negó (veo un patrón aquí), pero tuvo mejor suerte y no sólo salió de la reunión con vida sino que fue nombrado gobernador de Vladimir y de Kiev. Y nombrado de esta manera Gran Príncipe, es el gran artífice de la idea de unión de todos los principados rusos. Pero ah, la vida, finalmente Nevsky murió y sus tierras y títulos se repartieron entre sus hijos. Fue entonces cuando Daniel recibió Moscú, el menos importante de todos, una ciudad de provincias sin más. De momento.

Roma no se hizo en un día

Daniel adoptó una política poco épica pero sensata de colaboración con el enemigo que sus sucesores siguieron con éxito. También fue el iniciador de otro de los “anillos”, en este caso un anillo de monasterios alrededor de la ciudad que, lejos de ser sólo lugares de oración, eran fortalezas y formaban parte de la estructura defensiva de la ciudad.

Uno de los monasterios, construido en 1357. Es uno de los edificios más antiguos conservados.

Básicamente, colaboró con los mongoles en todo lo que le pidieron para conseguir que les dejasen tranquilos. Sus sucesores Yuri e Ivan I llevaron la misma estrategia hasta 1341, época cada vez más próspera en la que la ciudad creció, se desarrollaron los barrios de mercaderes hacia el este y se construyeron las grandes catedrales blancas, la de la Asunción (1326), Nuestro Salvador (1330), San Miguel (1333), y el campanario de San Ivan (1329).

Se ampliaron los muros de la ciudad, integrando los nuevos barrios, y la economía mejoró a base de ir acumulando poder sobre sus vecinos.

El crecimiento por fases del recinto del Kremlin

La verdad es que no jugaron limpio siempre. Por ejemplo, en 1327 la ciudad de Tver, principal poder entre los rusos, se rebeló contra los mongoles. Condujeron un ejército y pidieron ayuda a Moscú, sus hermanos de sangre y lengua. Sin embargo, estos básicamente se hicieron los locos, e incluso ayudaron a los mongoles a aplastar la rebelión. Y de nuevo, sobre el vacío de poder crecieron, y la ciudad creció de nuevo con los refugiados del recién devastado territorio. Los mongoles permitieron este crecimiento de Moscú para mantener el equilibrio entre principados primero y como contrapeso con el cada vez más poderosos reino de Lituania. En el proceso Ivan se convirtió en el hombre más rico de Rusia (así ganó el sobrenombre de “Kalita”, básicamente “el tipo forrao ese”) y con las nuevas riquezas continuó comprando terrenos y fincas arruinadas alrededor de la ciudad y financiando nuevas iglesias, pues poco antes el Metropolitano Ortodoxo había trasladado su sede a Moscú.

El Kremlin en el siglo XIV, la época de Ivan Kalita

Más tarde, de nuevo, ignoraron la petición de ayuda de Novgorod contra los suecos, dejando que sus competidores del norte quedasen tocados de muerte. Y los moscovitas continuaron acumulando poder. La peste devastó las tierras centrales en esa época, matando incluso a su gobernante en 1353, pero finalmente eso también pasó y la ruina completa de otras ciudades menores al final resultó ser beneficiosa.

Los mongoles habían olvidado las enseñanzas ancestrales del “divide y vencerás” y se acomodaron, dejando a Moscú acumular demasiado poder. De hecho, pronto tuvieron un primer susto.  En 1380, aprovechando un conflicto de sucesión entre las diferentes hordas (la horda de Oro, la horda Azul… las hay de diferentes colores), Moscú trató por primera vez de liberarse del dominio Mongol.

Camino a la independencia: primer asalto

La ciudad ya tenía un foso y una muralla nueva de trinque, levantada en 1368 con piedra caliza blanca; recursos abundantes, el próspero barrio comercial de Zaryadye que crecía al este del Kremlin y un perímetro defensivo de monasterios fortificados. Además, los rusos contaban con una verdadera innovación, las primeras armas de fuego, que los Mongoles no utilizaban. De esa época tenemos la primera mención a un cañón en tierras rusas. Derrotaron el ejército mongol en la épica batalla de Kulikovo, un hito en la historia nacional de Rusia, pues los rusos lucharon por primera vez unidos como rusos y no como súbditos de principados distintos.

