Fordstable: historia de una ciudad americana (III)

Puedes encontrar la historia de Fordstable desde su establecimiento como un puesto avanzado maderero aquí y su posterior consolidación como la gran ciudad de West Sylvania aquí

CAPÍTULO II: LA CIUDAD BLANCA

 

Esa mañana de octubre el teniente de alcalde Walter Ladzinski estaba inusualmente nervioso. Le habían encargado un discurso en la inuguración de la feria por el asunto de Marianne y el Smithsonian. Marianne era una locomotora, la primera que había circulado en Fordstable, y la habían bautizado así en honor a un grupo de inversores franceses que había sido crucial en la compra de los terrenos de la estación central. Ahora el museo la incluiría en su colección y el diría algunas palabras. Tampoco era un evento importante, sólo una más de las inauguraciones de los muchos pabellones que cubrían Jackson Park, pero hablaría justo después del gobernador de West Sylvania y esperaba hacer un buen papel para usarlo como excusa para aproximarse a varios grupos de inversores que asistirían al evento. El Alcalde, que ya había ido a la feria en mayo para la verdadera inauguración, se había negado a hacer el largo viaje de nuevo.

Lo que más nervioso le ponía era el idioma, claro, pues aunque llevaba ya casi 20 años en América todavía arrastraba un fuerte acento polaco que cualquiera notaba sin esfuerzo. Había abandonado su nombre original, Władysław, en el registro del puerto cuando llegó al país, pero algunas cosas nunca cambiaban. Su mujer, que aunque también tenía origen polaco había nacido ya en Fordstable, trataba de animarlo.

La Expo de Chicago

Al final la cosa fue mejor de lo esperado, apenas trastabilló en un par de palabras y recibió calurosas felicitaciones. Vino mucha más gente de lo esperado pero quizá eso no debía sorprenderle ¡Había tanta gente! Más de setecientas mil personas se concentraron ese día en los dos recintos. La asistencia había ido creciendo cada día y ahora que quedaba menos de un mes para su cierre el público se precipitaba. Nadie quería perderse el que ya el acontecimiento del siglo, todos querían descubrir las maravillas de la técnica y subirse a la rueda de Ferris.

La rueda de Ferris, pensada para impresionar y ser un símbolo como lo fue la torre Eiffel

América, en ese año de 1893, giraba alrededor de Chicago.

Aunque para muchos no es más que una efeméride más, una línea en un libro de texto cuando se habla de la “época de las grandes Exposiciones Universales”, es difícil sobrevalorar la exposición universal de Chicago. La de París nos ha dejado la torre Eiffel, las de Barcelona son bien conocidas en España, pero… ¿Cómo fue la feria de Chicago?

Pues la verdad es que fue una cosa asombrosa. Conseguida después del éxito de París y argumentada con el 400 aniversario del descubrimiento de América por los europeos, se organizó a velocidad record en apenas dos años, partiendo de la nada más absoluta (ni siquiera tenían terrenos elegidos).

Muchas cosas se mostraron al público por primera vez allí. El primer cine comercial o la primera cinta de transporte de personas. Las hamburguesas y la soda se convirtieron en una comida popular en ese momento. Hubo exposiciones de material bélico y de horticultura, muchos vieron las primeras orquídeas allí. Hubo un pabellón multirreligioso y tres réplicas a escala real de las carabelas de Colón, construidas en España y enviadas hasta Chicago.

Las réplicas de los barcos de Colón, rumbo a Chicago.

Frank Lloyd Wright acudió y descubrió un mundo nuevo en el pabellón japonés que allí se había levantado y un expositor construyó una réplica a escala del puente de Brookling con pastillas de jabón.  El edificio de manufacturas y artes liberales aún sería el tercero más grande del mundo si siguiera en pie, y como el resto de edificios fue pintado con pintura en spray especialmente inventada para la ocasión. Las grandes compañías eléctricas pujaron por ser suministradoras de la feria, siendo Westinghouse con su corriente alterna la que lo logró. En su edificio se exhibieron varios inventos de Tesla. Un pabellón entero fue dedicado a mujeres artísticas y diseñado por Sophia Hayden, nacida en Chile y primera arquitecta licenciada en el MIT.

Sophia Bennett, primera arquitecta del MIT
El Palacio de las Artes Mecánicas, uno de los mayores edificios del planeta.

Veintisiete millones de personas visitaron la feria, un record impresionante en un país que tenía 63 millones de habitantes. Si, a París habían ido 35 millones, pero contaban con todo el continente Europeo alrededor. Pero… ¿viajar hasta América? Eso sólo estaba al alcance de unos pocos. Chicago tuvo que movilizar a todo el país para triunfar, y bien que lo consiguió. La gente sabía que estaba viendo el futuro. América no sería lo mismo después de esto.

El estilo de los grandes edificios públicos bebería directamente de esta Exposición
El pabellón de las Mujeres en la expo

Pero aunque de la exposición hay mil cosas fascinantes que contar nos interesa especialmente un aspecto. Y es que sobre todas las otras cosas en los visitantes predominó una sensación de asombro, de grandiosidad proporcionada por el conjunto arquitectónico-urbanístico de la exposición.

Dos titanes fueron los principales responsables, autores del concepto urbano y del paisajismo, ayudados por una multitud de otros arquitectos para el diseño de pabellones y edificios. Frederick Law Olmsted, quizá el paisajista más famoso de América, diseñador de Central Park, Prospect park, el conjunto de las cataratas del Niágara o el cinturón Esmeralda de Boston, fue el encargado del paisajismo y la jardinería.

Daniel Burnham, por otro lado, pues el encargado del planeamiento urbano y de la dirección arquitectónica. Cómo mínimo os sonará el Flatiron de NYC pero es sin duda alguna uno de los arquitectos más influyentes de la historia de USA. Ahora veremos por qué.

 

El Flatiron Building

 

CITY BEAUTIFUL

 

Walter se despertó con el cambio de velocidad del tren cuando este empezó a frenar. Se acercaban por fin a la ciudad y la velocidad debía ser mucho menor pues las vías pasaban muy cerca de las viviendas en la periferia. Era un día nublado y deprimente y el paisaje no ayudaba en absoluto. Fila tras fila de grandes bloques de ladrillo sucio y ennegrecido, los famosos Tenements, pasaban por delante de las ventanas, las calles sin asfaltar y gente por todas partes vendiendo cualquier baratija en tenderetes o simplemente tirada por las esquinas.

Las enfermedades y plagas aún golpeaban lo insalubres barrios obreros.

Allí no había ningún ciudadano respetable, los “afortunados” que contaban con un trabajo estaban a estas horas haciendo su turno en alguna de las fábricas enormes o en los mataderos que habían crecido en las afueras aprovechando el precio de los terrenos que los coches de línea hacían ahora accesibles a los trabajadores. En la calle solo había niños pequeños, mujeres y ancianos mutilados supervivientes de la guerra civil. El panorama era desolador y Walter recordó una de las conferencias a las que había asistido en Chicago ocho años atrás de un joven arquitecto del despacho del señor Burnham. Se arrepentía ahora de no haberle invitado a la ciudad para que explicase las nuevas ideas.

Desgraciadamente la crisis del 93, que se había llevado por delante al anterior alcalde dejándole a él la responsabilidad de hacer algo con el casi 19% de parados que llegó a haber en la ciudad, hizo que se olvidaran rápidamente todas esas cosas.

Los terribles Tenements donde se hacinan los obreros junto al tren.

Ahora, sin embargo, las cosas marchaban bien de nuevo. Terminaba la época que ahora conocemos como “Gilded Age” y los grandes industriales que habían hecho inmensas fortunas alrededor del tren, el acero, los vapores o el ganado pensaban nuevos usos para su capital.

La verdad es que Walter recordaba los días de la Feria con alegría. La visión de la magnífica “Ciudad Blanca”, como habían llamado a la exposición por el color de sus edificios, había sido una visión de belleza y armonía como no se había conocido antes en el país. Una sociedad que no existía apenas cien años antes, donde muchas ciudades no tenían ni ayuntamiento y los edificios más grandes eras sedes de banco de cartón piedra parecía estar alcanzando por fin su madurez. Es verdad que las formas de los edificios eran todas calcos de la escuela de Bellas Artes de París pero la escala y el poderío eran netamente americanos.

Fordstable quería eso, merecía eso. Grandes avenidas arboladas con cúpulas blancas en el horizonte, un paseo junto al río donde no oliese a descomposición y excrementos de cerdo. Un parque de verdad y no el marjal húmedo que sólo era parque en el plano que colgaba de la sala de actos.

Era un sueño grandilocuente, que podía parecer demasiado ambicioso. Sin embargo la circunstancias se habían combinado de la mejor manera posible y como siempre que se combinaban visión e interés, surgía la inspiración. El Commerce Club, que apoyaba a Burnham y le estaba financiando un secretísimo plan urbanístico para Chicago en el que llevaba años trabajando, hacía giras por todo el país a bordo de un vapor, promoviendo sus intereses con maquetas y hermosas ilustraciones.

