Brunelleschi, el arquitecto moderno – IV

Antes de aquí deberías haber leído ya la primera parte, la segunda y seguramente también la tercera.

Busto Ghiberti
Autoreetrato de Ghiberti, aquí ya con cara de estar muy mayor para estas cosas.

Dos son multitud

Lo que hizo Brunelleschi en los siguientes años y hasta que terminó sus días no fue terminar una obra antigua que había estado años parada. Revolucionó los mismos conceptos de lo que significaba ser un arquitecto y el funcionamiento de la profesión. Si fue un genio innovador o simplemente la culminación de una tendencia imparable depende del historiador que lo juzgue. Pero no adelantemos acontecimientos.

Hemos dejado a Filippo realmente muy fastidiado, teniendo que lidiar con la indeseada compañía de Lorenzo Ghiberti. Estuvo a punto de destruir los planos y maquetas que había realizado y marcharse de la ciudad, pero finalmente controló su ansiedad y pasó a urdir un plan.

El primer paso para llevar a cabo la obra era realizar una maqueta completa, pues de aquella era esa la herramienta de trabajo principal y no los planos. Lorenzo, obviamente, le pidió que se la enseñara, pero Brunelleschi se negó. Quizá tenía que soportar su presencia en la obra pero no estaba dispuesto a compartir sus conocimientos. Tuvieron agrias discusiones durante días, pero Brunelleschi fue inflexible en este asunto. El arquitecto soy yo y tú estás controlando, así que la maqueta la guardo yo. Hay que entender que esto se hacía todavía más raro en ese momento pues aún no es claro el concepto de “arquitecto” y todo el mundo veía a Pippo como un “maestro de obras” más, un coordinador, no el autor intelectual de nada.

Maqueta duomo
Una de las maquetas originales de la cúpula

Pero claro, eso puso en un apuro a Ghiberti, que encargó enseguida la realización de otra maqueta para evitar que la gente le viese de brazos cruzados en la obra, cobrando un sueldo sin hacer nada. 350 liras y quince sueldos después los arquitectos tenían dos maquetas diferentes, una de las dos completamente inútil.

Ya habían elevado los primeros doce brazos de altura del cuerpo de la cúpula cuando Filippo tendió la primera trampa. Tras una reunión con Lorenzo para pedirle su opinión técnica (como si le importara) constató que este no tenía mucha idea de cómo seguir (lo haremos a tu modo, Filippo, le digo Ghiberti). Sabiendo esto y con los obreros pendientes de que les indicasen como realizar las tirantas de madera y piedra Filippo decidió “ponerse enfermo”. Se cogió la baja, se metió en la cama, empezó a quejarse de dolores en el costado y a pedir paños calientes. Incluso se vendó la cabeza.

Boceto Florencia
Boceto del tambor anterior a la cúpula.

– ¿Cómo seguimos, Lorenzo, maestro? – Preguntaron los albañiles. Al fin y al cabo alguna ventaja tendría que haber en tener dos maestros de obras.

Problemón. Lorenzo dio largas “no es que no sepa cómo seguir, es que no quiero hacer las cosas sin Filippo, somos un equipo”

Si habéis estado alguna vez en una obra os haréis una idea de lo que significa pararla por completo durante días. Empezaron los rumores y las visitas a casa de Brunelleschi. Unos pensaban que se había acobardado porque no sabía cómo seguir, otros aceptaban su versión. A todos contestaba lo mismo, “preguntad a Lorenzo, pues él es un excelente arquitecto”

Y la cosa no tiraba. Pasaban los días, los proveedores y obreros deseando marcharse, el Gremio pagando nóminas para nada. Y Filipo seguía con lo mismo.

– ¿Pero no tenéis a Lorenzo? ¿Él no hace nada? –

– “no quiere hacer nada sin ti”-

– Vaya. En cambio, si él estuviera enfermo yo si haría las cosas sin él…-

Toma puñalada, Ghiberti.

A estas alturas todos tenían claro de que iba el asunto. Queriendo arrancar de nuevo los trabajos decidieron ceder. Apartaron a Lorenzo de las tareas del día a día y Filippo, recuperado milagrosamente, volvió a la obra. Pero Lorenzo, aún herido y menospreciado, seguía siendo uno de los maestros. Ahora mismo su labor era básicamente administrativa, esencialmente de administrar la renta que cobraba sin hacer nada. Pero aunque no aportase nada iba a llevarse el mérito. Brunelleschi seguiría siendo “uno de los dos arquitectos que…”

Así que Filippo se presenta ante la Comuna y dice:

Señores míos, ya habéis visto que he estado enfermo y casi no vivo para contarlo (ejem). Creo que lo mejor para que la obra avance rápido sería que, ya que hemos dividido los sueldos entre dos maestros, dividamos el trabajo. Las siguientes tareas son los andamios para los albañiles (poca broma con esto) y las cadenas que unen los ocho lados de la cúpula para ceñirlas. Que Lorenzo se ocupe de la que prefiera y yo haré la otra.