Pero la Horda se reagrupó y trató de atacar Moscú. Las fuertes defensas fueron eficaces y repelieron el ataque y de nuevo la victoria parecía posible. Dimitry, gobernante de la ciudad, no se encontraba en ella en ese momento pero sus generales habían causado grandes bajas al atacante. Pero los mongoles amagaron una oferta de paz y sedujeron a uno de ellos, invitándole a abrir las puertas para negociar e insinuándole que sólo odiaban a Dimitry y que le pondrían a él de gobernador. Menudo idiota.

Abrió las puertas, claro, el muy avariciosos, y los mongoles entraron y pasaron a la población a cuchillo. Quemaron edificios e iglesias, robaron todo lo que pudieron y se llevaron esclavos. De 40.000 habitantes con que contaba la ciudad, 24.000 murieron esa semana. El dominio de la Horda sobre Moscú quedó asegurado para casi cien años más.

 

El asedio de Moscú en 1382
Destrucción de Moscú por Tokhtamysh tras su intento de revuelta.

Ah, pero Moscú es dura de pelar. Los supervivientes se pusieron manos a la obra y la ciudad se levantó de sus cenizas. De acuerdo, no había logrado la independencia, pero su siguiente gobernante se anexionó en los siguientes años Nizhny Novgorod, Kaluga, Vologda… multiplicando enormemente el territorio del principado.

Y mientras tanto, el control Tártaro seguía debilitándose. No tanto por iniciativas militares rusas, sino por tensiones internas y un lento pero inexorable repliegue de los invasores. El principio del siglo XV fue agitado, con constantes revueltas y la primera guerra civil sucedida en territorio moscovita, que se prolongó hasta 1453, ese año clave que siempre se ha tomado como punto de inflexión de la edad media.

Vaya, parece que nos hemos olvidado un poco de la ciudad y el urbanismo, que se supone que iba a ser el tema. La verdad es que en esta época las ciudades rusas aún son pequeñas, crecen relativamente despacio y de manera orgánica y son constantemente destruidas, así que con las pinceladas que hemos dado se explica bastante. Sin embargo, me parecía importante hacer un rápido resumen de la historia fundacional rusa. Sospecho que es un país del que la mayoría no sabemos demasiado, especialmente sobre tiempos premodernos, y sin embargo tienen una historia fascinante.

Por hacer un repaso, los hitos urbanos principales son la construcción del anillo de murallas de piedra, la red de monasterios fortificados, las nuevas catedrales y el desarrollo de Zaryadye y otros barrios a lo largo de tres calles principales de la ciudad, a saber: la calle Varvarka, Ilyinka, y Nikolskaya, que se ven en el mapa. El barrio de Zaryadye no os molestéis en buscarlo porque a los urbanistas soviéticos “les venía mal” y lo demolieron por completo en 1947.

El barrio de Zaryadye. El mapa es de 1881 pero os sirve para hacer una idea.
En rojo, el Kremlin. En amarillo las calles principales. Desde abajo: Varvarka, Ilynka y Nikolskaya

¿Por qué paramos aquí hoy?

Porque el siguiente capítulo es muy jugoso y merece tiempo propio. Y es que amigos, la caída de Constantinopla supuso una gran sacudida y la excusa perfecta para empezar la intensa campaña religiosa para realzar Moscú, convertirla en “la Tercera Roma”. Además, el siguiente gobernante no fue un cualquiera: en 1462 llegará un nuevo príncipe durante cuyo larguísimo mando de 43 años Moscú se convirtió en un estado independiente y empezará su dominación sobre toda Rusia.

Llega el turno de Ivan III Vasilyevich, “El Grande”

Ivan III, que aquí parece un abuelete majo.

Los anillos de Moscú – I

Empiezo una serie que promete ser larguísima sobre la historia de Moscú. Esta es una ciudad fascinante desde cualquier punto de vista, ya sea histórico, social o, desde el que pretendo orientarlo yo, arquitectónico urbanístico. La serie se llama “Los anillos de Moscú” por la particular morfología de la ciudad, que sin ser la única que ha crecido de esta manera si es una especialmente representativa. Sin más, os dejo con una primera parte a modo de introducción y contexto. Espero que resulte interesante. Dentro Moscú. 