El ambicioso plan para Chicago de Burnham, al que la ciudad debe su belleza.

Cuando pararon en Fordstable, parada obligada como capital económica regional, fueron acogidos con entusiasmo. Las reuniones fueron fructíferas y la ciudad terminó encargando una propuesta de reforma urbana increíblemente ambiciosa. El mismo despacho de Burnham se ocuparía así que Walter no cabía en sí de gozo.

Ni siquiera había sido difícil conseguir financiación. Los millonarios de la ciudad buscaban desde hacía años algo más allá del dinero, buscaban distinción, prestigio. Y no se puede pretender pasar por una persona distinguida cuando la calle paralela a la tuya está plagada de muertos de hambre apiñados en edificios horrorosos. Además, sería seguro un enorme negocio. Las obras públicas siempre lo son y estas tendrían un alcance enorme. Sólo con la revalorización de los terrenos alrededor del pantano cuando lo desecasen y de la orilla del río se harían fortunas.

Esto se repitió en ciudades a lo largo de todo el país. Filadelfia, San Francisco, Denver, Baltimore, Cleveland, Seattle, todas tenían ambiciosos planes en marcha. A la cabeza de todas ellas, Washington y sus planes para recuperar la dignidad del Mall.

Una generación entera de arquitectos educados al gusto francés pero moldeados en Estados Unidos llenaron el país de capitolios, bibliotecas, plazas, monumentos y avenidas. Cass Gilbert, Carrère & Hastings, Arthur Brown Jr… suficientes como para que algún historiador optimista lo haya llamado “el Renacimiento Americano”.

Por todo el país hubo ambiciosas propuestas de embellecimiento. El proyecto final del ayuntamiento tendría una torre más baja.

Cuando después de un año de trabajo en una oficina de Nueva York fue presentado el “The Group Plan of the Public Buildings of the City of Fordstable” la expectación era máxima.

Por supuesto Fordstable, aún siendo una gran ciudad, no era Filadelfia ni Chicago. El plan urbanístico finalmente presentado tenía una escala mucho menor que las de estas pero aún así suponía una buena cantidad de cambios.

La operación principal era la desecación de la laguna y su sustitución por un parque de estilo inglés. Una nueva avenida que llevaría el nombre de Oak Avenue uniría el nuevo parque con la zona central, lo cual implicaría importantes derribos y expropiaciones. Aprovechando la operación se construiría un nuevo ayuntamiento en estilo neoclásico y un teatro justo en frente.

Además se preveía un enorme espacio vacío pretenciosamente bautizado como “Mall” en imitación al de Washington alrededor del cual podrían construirse museos y edificios públicos, todos ellos con la misma altura y en estilos homogéneos. Al final de él, junto al río, una nueva estación sustituiría la antigua de ladrillos.

Propuesta para el nuevo “Mall” de Fordstable
Panorámica extraída del plan general para Fordstable de Burnham

Por último pero no menos importante se renovarían los bancos, farolas y mobiliario urbano de la zona central, se soterrarían las marañas de cables telegráficos y eléctricos y se pavimentarían las zonas que aún tenían carreteras de tierra prensada utilizando la técnica del macadán que tan buenos resultados daba. Además, se plantarían árboles de sombra por todas partes, pues estaba demostrado que eran la manera más económica de aumentar el prestigio y valor de las calles.

Además de inversores privados, que estaban deseosos de hacer buen negocio construyendo alrededor de parque, la ciudad esperaba pagar las importantes obras con la venta de los últimos terrenos públicos que le quedaban del plan original de principios de siglo.

No todas las propuestas llegaron a completarse, claro. La estación nunca se llegó a construir por problemas económicos de la compañía y el parque en seguida se convirtió básicamente en un reducto para ricos, rodeado de las mansiones más caras y alejado de la gente corriente. Pero por otro lado el valor de los terrenos se disparó y las principales industrias de la ciudad empezaron a construir oficinas alrededor de la nueva plaza central. El límite de alturas propuesto, que se suponía que iba a permitir que las cúpulas de los edificios públicos resaltaran sobre el conjunto, nunca fue respetado y en los siguientes veinte años se construyeron todos los rascacielos que el mercado de la ciudad podía soportar.

Así se publicitaban las nuevas viviendas en las zonas recientemente urbanizadas de la ciudad

 

LOS AÑOS DEL CHAMPAGNE

 

La ciudad siguió creciendo a buen ritmo a lo largo de los “felices años veinte”, parecía que no tenía fin. Hasta que llegó el crack del 29.

Y sirva la historia de los hermanos Garth como ejemplo de algo que se repitió por todo el país.

Provenientes de una familia de origen alemán, dedicada al carbón vegetal en los bosques de Westsylvania, los dos hermanos se habían metido en el negocio inmobiliario construyendo una exclusiva urbanización en las afueras de la ciudad. Habían conseguido los terrenos muy baratos porque se encontraban muy lejos del centro pero sabían perfectamente que nunca lograrían venderlos sin un buen transporte público y decidieron construir una modesta línea del centro a su promoción. Cuando una de las compañías que poseían terrenos necesarios se negó a vender a ningún precio no les quedó otra opción que compra la propia compañía.

Así entraron en el negocio del ferrocarril.

Además de muy ricos se hicieron famosos. En diez años se hicieron con el control de más de veinte líneas de tren, salían en los periódicos como “los chicos maravilla”. Ellos fueron los que querían construir una gran estación de ferrocarril en el centro y en los terrenos que compraron se construyó parte de la nueva plaza central.

Propuesta para la nueva estación central de Fordstable que los Garth nunca llegaron a construir.

Lanzados a lo grande, amantes del riesgo y con los bancos a su favor, se implicaron en lo inmobiliario y pretendieron construir “la estación más espectacular a este lado de los Apalaches”. Junto a la estación construirían el mayor hotel de la ciudad, un centro comercial, apartamentos y una torre de oficinas completamente fuera de escala, la Station Tower, proyectada para tener más de 50 plantas y 230 metros.

Ya estaba casi terminada cuando llegó el 29. El súbito hundimiento del mercado destrozó la compañía, cuyos cimientos eran las deudas y el apalancamiento. La riqueza de los hermanos Garth, valorada en 3.000 millones de dólares de la época (casi 45.000 millones hoy en día) pasó en cuestión de semanas a ser de 3000 $. Ninguno viviría más de siete años después de esto.

¿Qué dejaron detrás de si estos hermanos, ejemplo de casos similares en cientos de ciudades americanas a diferentes escalas? A primera vista no dejaron un mal legado: un elegante barrio residencial en las afueras, un transporte público mejor consolidado, una torre elegante en el centro y un enorme centro comercial. Eran edificios hermosos, proyectados según las modas del momento pero construidos para durar y que le dan un toque de distinción al área.

Pero también hay sombras. La ruina y las deudas que dejaron atrás quebraron más de un banco y destruyeron las inversiones de mucha gente, causando gran daño a la economía de la ciudad. El enorme barrio residencial de lujo que construyeron atrajo y absorbió a gran parte de la clase media-alta y alta, haciendo que las calles céntricas que habían sido tradicionalmente burguesas perdiesen valor. Unido a la ruina de muchas familias hizo que muchas de las mansiones de Tales’ Avenue acabaran convertidas en hoteluchos mediocres y destartalados.

Mansión abandonada y a la venta en Tales’ Avenue

Por último, el enorme complejo de la Station Tower, abandonado y sin terminar con vallas de obra y socavones, distorsionó el centro de la ciudad durante años. Incluso cuando se pudo terminar lo cierto es que su diseño cambiaba totalmente las reglas de juego urbano hasta entonces. Todo se podía hacer en ese complejo, desde echar una carta al buzón hasta comprar un traje, alquilar oficinas o pedir un crédito. Era una ciudad relativamente grande pero sin el poderío suficiente para que esto no resultase dañino para el comercio del centro de la ciudad. Muchos comercios que cerraron sus puertas en la crisis no volvieron a abrir. Y el método de inversión y promoción inmobiliaria en USA cambió para siempre. Cada vez más iría desapareciendo el tejido mixto y heterogéneo que existía en las ciudades y sería sustituido por zonas uniformes, uso residencial, uso comercial, etc. Grandes edificios, grandes complejos optimizados para el beneficio pero más áridos para la ciudad, que perdió el micro tejido que la hacía viva y excitante.

Station Tower, imagen del proyecto.

El siglo XIX, con todos sus desmanes y su corrupción política y económica había servido para crear las bases de la economía americana, el acero y el ferrocarril, la carne y el trigo. El país ahora tenía de todo y funcionaba. El siglo XX, en cambio, sería de consolidación, de homogeneización. La Corporación dominó sobre la pequeña empresa, las cadenas de tiendas tomaron las ciudades y se uniformizaron leyes. La gran burocracia pública tomo forma para poder manejar un país de escala continental. El país había cambiado radicalmente una vez más.