¿Cómo decir que no? Lorenzo cogió la de los tirantes, que le parecía más sencilla, pero en el tiempo que tardó en idear una solución y aplicarla Filippo realizó todos los andamios de una manera extraordinaria: baratos, seguros, sin apoyos en el suelo… pronto todos los obreros estuvieron de su parte (la idea de tener menos posibilidades de caerse de una obra o de deslomarse subiendo piedras con grúas ineficaces es tentadora)

Porque bueno, Brunelleschi no debía ser el tipo más simpático del mundo pero talento, lo que se dice talento, si tenía.

Cupula Duomo
Deliberadamente estoy omitiendo los temas constructivos porque hay mucho escrito ya sobre ese tema, pero siempre es bonito de ver

En paralelo iba mirando la obra de Lorenzo y dejando caer puyitas. Os lo podéis imaginar chistando y poniendo caras cada vez que miraba para la cúpula, comentando con todo el mundo (uff, esto no lo veo nada claro, yo no lo haría así… ¿has visto la idea de Lorenzo de la semana pasada?)

Y esta vez sí que se salió con la suya: era muy difícil seguir teniendo a Ghiberti en la obra y esta dinámica de tener dos jefes que se odian no era nada productiva. Brunelleschi fue nombrado superintendente y jefe vitalició, le subieron el sueldo y se le otorgó una paga perpetua en plan sueldo nescafé. Lorenzo aún se las apaño para seguir cobrando tres años más por incumplimiento de contrato, pero desapareció de la obra y se dedicó a otras labores.

Ci vediamo, Lorenzo

 

Por fin lo había conseguido. Era el amo y señor del Duomo y no perdió ni un momento para demostrar que no se habían equivocado. Convertido en un verdadero huracán, Filippo revisaba cada ínfimo detalle. De todo hacía maquetas y se conocía cada partida y cada detalle de la obra de memoria. Desde los andamios hasta el encaje de las piedras, la seguridad en la obra y el tallado de los detalles. Todo estaba en su cabeza.

Puede que esto no nos maraville demasiado así que merece la pena hacer un pequeño inciso para ver por qué esto era revolucionario.

Todo lo que he dicho nos suena familiar. Parece el proceso habitual de una obra y es fácil pensar que mira, oye, siempre ha sido así. Pero nada más lejos de la realidad. ¿recordáis que comenté un poco por encima las jerarquías de gremios? Los arquitectos/maestros de obras no eran en absoluto más importantes que los demás. Cada artesano en una obra era una pieza más o menos autónoma, responsable y creador de su propio trabajo. El cantero tallaba la piedra de la manera que él consideraba conveniente, los tallistas realizaban las decoraciones interpretando el tema que tocase pero a su manera. Nadie les explicaba a los carpinteros como debían hacer su trabajo.

Brunelleschi acabó con todo esto. El proyecto estaba entero en su cabeza y se lo imponía a los artesanos: esta piedra así, este andamio asá. Aquí una voluta, allá un capitel corintio. Toda la imaginería medieval, enormemente rica y compleja, con significados profundos y lecturas múltiples, reemplazada por detalles estandarizados, versiones simplificadas de los romanos que había copiado durante años. Los artesanos, como podéis imaginar, no estaban demasiado contentos ¿es que eran menos importantes? ¿quién se creía que era este maestro de obras, apenas un orfebre venido a más?

Lo que estaba inventando Brunelleschi es el mismo concepto de “Proyecto”: toda la obra completa por adelantado en papel o maquetas antes siquiera de empezarla. Si se conseguía esto se ahorraría infinidad de tiempo y la eficacia podría multiplicarse. Planificar las cuadrillas de obreros con tiempo, las entregas de pedidos… las posibilidades eran enormes. Además, habría menos fallos, menos imprevistos.

Su absoluta obsesión por controlar cada detalle y ocultar la manera en que se realizarían las tareas llevó a lo inevitable: maestros y albañiles se unieron y decidieron exigir mayores sueldos (aunque en general en esa obra ya se pagaba por encima de la media) y clamaron contra Brunelleschi. Comenzó una huelga total.

Pero es tarde. Brunelleschi ya lo ha conseguido. Ya no es un artesano más en la obra, ahora es el “jefe”. Ha elevado su propia posición por oposición de quien ahora son sus subordinados. La única persona imprescindible en la obra es él mismo. Y lo demostrará dando un poderoso golpe sobre la mesa: un sábado por la noche, sin consultar con nadie más, Brunelleschi despidió a todos los albañiles y maestros de la obra y el lunes mismo contrató una nueva cuadrilla de trabajadores venidos de Lombardía. Siendo poseedor de todos los secretos de la obra, con maquetas y planos y todos los detalles estandarizados, en apenas un par de días les enseño lo que necesitaban saber y la obra siguió su marcha. Derrotados y humillados, los obreros originales levantaron la huelga y pidieron volver. Filippo aceptó pero no mostró ninguna clemencia: argumentando el daño causado a la obra les hizo una rebaja sustancial de sueldo. Un cielo de hombre, como vemos.

Al menos no tenía becarios.

 

Descubre el final (por fin) de esta historia en la quinta parte

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