 

Diez casas de madera a la orilla del río

 

A la orilla septentrional del río, en la confluencia con un pequeño afluente, se alza una pequeña loma de unos cuarenta metros de altura. Un pequeño asentamiento rural sin importancia la ocupa desde hacía siglos, sus habitantes viven de la pesca y el comercio en la ruta que une norte y sur.

Había venido a reunirse con Sviatoslav, fugitivo de Kiev, y el lugar parecía apropiado para un encuentro clandestino. Su nombre era Yuri Dolgorukiy, príncipe de Suzdal, y en el mismo lugar de la reunión mandaría construir nueve años después una modesta fortificación con una empalizada de roble. Como otras en una situación semejante recibió el nombre de Kreml, ciudad alta. Y casi nueve siglos después sigue siendo el corazón de la Madre Rusia.

Vamos a contar la historia de Moscú, la ciudad de los mil anillos.

Yuri, fundador de Moscú. Por el gesto deducimos que no levantó precisamente él las murallas a mano.

El tal Sviatoslav huía después de la muerte de su hermano, el Gran Príncipe. Junto con su otro hermano habían buscado refugio al norte buscando apoyos para ganar el trono de nuevo para la familia. La Rus de Kiev era uno de los estados más poderosos del norte de Europa y los movimientos alrededor de su control fueron siempre frenéticos, en parte también porque en realidad no era un estado sino una especie de confederación de principados, pequeños feudos de los que salían ambiciosos aspirantes al trono.

Hay diversas teorías sobre el origen de la Rus, según a que historiadores uno quiera estudiar. Una que parece bastante probable sostiene que una pequeña élite de Varegos, vikingos llegados de Escandinavia, dominó a una población original de tribus eslavas. Inferiores en número, pronto habrían adoptado la lengua y costumbres eslavas. El caso es que el estado prosperó rápidamente gracias a la abundancia de miel, cera, pieles y esclavos; y a su control de varias importantes rutas comerciales entre el Báltico y el Norte a un extremo y Constantinopla, el Mar Negro y Bagdad al otro.

Nuestro amigo Yuri era el menor de seis hermanos y había recibido de su padre el Principado de Suzdal, ciudad antigua y noble pero no demasiado importante. Durante toda su vida se dedicó a levantar fortalezas y aumentar su poder, pues como príncipe de la dinastía Ruríkida aspiraba también al trono de Kiev. Numerosas ciudades rusas tienen su origen en sus trabajos.

Yuri, de hecho, logró su objetivo. En 1149 conquistó la ciudad de Kiev, aunque apenas mantuvo su control dos años. Fue expulsado, pero en 1155 la recuperó, aprovechando el tiempo para establecer ese pequeño fuerte del que hemos hablado a orillas del río Moscova.

No disfrutó de un largo reinado pues murió envenenado en 1157 pero su papel fue clave para desplazar el  poder hacia el norte en un proceso que, con el tiempo, haría de Moscú el principado dominante cuando la Rus se descompuso en mil pedazos con la invasión de los Mongoles.

Mientras tanto Moscú no perdió ninguna ocasión de crecer. Moscú siempre ha sido el refugio natural de desesperados y desamparados de toda la llanura Rusa. Campesinos y refugiados huyendo de la Horda de Oro hace seis siglos, proletarios buscando un puesto en una fábrica en el siglo XX o Caucasianos y Uzbekos en busca de un futuro mejor hoy en día, podríamos decir que Moscú ha crecido casi siempre a su pesar.

El Kremlin de Moscú en sus primeros tiempos

Burgos en la estepa

Pero volvemos al siglo XIII. Los príncipes de Kiev y Galitzia, unidos en singular alianza, habían respondido al llamado de los Cumanos con decisión. Antiguos enemigos de la frontera oriental, ahora estaban demasiado asustados como para suponer una amenaza y traían noticias nada alegres del este acerca de un enemigo salvaje y sanguinario. Precavidos, los príncipes reunieron más 30.000 soldados junto al río Kalka, en la actual zona de Donetsk. Bien armados y valientes, habían derrotado ya los puestos avanzados de los mongoles y les restaba cruzar el río para acabar con el grupo principal, lo cual hicieron a mediodía. La victoria parecía posible por fin. Y sin embargo, perdieron.

Los mongoles atacaron con fiereza. Su caballería ligera atacó ambos bandos e hizo retroceder a los rusos hasta un perímetro defensivo formado por carros, pero fue inútil. Antes del final de la tarde la desbandada era total.