Una historia circular

Lever House fotografiada por Ezra Stoller

I

La Lever House es un edificio construido en 1952 en el 390 de Park Avenue, Nueva York. Es unánimemente reconocido como uno de los principales hitos de la historia de la arquitectura moderna, uno de los primeros y más destacados ejemplos de “Estilo Internacional”. Fue diseñado por el despacho de arquitectura SOM, siglas de “Skidmore, Owings y Merrill”, que hoy en día es uno de los despachos más grandes del mundo, con rascacielos célebres por todo el globo (La torre Sears, el Hancock building, el Burj Khalifa… en Barcelona el hotel Arts es suyo)

Louis Skidmore y Nathaniel Owings, ambos de Indiana, fundaron SOM en el año 1936 después de algunos años trabajando por separado. Eran también familia política, pues Skidmore se había casado con la hermana de Owings. Aunque el despacho se fundó en Chicago, en seguida se transladaron a Nueva York.

Ambos respondían al prototipo de “Club man”. Dos personajes carismáticos, divertidos y elegantes, que se movían como pez en el agua en los ambientes del establishment WASP, blancos, anglosajones y protestantes. Pura expresión del patriarcado que diríamos ahora, una especie de personajes salidos de Mad Men pero antes de la segunda guerra mundial.

Los chicos de SOM, de fiesta, en su salsa

Eran brillantes a la hora de engatusar a empresarios con dinero que podía encargarles proyectos, expertos en limar asperezas entre clientes y contratistas y en “conseguir contactos”. No eran, sin embargo, tan brillantes cuando de diseñar se trataban. Pero afortunadamente ellos mismos debían ser conscientes, puesto que nunca dudaron en suplir esa carencia comprando el talento necesario. Así fue como en en 1937, sólo un año después de abrir el despacho, contrataron a Gordon Bunshaft.

Para quienes conozcan algo de historia de la arquitectura este nombre les será familiar, en incluso que puede que para parte del gran público, pues fue reconocido con el premio Pritzker (que la prensa gusta de llamar “el Nobel de arquitectura”) en 1988, junto con Oscar Niemeyer. Sin embargo en 1937 era un chaval de 28 años, recién graduado, sin experiencia laboral y que presentó como currículum una colección de fotos que había realizado en un viaje por Europa. Skidmore aparentemente supo ver su talento y le fichó sin dudarlo, dándole una plataforma para desarrollar algunos de los más brillantes ejemplos de arquitectura moderna.

Bunshaft delante de una de sus obras maestras

 

II

Lo que hizo tremendamente revolucionario el edificio de la Lever House cuando se terminó no fue sólo que era uno de los primeros edificios que respondía completamente a la imagen de la “caja de vidrio”. En 1952 en Nueva York sólo la sede de Naciones Unidas se aproximaba, y no es vidrio por los cuatro costados. Aún quedaban 2 años para la construcción del Seagram de Mies van der Rohe.

El diseño de la Lever es elegante y frágil  a la vez que estable, con un podio extenso que tiene una plaza pública y sobre el una sencilla caja de cristal verde (el único color disponible en ese momento). Pero uno de los rasgos llamativos de este proyecto es que la compañía Lever House renunció a la mitad de la edificabilidad del solar, cediendo ese espacio como espacio público y plaza de libre acceso.

El espacio interior de la Lever House, cedido al peatón

Pensad que hablamos de un solar en Park Avenue, una de las avenidas más exclusivas de una de las ciudades más caras del mundo. Nadie les pidió tal cesión, y la decisión fue tremendamente discutida en la propia compañía. La posición del presidente, sin embargo, prevaleció. Defendió que la publicidad que conseguirían con semejante gesto era mucho más valiosa que unos cuantos metros más en planta baja que alquilar a cualquier restaurante, y que explicarían al mundo entero como la fachada de puro vidrio sería limpiada regularmente con jabones Lever, pues esto es lo que fabricaba la compañía. Ciertamente el edificio destacaba con su completa ausencia de publicidad o letreros de neon, sobrio, moderno y magnífico.

El edificio goza de tal reconocimiento que es el único en Nueva York que fue reconocido como monumento (Landmark) por la Comisión de Preservación de Monumentos tan pronto cumplió 30 años (el mínimo requerido), en 1982.

1982, sin embargo, estuvo a punto de ser el último año de este famoso edificio. Su gran gesto, esa renuncia a la edificabilidad, lo convierte por otro lado en un pastel jugoso para cualquier gran promotora, que podría derribarlo y construir algo el doble de grande. Y esto estuvo a punto de suceder ese mismo año, pero un ruidoso movimiento de protesta encabezado entre otros por Jacqueline Kennedy Onassis consiguió esta declaración de Monumento y salvó el edificio, hasta hoy.

III

Lever Brothers era compañía británica fundada en 1885. Impulsados por una nueva tecnología para fabricar jabón desarrollada por el químico William Hough Watson, crecieron de manera espectacular. Comprando otras empresas y con factorías y plantaciones por todo el planeta, representan uno de los ejemplos de megacompañia del final de la era Victoriana. En 1925 se fusionaron con una empresa de margarinas holandesa y tomaron el nombre que ha llegado hasta nuestros días, Unilever. En 1930 tenían más de 250.000 empleados.

Una pregunta interesante es por qué una gran compañía industrial internacional, que no son conocidas habitualmente por su generosidad, renunció de esta manera a tantos valiosos metros cuadrados y además optó por un diseño tan novedoso y osado. La respuesta, como hemos anunciado, tiene mucho que ver con su presidente en ese momento, Charles Luckman. Y es que Luckman era arquitecto.

¿De dónde había salido este Luckman? Luckman era señor de Kansas, nacido en una familia judía, que desde los 9 años había soñado con ser arquitecto. Cursó estudios con muchas ganas en la Universidad de Illinois pero el esfuerzo que puso no fue suficiente para luchar contra una realidad mayor: Charles terminó la carrera con la nota más alta y en el peor momento posible: 1931, en mitad de la Gran Depresión que iba a arrasar el país y de la misma manera acabar con cualquier posibilidad de hacer carrera como arquitecto. Un poco como muchos compañeros míos que acertaron a entrar en arquitectura en el mismo momento en el que terminaba nuestra salvaje Burbuja Inmobiliaria, Luckman tuvo que buscarse otro camino para vivir y mantener a su recién fundada familia, y terminó dedicándose a las ventas.

Gracias a sus habilidades de dibujo, empleadas para para diseñar publicidad, fue fichado para el departamento de marketing de Colgate. Este aparente paso atrás no le hizo caer precisamente en la depresión.

Decidido a salir adelante, hizo una carrera espectacular en la empresa, cuatriplicando en pocos años los beneficios. Ascendió puestos de forma meteórica y terminó siendo Jefe de ventas. Fue portada de Times Magazine en 1937 como “Wonder Boy”, con menos de 30 años, en un año en que otros rostros fueron el Papa, Stalin y Virginia Wolf. Hoy con 30 años mucha gente considera como su mayor éxito haber conseguido un alquiler a menos de 3 horas de su puesto de trabajo.

Con 37 años fue nombrado presidente de la compañía y tres años después esta fue comprada por Lever y el fue ascendido a presidente de la misma. Su sueldo era de 250.000 dólares de la época. No intentéis hacer la conversión a precios de hoy, ya os lo digo yo: algo más de 3 millones de $ al año.

 

Luckman, hecho un chaval, presidente de Pepsodent

De esta manera es como Luckman subió a toda velocidad la escalera corporativa y el arquitecto frustrado se encontró al mando de una multinacional gigantesca. Desde esa posición promovió el diseño que haría célebre la nueva sede de la empresa, la Lever House.

Y cuando estaba buscando una compañía de arquitectura para construirla, Skidmore y Owings se presentaron como candidatos, llevando al siempre tímido Bunshaft a la reunión y esperando que se entendiesen mejor por ser ambos judíos. Bunshaft siempre dijo que en esa reunión no tuvo ocasión ni de abrir la boca, pero el caso es que SOM consiguió el contrato. Sin embargo, la construcción del edificio se iba a cobrar una víctima en Unilever: antes de completar el edificio, Luckman, el “chico maravilla”, dimitió de su puesto.

Mira que contento el chico, portada del TIME magazine. Si es que por verlo sonreir ya compensa.

Era el año 1950, había alcanzado un éxito incontestable y todavía era joven. Incluso había sido elegido como asesor presidencial para la reconstrucción de Europa y había recibido varias medallas cívicas en Francia, Italia y otros lugares. Pero el gusanillo le había picado de nuevo. Era el momento de volver a la arquitectura.

IV

Luckman Partnership, probablemente ayudado por sus contactos, consiguió entre sus primeros encargos el de diseñar la nueva sede de la compañía de licores Seagram. Sin embargo su primera propuesta fue rechazada y el proyecto terminó recayendo en Mies van der Rohe. Luckman se trasladó a Los Angeles, donde formó una asociación con William Pereira, del que (especulo) podemos deducir que algún remoto pariente gallego debía tener, esperando que su carrera despegase.