Tres días después el resto del ejército de Kiev cayó también y las consecuencias fueron desastrosas. La mayoría de los príncipes murió en batalla y el noventa por ciento del ejército sucumbió con ellos. Los restantes se rindieron ante la promesa de los mongoles de no derramar la sangre de los prisioneros, pero estos procedieron a amontonarlos atados unos encima de otros, al borde de la asfixia. Después colocaron una tarima de madera sobre los cuerpos y celebraron una multitudinaria fiesta encima. Todos murieron aplastados. Supongo que hay diferentes maneras de cumplir una promesa.

El saqueo de Sudzal, capital del principado

Esta batalla marca el comienzo del fin de la Rus y permanece en la memoria colectiva de Rusia. Algunos historiadores incluso quieren ver en los años de dominación mongola el motivo del atraso institucional ruso respecto a Europa y el origen de la tradición despótica-oriental allí, aunque esto no es compartido por todos.

El caso es que para el tema que nos afecta, que es Moscú, fue también un duro golpe. Tardaría años en recuperarse, aunque corrió mejor suerte que otras como Riazan, que simplemente desapareció de la faz de la tierra.

Y es que quizá va siendo hora ya de hablar de Moscú, como hemos prometido.

La última vez que la hemos visto teníamos una fortaleza de madera a las orillas de un río, un río cuyo nombre no tiene un origen claro. Algunas teorías lo relacionan con la palabra de origen proto báltica-eslava para “pantano”, “aguas estancadas o tranquilas”. Un río en un cenagal, pues, con una colina en medio, un buen lugar para defenderse de enemigos. Esta colina está distribuida en tres terrazas y su punto más alto llega a los 145m

Moscú alrededor del siglo XIV. Por hacernos una idea

Los primeros habitantes de la región eran de la tribu eslava de los Vyatichi y además de otros puntos de la zona ocuparon la colina que entonces se llamaba ”Borovitskiy“, nombre que recibe por los bosques de pino que había junto al río. Hay presencia humana desde el segundo milenio a.C pero el asentamiento que terminaría convirtiéndose en la ciudad de hoy data del siglo XI

Hemos visto que esta bien situada en la cabecera del sistema fluvial del Volga, lo cual le garantizó siempre cierto flujo de comerciantes y gentes de toda la región, pero lo cierto es que no se convirtió en una ciudad demasiado grande. Ni por asomo tenía las murallas que vemos hoy en día rodeando el Kremlin, que llegarían en el siglo XV, sino que tenía una de madera con un perímetro de unos 850 metros y un foso alrededor de 14 metros de ancho.

En las siguientes décadas creció bastante hacia el este, siguiendo el río Moscova en dirección al hoy soterrado afluente Neglinka, más allá del foso y hasta una gran zona despejada donde se celebraba el mercado. Aún es posible reconocer esta explanada en la ciudad moderna pero ahora la conocemos por otro nombre: la Plaza Roja.

Kremlin, por otra parte, hemos dicho que es la palabra para “ciudad alta”, pero etimológicamente es el equivalente al más familiar “Burgo”. La almendra central de la ciudad que recibe este nombre es el corazón de la ciudad, alrededor de la cual se han ido realizando a lo largo de los siglos sucesivos perímetros de murallas. Es, probablemente, una de las ciudades de Europa que mejor representa este tipo de ciudad radial de crecimiento por anillos, que es lo que al final nos ha traído hasta aquí. Y el Kremlin y sus murallas constituyen el primer anillo.

De cuando Moscú aún era un poblacho, y con todo es mucho después de lo contado hoy.

Pero la verdad, todas estas ventajas defensivas sirvieron de poco ante los mongoles.  Aunque aguantó el asedio durante cinco días, defendida por el hijo de Yuri,  finalmente los Mongoles tomaron la plaza. Una ciudad de casas de madera, completamente arrasada y quemada, se recuperaría sin embargo bastante rápido con la llegada de refugiados de otras zonas de la Rus y alcanzó pronto un tamaño respetable con el que en unos decenios disputaría su puesto de nuevo a sus vecinos. El desarbolado territorio eslavo iba a recibir pronto un nuevo impulso de manos de otra de sus míticas figuras fundadoras: Alexander Nevsky, el Santo.