Y vaya si triunfaron. Se especializaron en encargos que, a priori, no suenan especialmente sugerentes para un arquitecto. Bases para la fuerza aérea, oficinas corporativas y aeropuertos. Incluso el Hotel Casino Flamingo de las Vegas.

Otra horrenda torre en Downtown LA, La Aon Tower
En cien años no encontraría una manera de hacer un edificio que fuese menos “Flamingo”

Luckman ni siquiera pretendió imitar el estilo del arquitecto artista que los europeos adoramos, un señor un poco loco, vestido siempre de negro como un vigilante del Muro y que trabaja con sus becarios sin sueldo en una oficina a la que insiste en llamar Atelier.

Todo lo contrario, trajo sus habilidades del mundo de los negocios y su talento para el marketing para darse a conocer. Con declaraciones grandilocuentes como “Me mantengo firme en mi creencia de que la arquitectura no es un arte sino un negocio”, decía justo lo que querían escuchar los grandes propietarios, ejecutivos de empresas y oficiales del gobierno. Se ganó el desprecio de la mayoría de los arquitectos mientras construía sin parar por todo el país edificios mundanos, cuando no horrorosos.

Con esta premisa de “la arquitectura es un negocio”, proyectaba edificios que podríamos decir de “estilo internacional” pero que salvo excepciones eran de una calidad mucho más cercana a la parte baja de la mediocridad que a tener algo de original.

Centro Lyndon B. Johnson de la NASA

En 1960, por fin, consiguió un gran encargo en Nueva York que seguro que reconocéis. A muchos probablemente os va a empezar a caer muy mal el bueno de Charles.

Y es que Charles Luckman fue el encargado de diseñar el nuevo edificio del Madison Square Garden, que se iba a levantar en el emplazamiento de la estación de tren más famosa de Nueva York: Pennsylvania Station. Sus días estaban contados.

V

La Penn Station era un descomunal edificio que ocupaba dos manzanas enteras. Diseñado por McKim, Mead & White, autores también del ayuntamiento de Nueva York, en estilo Beaux Arts; y terminada en 1910, era la puerta de entrada para millones de pasajeros cada año a la ciudad de Nueva York. Testigos de aquella época dijeron que la soberbia estructura no te hacía sentir confortable, sino importante.

La grandiosa Penn Station

La estación había dejado de ganar dinero los últimos años por una cierta reducción de viajeros en tren. Desgraciadamente para la ciudad, el edificio era privado, había sido en cierto sentido un regalo para la ciudad, pero sus propietarios no estaban dispuestos a perder dinero. Dejaron el edificio languidecer sin mantenimiento hasta que el mármol rosa se volvió gris y la estación se llenó de roña, intentando que la gente opusiese menos resistencia a la hora de derribarlo.

Y cuando llegó el momento, Luckman fue desafiante. En los debates que se sucedieron esos días afirmó “¿tiene sentido conservar un edificio meramente como monumento si ha perdido su función?”, frase que provocará un ataque en cualquier amante del patrimonio que la lea. Sin embargo, no había en ese momento un movimiento fuerte de conservación. Se organizó alguna manifestación a la que asistieron menos de 200 personas. Timoratos manifiestos fueron escritos, publicados en periódicos e ignorados. Y la estación, finalmente, fue demolida.

La demolición de Penn Station

En su lugar Luckman construyó este horrible edificio, terminado en 1968:

Madison Square Garden. Fascinante diseño lleno de humanidad y amor

Y no paró aquí. Crecido, entró en el mundo de los grandes negocios inmobiliarios y la promoción. Construyó varias torres en el centro de Los Angeles. En 1970 propuso demoler la biblioteca central de Los Angeles, que se conoce que le incordiaba. Pero esta vez no se saldría con la suya.

Los Angeles Central Library. Se ve que tampoco le gustaba

A raíz de la destrucción de la Penn Station se había despertado el movimiento proteccionista. En Nueva York se fundó la Comisión de Conservación del Patrimonio. Decenas de edificios fueron clasificados y protegidos, y desde entonces los edificios con más de 30 años gozan de cierto respiro. La lógica implacable del capitalismo fue frenada en su mismo corazón, en parte. Y uno de los edificios protegidos por esta asociación fue, precisamente, la Lever House, construida gracias al impulso de Luckman y que como hemos comentado estuvo a punto de ser demolida. Y aquí se cierra el círculo de esta historia.

Muchos años más tarde parece que el entusiasmo de Charles se moderó bastante. En 1994 donó varios millones a una fundación y dijo en un discurso: “Siento que ha habido demasiado énfasis en el negocio y en la aproximación “pragmática” a la vida, y que es momento de tomar un profundo respiro colectivo y recordar que nosotros establecimos este país con una Cultura”

A buenas horas, colega

En fin, parece que la idea le llegó tarde. Quede aquí esta historia que nos ha llevado desde una empresa de jabón hasta Penn Station, pasando por todo Estados Unidos, y volviendo al mismo hombre.

Brunelleschi, el arquitecto moderno – y V

En capítulos anteriores de esta serie tenemos la primera parte, la segunda, la tercera y la cuarta. Con esta se acaba todo ya.

Brunelleschi quedándose con la gente con lo del huevo, según Fattori

 

Final de obra

Con la obra controlada Brunelleschi empezó otras obras diversas por toda la Toscana y más allá, trabajando para los más importantes príncipes de su época y levantando iglesias y palazzos. Se movía entre lo más selecto de la sociedad y prosiguió su carrera hacia el estrato social que siempre quiso ocupar.

Adelantándose 600 años a Silicon Valley (ya, ya, tampoco es que lo inventaran allí), ordenó construir comedores y cocinas en la parte alta de la obra donde los trabajadores podían comer gratis, pues así no perderían tiempo en los desplazamientos. Externalizó la producción de la decoración a talleres lejanos, que sólo tenían que seguir sus planos y dibujos fielmente, evitando la necesidad de comprobar los resultados en persona. Privados de su libertad artística, convirtió a maestros talladores en obreros en cadena.

Dedicó mucho tiempo a promocionarse a sí mismo entre la nobleza y a fortalecer el aura de genio que todo lo sabe y de maestro que había recuperado el “saber antiguo” y vivió años obsesionado con la “propiedad intelectual” y con que no le copiasen. De hecho, si no me equivoco, la primera patente reconocida de la historia a un invento fue para él por un artefacto para transportar mármol a lo largo del río, il Badalone, patente que le concedió exclusividad y derecho a quemar cualquier nave parecida por un periodo de tres años. (El invento resultó ser una mierda y se hundió pero no vamos a cebarnos con él)

Il Badalone
Il Badalone, artefacto para transportar piedras a lo largo del río y hundirlas a mitad de camino

Desde Brunelleschi, el prestigio de un arquitecto ya no dependería de su habilidad manual, de lo bien que se le diese tallar, serrar o esculpir, sino de sus ideas. Quedaban independizados de la categoría de artesanos y pasaban a ser “otra cosa”. Ahora le llamaría “economía del conocimiento” o algo parecido.

Y mientras tanto, año a años, la cúpula siguió creciendo, irguiéndose orgullosa sobre la ciudad, la mayor obra realizada en siglos en esas tierras.

 

El último gesto de Brunelleschi es muy simbólico: consolidada su autoridad y su prestigio en la ciudad, Filippo encara a la última estructura medieval que le queda por derrotar: los Gremios.

En el año 1334, sin previo aviso, rehúsa pagar la cuota obligatoria del Gremio. Según la estrictísima norma de la época esto le debía haber costado la inhabilitación absoluta, puede que incluso la cárcel por deudas o el destierro. Pero llegados a este punto se ha hecho completamente imprescindible para que todo funcione. La Comuna y la dirección de la Catedral no quieren dejar la cúpula sin terminar a estas alturas, con la obra a la mitad y muchísimo dinero invertido y le apoyan por completo. Al Gremio no le queda otra que bajar la cabeza y quebrar sus propias normas.

Brunelleschi ha ganado, y en su obra es el rey.

Epílogo

(no pensarías que te ibas a librar ya)

 

Hay debate acerca de si Brunelleschi es responsable de la revolución en la forma de entender la arquitectura o un mero ejecutor de las tendencias inevitables de su tiempo. Quizá la complejidad de la economía y la sociedad había llegado ya al tope de lo que era posible gestionar con la estructura descentralizada de los gremios y la sociedad medieval y todo esto tenía que pasar más temprano que tarde. Ya sabemos que la historia la escriben los vencedores y la figura de Brunelleschi fue ensalzada por sus sucesores de manera interesada.

Es cuestionable hasta qué punto se puede decir que sea un “genio”. En su época no se le consideró especialmente culto pero si dotado de una gran memoria, capacidad de organización y disciplina. Desde luego no fue torpe en absoluto pero en la ejecución de los detalles y en ciertos elementos se nota que su método es todavía nuevo.

Es cierto que el relato renacentista, que es el que todo el mundo conoce, se esforzó mucho en la visión de la Edad Media como un periodo oscuro y bárbaro (falso falsísimo), y que los artistas del Renacimiento vinieron a “recuperar” las grandes habilidades de los antiguos, pero hoy en día sabemos bien que esto no es cierto. No hay ruptura en la tradición arquitectónica. Desde los romanos hasta el gótico, pasando por el románico, vemos una lenta evolución en las formas y las estructuras, no un agujero negro. Cierto que se perdieron algunas técnicas en algunas zonas, aunque habría que saber si no fue simplemente porque su necesidad desapareció: ¿era necesario hacer cúpulas como la del Panteon cuando lo que se estaba construyendo eran pequeñas parroquias en un mundo en que la gente había vuelto al campo? ¿Qué sentido habría tenido hacer Basílicas gigantescas?

Es un poco iluso pensar que Francesco Talenti, el anterior encargado de las obras, proyectó la planta de la catedral sin tener ni idea de cómo cerrarla. La forma final de la cúpula, como el propio Brunelleschi sabe, no depende de una “idea genial” sino que probablemente no hay otra manera de construirla que la que él empleó. Es, como todas las catedrales góticas, un intento más de llegar al límite posible de un sistema constructivo. La principal innovación de Brunelleschi está en el aparejo en espina de pez y en el rigor y la aproximación científica al proceso (Filippo no era un científico pero hizo venir a gente como Pablo Toscanelli para que le ayudasen con los cálculos), y también en la “intención estética” dentro de un proyecto global.

Cúpula a escala con el aparejo en espina de pez, realizada por Brunelleschi para ensayar su método

Brunelleschi rechaza totalmente el recurso al pequeño detalle, esa infinidad de gárgolas, volutas y tallas de las catedrales francesas. Este es un gran volumen de ladrillo masivo, sencillo, con aspiración de ser una semiesfera aunque no puede serlo constructivamente. Su presencia queda reforzada por las cerchas blancas que marcan los nervios del tambor de la cúpula. Pero esto no hace honor a la “verdad” constructiva. La cúpula no está construida con ocho nervios, sino con veinticuatro, y de hecho los mármoles blancos que vemos no siguen exactamente esos nervios sino la forma elíptica de la cúpula en su línea de máxima pendiente.

¿Qué quiero decir con esto?

Que Brunelleschi no busca “mostrar la construcción” sino crear una “ilusión de estructura”. Unos años después Alberti se refiere a lo mismo cuando comenta los puntos de Vitrubio (Firmitas, Utilitas, Venustas) y dice que el “firmitas” no es simplemente que el edificio se aguante (es obvio que se aguanta, pues si no, no sería un edificio), sino que además debe “aparentar que se aguanta”. Por ejemplo, poniendo pilastras que parecen enormes columnas pero no aguantan nada. Es la arquitectura como representación.

Y respecto a la decoración y la recuperación del lenguaje clásico… bueno, eso es un poco un cuento, la verdad. En realidad lo que hacen los renacentistas con sus cuadernos de bocetos es crear un sistema, un abc de detalles romanos de los que no te debes salir. Porque… ¿existe un “lenguaje clásico”?¿Acaso son iguales los capiteles de las columnas en el Orange, Francia que en Jerash, Jordania? Por supuesto que no. La “cultura clásica” abarca más de mil años y las variedades son infinitas a lo largo y ancho de un territorio vastísimo. Los renacentistas eligen una serie de elementos que les gustan a ellos, los redibujan, dicen que han encontrado la “esencia romana” y ¡chas! Ya está todo dicho. De hecho, al final Brunelleschi descarta casi todo y se limita prácticamente a una versión muy concreta del Corintio. Todo sigue un manual, una gramática.

Arco triunfo Orange
El arco de triunfo de Orange, Francia…
…y el de Jerash, en Jordania. Los romanos no tenían un estilo uniforme que se pudiera “recuperar”

En el fondo los edificios renacentistas son edificios modulares, o aspiran a serlo, con unas normas sencillas: después de columna va siempre entablamento, después siempre arco, blablablá. Reglas claras y chocolate espeso.

No es trivial este etiquetado y sistematizado, pues es el primera paso para que todo ya se puede producir con un control de calidad altísimo y el resultado final no dependa del artesano que te toque, pero forma parte de un proceso que es común es su época y está pasando con la industria textil, por ejemplo

. Un ejemplo, el último (intuyo que me estoy poniendo intensito y no creo que quede nadie leyendo esto, soy como Brunelleschi gritando cosas como un loco a los Gremios). Cuando Brunelleschi encara la construcción de los Inocentes recurre a su amigo Francesco della Luna para que lleve la obra, pues el sigue de ruta por las cortes de Italia convenciendo a nobles de que metan dineritos en hacer edificios con los que alcanzar fama inmortal como un buen Calatrava de la vida. Cuando al cabo de un tiempo va a visitar la obra, ve que ha realizado un arquitrabe al revés de como él lo había pensado y se lo echa en cara. Della Luna intenta defenderse diciendo que ese detalle lo ha tomado del tempo de San Giovanni, que es antiguo, y Filippo le contesta: “en ese templo sólo hay un error, y tú lo has copiado”

¿No es fantástico esto? El templo antiguo está mal porque no se ajusta a lo que él y otros renacentistas han establecido que es el verdadero estilo romano. Porque a Brunelleschi no le interesa el pasado de verdad sino una representación del mismo.

En fin, toca ir concluyendo porque llevo ya unas seis mil palabras sobre un señor que seguramente ni os va ni os viene. Brunelleschi, como veis, es uno de los primeros arquitectos de la historia cuyos esquemas mentales y de trabajo podemos reconocer casi como propios. Con él la arquitectura da un salto conceptual de gigante. También vemos que muchas cosas que creemos que son inventos “nuestros” puede que sean más antiguas de lo que imaginamos.

Control, sistematización, línea de producción. Huelgas obreras, ponerte un comedor en el puesto de trabajo. Separación proyecto intelectual-obrero manual. ¿Vaya, pero esto no lo habíamos inventado todo en el siglo XX? It’s very difficult todo esto.

Hay muchísimas cosas más que contar sobre Brunelleschi y sobre la arquitectura del renacimiento, claro, pero creo que de momento vamos a dejarlo aquí.

Duomo Firenze

Brunelleschi, el arquitecto moderno – IV

Antes de aquí deberías haber leído ya la primera parte, la segunda y seguramente también la tercera.

Busto Ghiberti
Autoreetrato de Ghiberti, aquí ya con cara de estar muy mayor para estas cosas.

Dos son multitud

Lo que hizo Brunelleschi en los siguientes años y hasta que terminó sus días no fue terminar una obra antigua que había estado años parada. Revolucionó los mismos conceptos de lo que significaba ser un arquitecto y el funcionamiento de la profesión. Si fue un genio innovador o simplemente la culminación de una tendencia imparable depende del historiador que lo juzgue. Pero no adelantemos acontecimientos.

Hemos dejado a Filippo realmente muy fastidiado, teniendo que lidiar con la indeseada compañía de Lorenzo Ghiberti. Estuvo a punto de destruir los planos y maquetas que había realizado y marcharse de la ciudad, pero finalmente controló su ansiedad y pasó a urdir un plan.

El primer paso para llevar a cabo la obra era realizar una maqueta completa, pues de aquella era esa la herramienta de trabajo principal y no los planos. Lorenzo, obviamente, le pidió que se la enseñara, pero Brunelleschi se negó. Quizá tenía que soportar su presencia en la obra pero no estaba dispuesto a compartir sus conocimientos. Tuvieron agrias discusiones durante días, pero Brunelleschi fue inflexible en este asunto. El arquitecto soy yo y tú estás controlando, así que la maqueta la guardo yo. Hay que entender que esto se hacía todavía más raro en ese momento pues aún no es claro el concepto de “arquitecto” y todo el mundo veía a Pippo como un “maestro de obras” más, un coordinador, no el autor intelectual de nada.

Maqueta duomo
Una de las maquetas originales de la cúpula

Pero claro, eso puso en un apuro a Ghiberti, que encargó enseguida la realización de otra maqueta para evitar que la gente le viese de brazos cruzados en la obra, cobrando un sueldo sin hacer nada. 350 liras y quince sueldos después los arquitectos tenían dos maquetas diferentes, una de las dos completamente inútil.

Ya habían elevado los primeros doce brazos de altura del cuerpo de la cúpula cuando Filippo tendió la primera trampa. Tras una reunión con Lorenzo para pedirle su opinión técnica (como si le importara) constató que este no tenía mucha idea de cómo seguir (lo haremos a tu modo, Filippo, le digo Ghiberti). Sabiendo esto y con los obreros pendientes de que les indicasen como realizar las tirantas de madera y piedra Filippo decidió “ponerse enfermo”. Se cogió la baja, se metió en la cama, empezó a quejarse de dolores en el costado y a pedir paños calientes. Incluso se vendó la cabeza.

Boceto Florencia
Boceto del tambor anterior a la cúpula.

– ¿Cómo seguimos, Lorenzo, maestro? – Preguntaron los albañiles. Al fin y al cabo alguna ventaja tendría que haber en tener dos maestros de obras.

Problemón. Lorenzo dio largas “no es que no sepa cómo seguir, es que no quiero hacer las cosas sin Filippo, somos un equipo”

Si habéis estado alguna vez en una obra os haréis una idea de lo que significa pararla por completo durante días. Empezaron los rumores y las visitas a casa de Brunelleschi. Unos pensaban que se había acobardado porque no sabía cómo seguir, otros aceptaban su versión. A todos contestaba lo mismo, “preguntad a Lorenzo, pues él es un excelente arquitecto”

Y la cosa no tiraba. Pasaban los días, los proveedores y obreros deseando marcharse, el Gremio pagando nóminas para nada. Y Filipo seguía con lo mismo.

– ¿Pero no tenéis a Lorenzo? ¿Él no hace nada? –

– “no quiere hacer nada sin ti”-

– Vaya. En cambio, si él estuviera enfermo yo si haría las cosas sin él…-

Toma puñalada, Ghiberti.

A estas alturas todos tenían claro de que iba el asunto. Queriendo arrancar de nuevo los trabajos decidieron ceder. Apartaron a Lorenzo de las tareas del día a día y Filippo, recuperado milagrosamente, volvió a la obra. Pero Lorenzo, aún herido y menospreciado, seguía siendo uno de los maestros. Ahora mismo su labor era básicamente administrativa, esencialmente de administrar la renta que cobraba sin hacer nada. Pero aunque no aportase nada iba a llevarse el mérito. Brunelleschi seguiría siendo “uno de los dos arquitectos que…”

Así que Filippo se presenta ante la Comuna y dice:

Señores míos, ya habéis visto que he estado enfermo y casi no vivo para contarlo (ejem). Creo que lo mejor para que la obra avance rápido sería que, ya que hemos dividido los sueldos entre dos maestros, dividamos el trabajo. Las siguientes tareas son los andamios para los albañiles (poca broma con esto) y las cadenas que unen los ocho lados de la cúpula para ceñirlas. Que Lorenzo se ocupe de la que prefiera y yo haré la otra.

¿Cómo decir que no? Lorenzo cogió la de los tirantes, que le parecía más sencilla, pero en el tiempo que tardó en idear una solución y aplicarla Filippo realizó todos los andamios de una manera extraordinaria: baratos, seguros, sin apoyos en el suelo… pronto todos los obreros estuvieron de su parte (la idea de tener menos posibilidades de caerse de una obra o de deslomarse subiendo piedras con grúas ineficaces es tentadora)

Porque bueno, Brunelleschi no debía ser el tipo más simpático del mundo pero talento, lo que se dice talento, si tenía.

Cupula Duomo
Deliberadamente estoy omitiendo los temas constructivos porque hay mucho escrito ya sobre ese tema, pero siempre es bonito de ver

En paralelo iba mirando la obra de Lorenzo y dejando caer puyitas. Os lo podéis imaginar chistando y poniendo caras cada vez que miraba para la cúpula, comentando con todo el mundo (uff, esto no lo veo nada claro, yo no lo haría así… ¿has visto la idea de Lorenzo de la semana pasada?)

Y esta vez sí que se salió con la suya: era muy difícil seguir teniendo a Ghiberti en la obra y esta dinámica de tener dos jefes que se odian no era nada productiva. Brunelleschi fue nombrado superintendente y jefe vitalició, le subieron el sueldo y se le otorgó una paga perpetua en plan sueldo nescafé. Lorenzo aún se las apaño para seguir cobrando tres años más por incumplimiento de contrato, pero desapareció de la obra y se dedicó a otras labores.

Ci vediamo, Lorenzo

 

Por fin lo había conseguido. Era el amo y señor del Duomo y no perdió ni un momento para demostrar que no se habían equivocado. Convertido en un verdadero huracán, Filippo revisaba cada ínfimo detalle. De todo hacía maquetas y se conocía cada partida y cada detalle de la obra de memoria. Desde los andamios hasta el encaje de las piedras, la seguridad en la obra y el tallado de los detalles. Todo estaba en su cabeza.

Puede que esto no nos maraville demasiado así que merece la pena hacer un pequeño inciso para ver por qué esto era revolucionario.

Todo lo que he dicho nos suena familiar. Parece el proceso habitual de una obra y es fácil pensar que mira, oye, siempre ha sido así. Pero nada más lejos de la realidad. ¿recordáis que comenté un poco por encima las jerarquías de gremios? Los arquitectos/maestros de obras no eran en absoluto más importantes que los demás. Cada artesano en una obra era una pieza más o menos autónoma, responsable y creador de su propio trabajo. El cantero tallaba la piedra de la manera que él consideraba conveniente, los tallistas realizaban las decoraciones interpretando el tema que tocase pero a su manera. Nadie les explicaba a los carpinteros como debían hacer su trabajo.

Brunelleschi acabó con todo esto. El proyecto estaba entero en su cabeza y se lo imponía a los artesanos: esta piedra así, este andamio asá. Aquí una voluta, allá un capitel corintio. Toda la imaginería medieval, enormemente rica y compleja, con significados profundos y lecturas múltiples, reemplazada por detalles estandarizados, versiones simplificadas de los romanos que había copiado durante años. Los artesanos, como podéis imaginar, no estaban demasiado contentos ¿es que eran menos importantes? ¿quién se creía que era este maestro de obras, apenas un orfebre venido a más?

Lo que estaba inventando Brunelleschi es el mismo concepto de “Proyecto”: toda la obra completa por adelantado en papel o maquetas antes siquiera de empezarla. Si se conseguía esto se ahorraría infinidad de tiempo y la eficacia podría multiplicarse. Planificar las cuadrillas de obreros con tiempo, las entregas de pedidos… las posibilidades eran enormes. Además, habría menos fallos, menos imprevistos.

Su absoluta obsesión por controlar cada detalle y ocultar la manera en que se realizarían las tareas llevó a lo inevitable: maestros y albañiles se unieron y decidieron exigir mayores sueldos (aunque en general en esa obra ya se pagaba por encima de la media) y clamaron contra Brunelleschi. Comenzó una huelga total.

Pero es tarde. Brunelleschi ya lo ha conseguido. Ya no es un artesano más en la obra, ahora es el “jefe”. Ha elevado su propia posición por oposición de quien ahora son sus subordinados. La única persona imprescindible en la obra es él mismo. Y lo demostrará dando un poderoso golpe sobre la mesa: un sábado por la noche, sin consultar con nadie más, Brunelleschi despidió a todos los albañiles y maestros de la obra y el lunes mismo contrató una nueva cuadrilla de trabajadores venidos de Lombardía. Siendo poseedor de todos los secretos de la obra, con maquetas y planos y todos los detalles estandarizados, en apenas un par de días les enseño lo que necesitaban saber y la obra siguió su marcha. Derrotados y humillados, los obreros originales levantaron la huelga y pidieron volver. Filippo aceptó pero no mostró ninguna clemencia: argumentando el daño causado a la obra les hizo una rebaja sustancial de sueldo. Un cielo de hombre, como vemos.

Al menos no tenía becarios.

 

Descubre el final (por fin) de esta historia en la quinta parte

Brunelleschi, el arquitecto moderno – III

Ospedale degli Innocenti

Toda esta historia comenzó con una primera parte y tuvo una continuación

Al encuentro con la Historia

 

 

Es probable que Brunelleschi se encontrase en la plaza de Santa María del Fiori cuando escuchó la noticia. Se acababa de recuperar de una enfermedad contraída en las marismas sin desecar de Roma, quizá malaria, que le había hecho volver el año pasado de sus estudios. Acostumbraba pasar las mañanas rondando la piazza, charlando con Donato y otros colegas, artistas y jóvenes como él ,que comentaban los chismorreos de los gremios – han ascendido al nuevo aprendiz de orfebre y eso que sólo lleva un año en el taller –, el politiqueo de la época – dicen que el rey de Francia está organizando un concilio en Pisa y que va a invitar a los dos Papas- y, por qué no, las últimas novedades en perspectiva o las esculturas romanas recién desenterradas. Haciendo vida de estudiante de letras en Malasaña, vamos.

Barbadori Chapel
Capilla Barbadori, una pequeña pero importante obra donde probó sistemas que aplicaría al Duomo

El rumor se extendió como la pólvora: el Gremio de la Lana, el más poderoso de la ciudad y custodio de las obras del Duomo, había decidido reanudar las obras. La Obra, en realidad. La construcción más grande de toda la península volvía a ponerse en marcha. O lo haría, claro, si alguien sabía qué demonios hacer con esa cúpula absurdamente enorme.

Era el momento que llevaba esperando toda su vida. En los últimos meses había estado muy activo haciendo maquetas y publicando dibujos, paseándose por todas las obras, dando ideas para diseños militares y realizando en secreto maquetas de grúas y andamiajes. Bien conocido en toda la ciudad por obras como el Hospital de los Inocentes, justamente reconocida, todos esperaban que el consejo le pidiese, cuanto menos, su experta opinión.

Pero Filippo no pensaba ponerlo tan fácil. Sabiendo que hacerse el interesante es a veces muy útil, pensó que su prestigio aumentaría si en vez de presentarse ante el Gremio tenía que hacerse llamar, así que sin pensárselo mucho abandonó la ciudad y corrió de nuevo a Roma.

Profeta en su tierra

Como imaginaba, en seguida le echaron en falta. Realmente la intención de seguir las obras era firme pero nadie sabía muy bien cómo, así que confirmando su sospecha mandaron un agente a buscarle.

Encantado de salirse con la suya Brunelleschi (oh, por favor, no, qué honor, sólo soy un hombre más, oish, oish), aceptó la invitación, volvió a la ciudad, se puso sus mejores galas y usó sus mejores palabras. Casi no debía notársele la falsa modestia cuando habló de los Señores Custodios, de los reputados albañiles y los excelentes ingenieros y arquitectos que, sin embargo -ay- no habían entendido bien los problemas, no tan bien como él que, por pura afición, llevaba años estudiando ese asunto (qué casualidad).

Siguiendo una técnica que dominan como nadie los ingleses que consiste en agrandar los problemas a los que te vas a enfrentar para aumentar tu gloria o excusar tu fracaso, habló mucho de lo colosal del reto que tenía delante: ni ahora ni nunca antes, ni siquiera en los tiempos antiguos, se había construido una cúpula tan grande. No era posible siquiera utilizar el método del Panteón de Roma porque la base de la cúpula de Florencia era octogonal y había que atirantar las ocho caras, ensamblar piedras, asegurar a los trabajadores…

Pero sabiendo que la obra estaba dedicada a Dios, estaba seguro de que Él inspiraría a los hombres para completar la obra. Él tenía buenas ideas pero… ¿Qué podía hacer el bueno de Filippo, si ni siquiera era el encargado de la obra?

Estatua de Brunelleschi
Incluso en busto de piedra tiene cara de iluminado

El concurso

Llegados a este punto tenía buenas cartas para hacerse con la dirección, pero le conocéis muy poco si pensáis que lo pidió. No, nuestro amigo se mordió con fuerza la lengua y dijo que lo razonable sería convocar un concurso al que se invitase a los mejores de todo el mundo: no sólo toscanos e italianos, también franceses, alemanes… que entre todas las mentes se obtendría el mejor resultado.

El truco es obvio, claro: Filippo no tenía ninguna intención de dejar que otro construyera la cúpula pero necesitaba que su victoria fuese completa, que entre todos los mejores arquitectos del mundo se le eligiese a él. El Gremio no dijo que no pero, bueno, ya que tú estás aquí y tienes tan buenas ideas, puedes ir haciendo unos planitos, unas maquetas…

Pero parece que a Brunelleschi se le había olvidado algo en el fuego y se tuvo que ir corriendo a Roma de nuevo, o eso dijo. Los Cónsules no lo veían claro –oye, que si es por pasta, te damos una asignación, no te preocupes, pero ve trabajando desde ya y no perdemos tiempo– , pero ni por esas.

Los siguientes meses los pasa haciendo sudokus en la ciudad Eterna, o dibujando ruinas o diseñando aparejos de ladrillos, como sea que se entretuviese este señor, hasta que en 1420 están por fin todos los grandes arquitectos y maestros constructores de Europa (tardaron un rato porque el tren de la época funcionaba igual que el de Extremadura hoy en día). Y Filippo vuelve a Roma.

Menudo congreso debió ser, a gastos pagos por parte del Gremio. Unos propusieron hacer pilastras en el medio, otros construir con piedra pómez que sería más ligera, alguno sugirió levantar un super pilar en el centro y montar una cúpula gallonada como la de la catedral de Zamora o el círculo de Bellas Artes de Madrid… ideas no faltaron.

Incluso uno sugirió llenar todo el hueco con tierra mezclada con monedas, montar la cúpula sobre ella y dejar que luego los pobres, queriendo conseguir esas monedas, recogiesen por si mismos la tierra. (este es mi favorito por el extra de recochineo)

¿Y qué dice Brunelleschi ante todo esto? Que no tienen ni idea y que él era el único que podía hacerlo, sin andamiajes ni pilastras ni montañas de tierra, y a la mitad de precio.

Duomo 1390
Esbozo del aspecto que debía tener el Duomo durante la juventud de Brunelleschi

Claro, le piden que se explique, que con fardar no es suficiente, y el hombre empieza un discurso de los que hacen época: que la cúpula debe ser doble y trazada con una curva de un arco de cuarto punto, y realizar cadenas de piedra en ella. Pensar en la luz y los desagües, los mosaicos y los andamios, y la fábrica y mil cosas más que eran muy difíciles pero que él ya había pensado. Y el tipo que no se callaba, y seguía, poniéndose colorado y exaltándose porque veía que no le creían. Hasta tal punto llegó a parecerles que se le había ido la cabeza que acabaron llamando literalmente a seguridad y llevándoselo de la sala (¡no es broma!)

Cuando se le pasó el calentón nuestro amigo Filippo no se atrevía a salir de su casa (¿Qué dirían?). Si después de tantos años estudiando la cúpula y montando la coreografía perfecta no se la daban… ¿qué iba a ser de él? ¿tendría que abandonar la ciudad, humillado?

 

Cambio de estrategia

Pero si él estaba preocupado, el Consejo lo estaba todavía más. Entre las soluciones dificilísimas de los arquitectos reunidos y los desvaríos de Filippo, ya se veían abandonado de nuevo la obra. El hazmerreir de Italia para cien años por lo menos.

Brunelleschi recapacitó, cambió de estrategia y empezó una lenta tarea de zapa y lobby en secreto: se reunió por separado con todos los cónsules que pudo, con arquitectos, custodios, ciudadanos… a cada uno contó una parte o enseñó una maqueta, nunca todo lo que tenía, pero si lo suficiente para que se fueran convenciendo de que tenían a un genio ante ellos. Como el mejor entrepeneur de hoy en día camelándose inversores. Hay incluso quién sitúa aquí y no en Colón la historia del huevo: cuando le decía que mostraba poco y que no le creían les retaba a poner en pie un huevo y cuando él lo conseguía dándole un pequeño golpe le decían que claro, que así era muy fácil.

Brunelleschi se enfrentaba al mismo problema que tuvieron los hermanos Wright cuando consiguieron su primer vuelo en Kitty Hawk: nadie invertiría en ellos sin conocer cómo habían logrado volar, pero si lo mostraban a los inversores les robarían la idea en segundos, pues una vez visto resultaría evidente a cualquiera.

Maquinas
dibujos de algunas de las muchas máquinas que Pippo iba enseñando a la gente

Las puertas de la fama

Sin embargo Filippo triunfó allí donde los Wright fracasaron y al final consiguió convencer al consejo que, aunque seguía sin entender todo lo que decía ese arquitecto loco, le veían tan seguro de sí mismo y tan confusos a los demás, el encargaron una primera fase: la construcción de los primeros doce brazos de altura. Eso si, se decidió pagarle exactamente la misma cantidad que al resto de maestros de obras, sin ningún reconocimiento especial. No se puede decir que estuviese muy contento, y le fastidiaba especialmente que fueran tan duros con las condiciones, pero por fin había conseguido meter un pie y medio en la obra de sus sueños. Ahora era cuestión de tiempo que el mundo observase de qué era capaz.

Brunelleschi, cuarenta y tres años, toda una vida esperando este momento, se encamina derecho a las puertas de la historia. Ha ganado.

¿Un momento, ha ganado?

El consejo sigue sin fiarse. No ve ningún motivo para que una única persona se ocupe de la obra más grande de una ciudad que por otro lado está llena de arquitectos habilísimos.  Podemos entender su desconfianza, pues si algo sale mal toda Italia se reirá del Gremio que confió todo a un tío raro que nunca dijo exactamente como haría las cosas.

Así que pondrán otro arquitecto a controlarle, con el mismo rango y poderes que él. Y ese mérito recaerá en otro de los grandes de la ciudad, un hombre que está en la cima de su fama porque acaba de completar una obra que tiene maravillados a todos los habitantes después de más de dos décadas de trabajo. Sí, es el que estáis pensando.

El nuevo arquitecto es Lorenzo Ghiberti. Su archienemigo.

Podemos estar seguros de que no fue una noche tranquila en casa de Brunelleschi.

Ghiberti Retrato Vasari
Lorenzo Ghiberti, Aparece cuando menos te lo esperas

 

El inevitable combate entre Lorenzo y Filippo se resuelve aquí

Brunelleschi, el arquitecto moderno – II

Roma, vista siglo XV

(por si te perdiste la anterior, está aquí)

Preparando el asalto

 

No sabemos qué opinión tendrían los habitantes de Roma de los dos chavales que llevaban tres años revolviendo piedras y dibujando ruinas entre los animales que pastaban entre los templos derruidos del Foro. Si sabemos que estaban convencidos de que eran “buscadores de tesoros”, practicantes de geomancia buscando riquezas del pasado perdidas.

Junto con su buen amigo Donato, que con apenas tenía 20 años ya tenía una reputación como orfebre y escultor, Filippo dibujó todos los edificios que encontró. Estudió los templos circulares y los cuadrados, los obeliscos y los acueductos, los baños y las basílicas. Se interesó por los sistemas de las bóvedas y por los ensamblajes de hierro de las piedras y no dejó un solo sillar sin investigar.

Una idea grandiosa alimentaba este esfuerzo: sería él quien traería de vuelta las glorias de Roma al presente, dejando atrás la tediosa arquitectura bárbara propia de los lombardos y los tedescos. Si era capaz de revolucionar las maneras de construir se ganaría un hueco en la historia junto a leyendas como Cimabue o Giotto. Porque sobre todas las cualidades que desarrolló en su vida Brunelleschi siempre destacó su enorme ego, su necesidad de protagonismo.

Ejemplo de la “repulsiva” arquitectura Lombarda de la que Filippo nos quiere salvar, Santa Maria Maggiore en Lomello. Hubo vida antes del Renacimiento

Hay que comprender la época, por supuesto. Estamos en el siglo XV, y lo que ahora conocemos como capitalismo llevaba cerca de dos siglos desarrollándose y tomando forma. La clase comercial ha crecido y se ha enriquecido, su poder material es evidente, pero no tiene el reconocimiento que creen que merecen. La sociedad aún se articula en tres estamentos: el clero, la nobleza y el resto, el populacho. Es una sociedad comunitarista, colectiva, y el papel de los comerciantes de especies y telas en este mundo no es más importante que el de un labrador o un carnicero.

Uno pensaría que bueno, que el dinero les daba poder de facto y que no serían nobles pero podían comprar lo que quisieran, pero eso es una lectura actual, desde un mundo moldeado precisamente por ellos. En el año 1000 la economía europea está prácticamente en pañales, el sistema financiero es casi inexistente y acumular piezas irregulares de oro en cofres tiene mucha menos importancia que ser el señor de 10.000 almas entre las que reclutar soldados, 2000 cabezas de ganado que comer en invierno o miles de hectáreas de tierras que cultivar. Y en un principio no era tan sencillo simplemente comprar el estatus pues ¿quién intercambiaría sus tierras o posesiones por monedas? ¿Para comprar qué, y en qué mercados?

Pero en 1400 la situación es muy diferente. Desde la revolución económica del siglo XII tenemos mercados de todo tipo, ferias anuales donde se venden productos que vienen de España, Flandes, Champaña, Inglaterra o las ricas ciudades orientales. La producción ha empezado a sistematizarse y los talleres de tejidos crecen y empiezan a organizarse de forma racional y la nobleza, a medida que su papel guerrero disminuye, empieza a sentirse amenazada. Por toda Europa los ciudadanos consiguen cartas de privilegios; los reyes tienen que ceder y otorgar constituciones y reunirse en parlamentos; las ciudades se hacen más ricas y banqueros y comerciantes empiezan a ser imprescindibles para cualquier empresa de cierto tamaño. Vale, la Iglesia formalmente sigue condenando la usura, pero siempre encuentran la manera de seguir con su actividad, entre otras cosas porque la Curia necesita también de esos servicios.

En este nuevo mundo la incipiente nobleza mercantil quiere distinguirse y conquistar la dignidad que durante tanto tiempo se le ha negado. Se casan y emparentan con linajes antiguos, apadrinan artistas que deslumbren al mundo, se hacen retratar y se construyen palacios fabulosos.

Emblema del Arte de Calimala sobre San Miniato

Decíamos pues que los mercaderes habían luchado muy duramente por conquistar una nueva posición social. Y nuestro amigo Brunelleschi es la encarnación de este mismo movimiento entre los artistas. ¿Los artistas? ¡Por supuesto! No olvidemos un detalle: en su tiempo los artistas están agrupados todavía en gremios junto con otras profesiones, los “Artes”. Entre las Artes mayores y las medianas tenemos, por ejemplo, a los canteros, y herreros.

Otros, en cambio, están en artes “menores”, reunidos según criterios “curiosos” que terminan con combinaciones como poner a los constructores de herramientas  junto a los cerrajeros, a los escultores en madera en comandita con los carpinteros, y a los pintores agregados desde 1316 con los médicos y boticarios (por los métodos que utilizan para obtener sus pinturas), y estos a su vez en el “Arte de la Seda”.

Sin embargo, desde Cimabue los pintores había conseguido ser reconocidos como expertos de un nivel superior, a la altura de poetas y literatos, formando ya parte de las “bellas artes”.

¿Y los arquitectos?

Los arquitectos, ni agua. No son más que maestros de obra, no muy diferentes de un carpintero o un escultor, y desde luego no más importante. Nadie en su sano juicio vería en el año 1300 una catedral gótica y diría que la “proyectó” un arquitecto con nombre y apellidos.

Brunelleschi, por supuesto, no puede soportar esto. Y la lucha por salir de esta incierta gloria y conseguir el reconocimiento que cree merecer será el gran objetivo de su vida.

 

más emocionantes aventuras en la tercera parte

Brunelleschi, el arquitecto moderno

Brunelleschi, perfil bueno

 

I – Sacrificio

 

Los magistrados de la ciudad esperaban una respuesta.

Había sido invitado a uno de los mayores honores que a los que se podía aspirar en ese momento en la ciudad, realizar los paneles de las nuevas puertas del baptisterio junto al jovencísimo Lorenzo, la más deslumbrante estrella entre los nuevos artistas de Florencia y principal rival profesional. Pero la esperada carta no llegaba. Filippo guardaba silencio.
Un año antes el Arte di Calimala, el poderoso gremio de rematadores y comerciantes de telas que junto con otros gremios dominaba la vida de la urbe, había patrocinado un concurso entre los más prestigiosos escultores de la Toscana al cual fueron invitados Lorenzo Ghiberti, Jacopo della Fonte, Simone da Colle, Francesco di Valdambrina y Niccolò di Arezzo, además de Filippo Brunelleschi.

Semejante grupo, verdaderos galácticos de su tiempo, tenía como objetivo final demostrar el agradecimiento de Florencia por haber sobrevivido a las terribles epidemias de peste bubónica del siglo XIV pero también demostrar a todo el mundo las fabulosas riquezas de los mercaderes. Como se atesoraron estas riquezas es una historia que enlaza los mercados de Medina del Campo y Burgos, los puertos de Bilbao, Laredo, Southampton o Brujas y termina en las fábricas de Florencia, una historia verdaderamente fascinante que merece ser contada en más espacio.

Había pasado algún tiempo desde la hecha de entrega. Los jueces ya habían descartado a varios de los participantes por la calidad de las piezas presentadas, cuarterones de madera representando temas bíblicos o clásicos. Aunque todos eran grandes artesanos, la mayoría de los participantes no tenían demasiadas posibilidades. En efecto, no tardaron en seleccionarse dos finalistas.

La propuesta de Ghiberti era fantástica, una nueva cumbre artística. Naturalista y tallada en una única pieza, no hubo demasiadas dudas con él. Sin embargo la de Brunelleschi no se quedó atrás, y aunque algunos dijeron que su propuesta era demasiado moderna y estaba formada por fragmentos separados se decidió llamarle a él también para el trabajo. La idea era que compartieran encargo, esfuerzos y resultados. Para cualquier artista habría sido una noticia fabulosa y el principio de una exitosa carrera profesional. No para Filippo.  Por supuesto, se hizo el remolón un tiempo, cosas de la imagen pública, pero desde el principio tenía clara la respuesta que iba a dar.

Forzado a elegir entre ser reconocido como el “segundo elegido” y repartir el mérito con otro o buscar otra cosa en la que ser el mejor, Brunelleschi no dudó. Con falsa modestia se excusó, cediendo el mérito a quien “era mejor que él”, y declinó el encargo.
Ghiberti pasaría veintiún años trabajando en esas puertas que Miguel Ángel calificó como “dignas del Paraíso”, pero Filippo no se quedó para ver la gloria de su rival. Sin saber si la vida les haría cruzarse de nuevo, pocas semanas después vendió unas tierras que tenía y se marchó de la ciudad.

Tardaría casi cuatro años en volver.

 

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Ghiberti Batisterio
Panel de Ghiberti
Brunelleschi Batisterio
Panel de Brunelleschi